Cuba, Corea, España... y hasta en Groenlandia. Con bases en más de 70 países, el Ejército de EE.UU. se mantiene listo para actuar en cualquier lugar del mundo en cuanto lo ordene su comandante en jefe.

La inmensa red militar con la que Estados Unidos domina el mundo
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Un veterano militar, ahora analista en la CNN, lo comentaba jactancioso mientras la cadena reproducía las imágenes del portaaviones Carl Vinson y su escolta rumbo al Mar de Japón: «Ahí te van cien mil toneladas de diplomacia, Kim Jong-un».

La travesía de esta portaaeronaves y su grupo de combate ha sido solo el último ejemplo de la capacidad del inmenso poder militar estadounidense. Apenas unas horas después de haber castigado desde aguas del Mediterráneo al régimen sirio por su presunta utilización de armas químicas contra la población civil, la US Navy se ponía en marcha en un teatro de operaciones tan alejado como el del Extremo Oriente, en el que también tiene enorme presencia. Pese a que son muchas las amenazas que hoy ponen en cuestión el liderazgo global de Washington, no hay estado que cuente con tal potencial bélico ni, —lo que es más importante—, la capacidad de activarlo tan rápido en cualquier lugar del planeta. Y esa es una baza diplomática indudable, la gran baza, quizá.

Es su inmensa red de bases militares en el extranjero lo que le granjea unas posibilidades operativas fuera del alcance de potencias rivales como Rusia o China. Los datos oficiales hablaban en 2015 de 686 instalaciones militares fuera del territorio de los cincuenta estados de la Unión. Por supuesto, no se incluyen ahí las secretas, como las que se cree que existen en Israel y Arabia Saudí. En realidad, es tal la magnitud del despliegue que resulta muy difícil de cuantificar. David Vine, autor del libro «Base Nation», sostiene que «hay tantas bases en el exterior que ni siquiera el Pentágono sabe en realidad cuántas son». Según los cálculos de este investigador, el número real rondaría las 800. Tampoco está claro cuántos militares que sirven en ellas. El pasado agosto, «The Economist» aventuraba la cifra de 150.000 efectivos, de los que cerca de 70.000 permanecerían estacionados en Japón y Corea del Sur, los dos vecinos amenazados por el arsenal nuclear con el que experimenta peligrosamente Pyongyang.

Hay tantas bases en el exterior que ni siquiera el Pentágono sabe cuántas son

Asia, Europa, Cuba… hasta en los hielos de Groenlandia cuenta el Pentágono con una base aérea. Otras potencias disponen de algunas dependencias en el exterior, como Rusia en Latakia y Tartús, en Siria, pero no son más que un puñado que no resiste la comparación con la tupida red tejida durante la Segunda Guerra Mundial y los años de la Guerra Fría por EE.UU.

Un vistazo al mapa deja claras cuáles son las áreas prioritarias del interés estadounidense. La mayor densidad se concentra en las zonas de Europa Occidental, el Golfo Pérsico y Oriente Próximo, y la mencionada del Mar de Japón, lo que contrasta con la ausencia de instalaciones permanentes en el gran continente africano. Sin embargo, eso no significa que el Ejército renuncie a actuar allí. Desde el cuartel del «African Commander» (Africom) en la ciudad alemana de Stuttgart se ejecutan misiones como la anunciada la semana pasada para el envío de instructores que adiestren al Ejército somalí en su combate a la milicia yihadista Al-Shabaab.
El Carl Vinson y su escolta, rumbo al Mar de Japón

En la Unión Europea, donde muchas de las instalaciones forman parte de la estructura de la OTAN, se concentra gran parte del poder aéreo estadounidense. En lugares como Ramstein, en Alemania, se almacenan y distribuyen las bombas que caen sobre los yihadistas de Daesh en Siria, Irak o Afganistán. Es este un aeródromo vital para la ruta de aviones de transporte como el C-130, el C-5 Galaxy y el C-17 Globemaster, con los que el Pentágono hace llegar la munición a las zonas de operaciones, declaradas o no. Ramstein es también protagonista en la guerra de los drones. Aquí llegan las imágenes que captan estos aparatos en su sobrevuelo diario de los escarpados parajes por donde se cree que campa la insurgencia islamista en Oriente Próximo. Después son enviadas a los controladores que manejan los drones desde Estados Unidos y arrojan explosivos a golpe de “joystick”.

