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lunes, 17 de abril de 2017

Colombia: Efectos de la cita Trump-Pastrana-Uribe

Cuando finalmente Trump reciba a Santos, estarán todas las cartas sobre la mesa.


La postura vacilante del gobierno Santos frente a la dictadura venezolana, el megaincremento de los cultivos ilícitos en Colombia, las entretelas de las relaciones referidas en años anteriores entre las Farc, el cartel de los soles de Venezuela y algunos de los más siniestros carteles mexicanos, a su turno vinculados con peligrosas organizaciones terroristas internacionales, deben generar inquietud en la Casa Blanca y la Secretaría de Estado en los tiempos de Donald Trump.

Por otra parte, la actitud silente del Gobierno colombiano ante la persistencia en las violaciones de derechos humanos y restricciones democráticas en Cuba –motivada por la hospitalidad que el régimen castrista brindó a los diálogos de paz– le ha ido granjeando una creciente antipatía a Santos entre los sectores fuertes del exilio cubano en la Florida, que fue tan importante en la victoria de Trump sobre Hillary en uno de los más difíciles Estados del complejo ajedrez político gringo.

En esa línea, la revelación de La W en el Twitter de su corresponsal en Washington, María Molina, y de la página web de la emisora, según la cual el gestor del encuentro Trump-Pastrana-Uribe habría sido el influyente senador republicano de la Florida Marco Rubio, casado con colombiana, brinda elementos adicionales de contexto para entender el cambio profundo que se está experimentando en el Gobierno de los Estados Unidos frente a lo que ocurre en nuestro país.

Mientras la administración Obama, por la vía pasiva, parecía aceptar la tesis de sectores cercanos a las Farc que justificaban el reversazo en materia de cultivos ilícitos como un costo necesario de la negociación de paz (que para los contribuyentes norteamericanos representaban millonadas de dólares botados a la caneca), desde la madrugada de la administración Trump quedó claro que en los nuevos tiempos allá les resultan inaceptables esos hectareajes criminales y la inacción oficial en Colombia para enfrentarlos.

Y también resulta comprensible que, con las posturas de Trump, la percepción de que el gobierno Santos en ocasiones actúa más como un observador pasivo de la situación de Venezuela que como un defensor de los valores democráticos y las libertades en el hemisferio genere prevenciones severas en la Casa Blanca.

Por lo demás, en momentos en los que, como en este tan complejo y angustioso, crecen los temores por retaliaciones terroristas en los Estados Unidos, los vínculos de cúpulas gubernamentales con organizaciones extremistas dejan de ser un problema de valoraciones políticas y se convierten en asunto de seguridad nacional. Que nadie se equivoque: Venezuela también es una prioridad uno A para Trump.

Si a todo lo anterior le sumamos los sucesivos desaciertos de la Cancillería colombiana, la embajada de Colombia en Washington y la propia Casa de Nariño, no resulta sorprendente que primero se haya producido una reunión presencial de los expresidentes Pastrana y Uribe con Donald Trump que con el presidente Santos. Es el reflejo de una nueva realidad que el Gobierno colombiano no está leyendo bien. Las cosas cambiaron.

Ahora es necesario que se conozcan las conclusiones de la conversación para ponerla en sus justas dimensiones. Ni la dolorosa reducción de aportes de cooperación, que desde antes estaba anunciada, será producto de esta reunión, ni tampoco saldrá la Casa Blanca a negar el apoyo para que el proceso de paz con las Farc culmine con éxito. Y ojalá la visita de Santos a Trump en mayo resulte bien para Colombia.

Santos llega a esa visita bien advertido sobre Venezuela y sobre narcotráfico. Y sin perder la condición de mandatario soberano de un país libre, va a tener que escoger, con acciones verificables y no solo con palabras, si prefiere recuperar terreno bipartidista en Washington o si quiere seguir recibiendo mensajes de gratitud de Nicolás Maduro.

JUAN LOZANO