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Cassini graba las tormentas gigantes de la superficie de Saturno La sonda Cassini  realizó con éxito el primer vuelo entre los anillos de Sa...

viernes, 3 de marzo de 2017

¿Qué es lo que se busca en una novela?

El terreno sin límites de las novelas

Detalle de «Une veuve inconsolable», «collage» de Mauricio Garrido -

En 1963 se publicó «Léxico familiar», de Natalia Ginzburg. En la nota inicial, la escritora italiana advierte: «Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. […] Hasta los nombres son reales. Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención que no he podido cambiar los nombres verdaderos». Y un poco más adelante, escribe que «este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni menos tampoco, de lo que una novela puede ofrecer». La pregunta, entonces, sería qué es lo que una novela puede ofrecer. Esa pregunta desemboca en otra: ¿qué es lo que se busca en una novela? Y la respuesta sería diferente según las modas y exigencias de la época en el que se trate de contestarla.

Sin embargo, hay una cosa más o menos clara y establecida: como recuerda Luis Beltrán en «Notas para una teoría histórica de la novela», en «Teoría de la novela» Lukács explica que «la novela es el producto genuino de la mistificación». Sigue Beltrán: «la aparición de los géneros literarios escritos (frente a los géneros orales del mundo de las tradiciones) produce confusión, mistificación. […] Esa confusión es el producto de la entrada en una nueva etapa para la Humanidad: la desigualdad social y cultural». Su aparición produce una revolución en un aspecto: el tiempo, que en el mundo de las tradiciones no tenía importancia porque era casi inmóvil, con la novela nace la posibilidad de contar el tiempo. Hay otro elemento determinante para la novela: el personaje, que en el caso de la novela, como recuerda Beltrán, se trata de «un personaje con una identidad fundada en la diferencia».

Entre los ejemplos de novelas se encuentran desde el principio las de ficción (novelas de caballerías, pastoriles...) y las que trataban de dar cuenta de hechos de vida (confesiones, vidas de santos o las novelas biográficas). Y ese terreno no siempre bien delimitado en el que realidad y ficción pueden confundirse sigue siendo el lugar de la novela, o al menos uno de los lugares que ocupa.

Las novelas de no ficción son novelas en cuanto al tratamiento literario, pero cuentan hechos

Antes de que apareciera la llamada novela de no ficción -«A sangre fría», de Truman Capote, o «Anatomía de un instante», de Javier Cercas (Literatura Random House, 2009) pertenecen a ese género- podrían encontrarse precedentes en hagiografías, las biografías noveladas de Gómez de la Serna o incluso los «Episodios nacionales Nacionales» de Galdós. Las novelas de no ficción son novelas en cuanto al tratamiento literario de la narración, pero lo que cuentan son hechos (o al menos así lo interpreta el lector cuando se acerca a ese tipo de libros). A ese género pertenecen las novelas que Jean Echenoz dedicó a tres personajes reales: «Ravel» (Maurice Ravel), «Correr» (Emil Zatopek), «Relámpagos» (Nicolas Tesla) -las tres en Anagrama; 2007, 2010 y 2011, respectivamente-, son novelas, no biografías. Los libros que Emmanuel Carrère lleva escribiendo desde «El adversario» (Anagrama, 2006) tampoco encajan del todo en lo que se entiende por novela ni tampoco caben dentro de la autoficción o de la autobiografía (quizá «Una novela rusa», Anagrama, 2008) sí encaja en ese apartado). Tampoco son novelas los dos últimos libros que escribió Félix Romeo, «Amarillo» (Plot, 2008) y «Noche de los enamorados» (Literatura Random House, 2011). Los personajes de los que hablan son reales. Conservan sus nombres y apellidos.
¿Quién es quién?

Y los libros tratan de explicar a esos personajes y contar un episodio de sus vidas. ¿Cómo se convirtió el corredor checo Emil Zatopek en «la locomotora humana» (Jean Echenoz en «Correr»)? ¿Quién era Jean-Claude Romand (Carrère en «El adversario») antes de matar a su mujer, a sus hijos y a sus padres? ¿Cuándo empezó la mentira que acabaría por envolver su vida? ¿Quién es Edvard Limónov (Carrère en «Limónov», Anagrama, 2011)? ¿Qué hizo el escritor zaragozano Chusé Izuel antes de tirarse por el balcón de la casa de Barcelona que compartía con un amigo («Amarillo»)? ¿Quién era la mujer con la que se había casado Santiago Dulong y a la que asesinó («Noche de los enamorados»)? Hay otros ejemplos: ¿quién asesinó a José Robles Pazos, el traductor de John Dos Passos (Ignacio Martínez de Pisón en «Enterrar a los muertos», Seix Barral, 2005)? ¿Qué revela su muerte sobre las purgas de los comunistas durante la Guerra Civil? ¿Por qué no se agachó Adolfo Suárez cuando Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981 (Javier Cercas en «Anatomía de un instante»)?
Contra la apropiación

La aparición de «Los últimos días de Adelaida García Morales» (Literatura Random House, 2016), de Elvira Navarro, que es una novela pero que mantiene el nombre real de la escritora de «El Sur», causó polémica: el libro fue saludado y celebrado hasta que Víctor Erice, exmarido de García Morales y padre de uno de sus hijos, escribió contra la apropiación que hace el libro de Adelaida García Morales. En parte, la ambigüedad -para resolverla, se incluye una advertencia final que explica que el libro es una ficción- que rodea a la novela de Navarro podría haber quedado resuelta si hubiera cambiado el nombre de la escritora. Pero, según Navarro, habría perdido lo que el libro tiene de homenaje.

No ayudó tampoco que se tomara como verdadera la anécdota que abre el libro y que fue el impulso de Navarro para escribirlo: García Morales acudió días antes de su muerte a pedir una ayuda de 50 euros a la Delegación de mujeres para viajar a Madrid (en la novela, la escritora García Morales pide la ayuda a la Concejalía de Cultura). Como descubre el mismo apéndice, esa anécdota si no es falsa, al menos hay que poner en duda su veracidad: la fuente cambia el testimonio. No dar por real esta anécdota habría sido no colaborar a la confusión.

En 2015 apareció «El camino de los difuntos» (Periférica), de François Sureau, descrita como «una novela autobiográfica» en España y como «récit» en Francia. Cuenta el dilema de un jurista que debe decidir sobre si mantiene el asilo político en Francia de un antiguo militante de ETA, Javier Ibarrategui. El personaje del exetarra es una mezcla de varios casos reales. A pesar de estar en la era de la posverdad (es decir, de la mentira), a las ficciones la realidad les da un marchamo de prestigio; también las canciones se escuchan creyendo que el amor desgarrado que canta nuestro cantante favorito es real.
Un hilo, un motivo

«Basada en hechos reales» (Anagrama, 2016), el libro más reciente de Delphine de Vigan, es una reflexión sobre cómo se relacionan la realidad y la ficción en literatura. En un momento del libro, la narradora y L. discuten sobre la importancia de lo verdadero en las novelas: «Los lectores, puedes creerme, esperan otra cosa de la literatura, y con razón: esperan lo Verdadero, lo auténtico, quieren que les cuenten la vida, ¿comprendes? La literatura no debe equivocarse de territorio». La narradora, en cambio, cree «que la gente sabe que nada de lo que escribimos nos es del todo ajeno. Saben que siempre hay un hilo, un motivo, una fisura, que nos vincula al texto. Pero aceptan que se trasponga, que se condense, que se disfrace. Y que se invente».
ALOMA RODRÍGUEZ