Tamaño grande

NASA's Scientific Visualization Studio Síguenos en Facebook Este 21 de agosto el continente norteamericano experimentará por primer...

sábado, 22 de abril de 2017

En la órbita próxima a la Tierra hay unos 750.000 objetos de entre uno y 10 centímetros de diámetro

En la órbita próxima a la Tierra hay unos 750.000 objetos de entre uno y 10 centímetros de diámetro

Corría el año 1978, en plena resaca de la carrera espacial, cuando un empleado de la NASA se percató por primera vez del problema. El astrofísico Donald Kessler había estado observando desde el Johnson Space Center de Houston los restos de satélites en órbita, a la deriva, y los choques que se producían entre ellos. Advirtió sobre el proceso, «una reacción en cadena al modo de una bola de nieve», por el que los restos se iban multiplicando. Predijo el peligro, pero nadie escuchó entonces sus advertencias. Invitado a la conferencia espacial que la Agencia Espacial Europea (ESA) ha celebrado esta semana en Darmstadt y a la que han acudido 400 expertos de todo el mundo, nadie duda ya de la necesidad de hacer frente, lo antes posible, al «efecto Kessler».

No son solo satélites en desuso, que se utilizaron para predecir el tiempo, establecer comunicaciones o para espiar, sino también partes de cohetes e incluso herramientas que perdieron los astronautas, gotas de combustible que se han congelado, pintura que se descascarilla de las sondas… incluso un guante que se le escapó al astronauta Edward White en 1965. «Si llegara a impactar contra el traje de uno de los tripulantes de la ISS lo haría literalmente polvo», bromea Kessler. Pero sobre todo son partes de satélites que han chocado unos con otros y han resultado destruidos generando a su vez más basura, como los más de 2000 fragmentos nuevos que se generaron en febrero de 2009 cuando un satélite militar ruso colisionó con uno americano sobre Siberia.

Todos estos restos orbitan la Tierra de forma descontrolada y suman unos 166.000 millones de deshechos de diámetro superior a un milímetro y menor de un centímetro. Unos 750.000 tienen entre uno y 10 centímetros de diámetro. Otros 21.000 son mucho más grandes, entre una pelota de tenis y una de baloncesto. Aunque la mayoría son apenas del tamaño de un grano de arroz, no hay que subestimarlos, porque el problema no es cuán grande sean sino la velocidad a la que se desplazan, que hace que un objeto como una simple tuerca de un centímetro sea capaz, al chocar contra una nave a 40.000 kilómetros por hora, de liberar una fuerza equivalente a la explosión de una granada de mano.
El presupuesto no se mueve


«Dentro de cien años, ya no podremos poner en órbita más satélites y viajar al espacio se habrá vuelto demasiado peligroso, porque resultará prácticamente inevitable no chocar con alguna pieza de chatarra espacial», auguró en la inauguración de la conferencia el propio Kessler, «es necesario hacer algo cuanto antes y, lamentablemente, el presupuesto de la NASA para el problema de la basura espacial no ha cambiado en los últimos 20 años, lo que suponer que será necesario hacer más con menos recursos».

Su llamamiento ha servido para que las agencias espaciales se pongan de acuerdo para desarrollar una especie de servicio de recogida de basura espacial, según explicó ayer durante el acto de clausura Holger Krag, director del encuentro. El primer paso será realizar varias pruebas en el espacio con brazos mecánicos y redes para recoger satélites fuera de servicio. «Debemos demostrar que somos capaces de hacerlo. De lo contrario, nadie aplicará antes esa tecnología», dijo. La retirada de las piezas más grandes se presenta como «necesaria, incluso si se aplica de manera consecuente la estrategia para evitar generar más basura espacial», añadió.
Los sistemas de limpieza futuros

La ESA espera también poder averiguar cuántos fragmentos de basura orbitan alrededor de la tierra con la ayuda de radares y telescopios, pues hasta ahora sólo hay estimaciones. Y cuando se haya cumplido esa primera fase preparatoria, se optará por alguno de los sistemas de limpieza que han sido discutidos en Darmstadt o algún otro más avanzado que haya sido diseñado para entonces. De momento y amodo de proyecto piloto, el primer sistema de limpieza de basura espacial que utiliza un compuesto adhesivo para recolectar escombros y posteriormente deshacerse de ellos será puesto en 2019.

Una empresa con sede en Singapur y centro de desarrollo en Tokio, prevé lanzar su primer satélite con el fin de «poner a prueba tecnologías clave para futuras misiones» y con la intención de establecer un primer servicio de limpieza en 2020. El sistema ideado por el empresario y fundador de Astroscale, el japonés Nobu Okada, consiste en un satélite bautizado como «madre», que contiene seis dispositivos de retirada de escombros, llamados «niños», que recolectan fragmentos gracias a un adhesivo especial.

Una vez recolectado un volumen de desechos determinado, que se fijan a los dispositivos magnéticamente, los «niños» entran en la atmósfera terrestre y se desintegran junto con ellos. El objetivo es hacerse con un buen puesto de salida en una parrilla que en las próximas décadas promete grandes beneficios, puesto que la limpieza de chatarra espacial será condición sine qua non para seguir lanzando satélites.

En 1957 fue lanzado al espacio el satélite soviético Sputnik, que tres meses después cayó sobre la Tierra. Aquella efeméride supuso el inicio de la carrera espacial humana. Desde entonces, según datos aportados por la ESA, se han realizado cerca de 5.000 lanzamientos que han puesto en órbita más de 6.600 satélites. Sobre estas cifras se realiza una proyección en el tiempo que permite estimar la progresión del número de piezas de basura espacial con que tendremos que contar en los años venideros. Los principales organismos espaciales, incluida la ESA y la NASA estadounidense, no han desarrollado todavía una tecnología válida para el problema, motivo por el que Okada vio un nicho de negocio espacial y puso en marcha Astroscale hace cuatro años. «La basura espacial es un asunto global y que por ello debería ser de interés global mantener nuestras órbitas limpias para los satélites operacionales», dijo, parafraseando al director de Operaciones de ESA, Rolf Densing, para quien este problema debería ocupar «un lugar prioritario en las preocupaciones de la comunidad espacial».

Thomas Schildknecht, científico del comité de investigación espacial COSPAR (Committee on Space Research), consideró en la conferencia que «es necesario hacer algo y lo antes posible» e insistió en que «tenemos que ir al espacio para medir las partículas pequeñas de milímetros y lanzar varias tecnologías de limpieza para comprobar cuál de ellas resulta más efectiva».

Pero los experimentos entrañan también su riesgo. En 2007, por ejemplo, los chinos enviaron un misil al espacio para destruir de forma controlada el satélite meteorológico Fengyun-1C. Se trataba de una prueba de tipo militar que acabó desperdigando aún más restos, al menos 15,000 fragmentos más.

Kessler, un tanto escéptico, considera que «las tecnologías de la que hemos oído hablar hasta ahora suenan muy bien, pero no han sido todavía testadas. Aquí lo único probado es coger una nave espacial, lanzarla y dejarla recolectar deshechos para que los traiga después de vuelta a la Tierra. Es una idea un poco rancia, ya lo sé, pero nos permitiría estudiar más a fondo ese material». Kessler sugiere también que es necesaria una regulación más estricta, que los satélites deben ser construidos más a prueba de impacto y que habría que sancionar a quienes ensucian el espacio a cargo de presupuestos públicos inexistentes.
ROSALÍA SÁNCHEZ