De Europa a Arabia Saudí

Pero el grueso contingente que Washington mantiene en el solar europeo, que tiene también la innegable vocación de enseñarle el músculo a la Rusia de Putin, cuenta con otros terminales más al sur. En España están la base aérea de Morón, en Sevilla, y la naval de Rota, en Cádiz, desde la que partieron los dos destructores que bombardearon con misiles Tomahawk a las fuerzas de Al Assad en Siria el pasado 7 de abril. Italia alberga dependencias como el aeródromo de la Alianza Atlántica en Aviano, plataforma que tuvo enorme protagonismo en las campañas aéreas contra la Serbia de Slobodan Milosevic a finales de los 1990.

El otro cinturón desde el que el Pentágono controla, o lo intenta, la siempre inestable zona de los países petroleros del Oriente Próximo, lo forman la media docena de acuartelamientos de que dispone en el litoral oriental de Arabia Saudí, su gran aliado en este avispero, y la base aérea de Incirlik, en Turquía. De esta última despegan muchos de los F-16 norteamericanos que, junto con los aparatos de otros miembros de la coalición internacional contra el Daesh, bombardean sin descanso objetivos desde Siria hasta Afganistán. Se calcula que los cazas estadounidenses arrojan unas 70.000 bombas anuales en su incesante actividad en esta parte del mundo.

En la últimamente caldeada zona del Mar de Japón, el estadounidense es el Ejército con más presencia, mayor incluso que las Fuerzas Armadas de los estados de la zona. Desde su rendición en la Segunda Guerra Mundial, los japoneses han evitado armarse y confían su defensa al «amigo americano», que vigila con especial atención a los movimientos de China y Corea del Norte desde alguna de sus 23 instalaciones permanentes en suelo nipón. Algo parecido ocurre en la Península de Corea, dividida desde hace más de medio siglo entre el norte comunista de los Kim y el sur capitalista, con cuyas tropas realizan los norteamericanos unas maniobras conjuntas cada año. Ha sido el motivo para el último lanzamiento fallido de un misil por el régimen de Pyongyang.

Aquí el elemento naval es de enorme importancia. China comenzó en los últimos años de la era Obama una política de construcción de islas y modernización de su flota con la que pretendía lanzar el mensaje de que no iba a aceptar que fuera una potencia rival como EE.UU. la que controlara las aguas por las que navegan sus exportaciones. Los buques de la VII Flota, que tienen su base en el puerto japonés de Yokosuka, sufrieron más de un encontronazo con embarcaciones chinas. Con el envío del Vinson a la zona, Trump podría estar también intentando disuadir a Pekín de que prosiga con esa escalada.

Pero si hay una base estadounidense famosa en el mundo entero, esa es la de Guantánamo, una de los dos ubicadas en Cuba. Pese a las promesas de cierre de Obama, Guantánamo sigue abierta como penal y como foco de la polémica, pero es mucho más que eso. James Stavridis, analista militar, le dijo al Washington Post que permanece como “un activo estratégico y altamente útil”, pese al restablecimiento de relaciones con La Habana.

Las cubanas son las únicas bases en todo Iberoamérica. Sea por la falta de importancia estratégica para las últimas administraciones o por la hostilidad de los gobiernos de izquierda que han marcado la tónica en la zona en las últimas décadas, el caso es que, como en África, en el antiguo patio trasero ya no hay cuarteles estadounidenses.

Los Estados Unidos conservan la ventaja de que pueden desplegar sus fuerzas donde sea en cuestión de horas

Son estos solo unos retazos de la colosal infraestructura militar que los Estados Unidos tienen en todo el mundo. Es cierto que la pujanza del gigante chino ha reducido su preeminencia económica y que, como quedó claro en Irak y en Afganistán, la superioridad armamentística ya no siempre es sinónimo de victoria en zona hostil. Pero también lo es que, como asegura un mando militar español a ABC, “los americanos conservan una ventaja estratégica que mantendrán durante muchos años, porque, por más que los chinos o los rusos tengan fuerzas muy numerosas y equipadas, nunca tendrán la capacidad de desplegarlas en cuestión de horas en cualquier punto de la Tierra”.

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