Klaus Ziegler comenta el último libro de Fernando Vallejo en el que la emprende contra los físicos y matemáticos.

Las bolas de Vallejo



Las bolas de Cavendish es el sexto libro de ensayos del escritor Fernando Vallejo. Excepto por sus últimas páginas, la obra gravita alrededor de las mismas obsesiones que conforman el eje central de su Manualito de imposturología física. Esta vez la discusión se presenta en forma novelada, aunque el texto es en esencia un refrito del Manualito.

En su característico estilo insultante y populista, Vallejo la emprende contra la ortodoxia académica: injuria a los físicos y denuncia sus imposturas; denigra de los matemáticos y su insolente signo de igualdad, engañoso y mendaz; insulta sin distinciones, degrada, sermonea como cura, ofende… El escrito resulta farragoso, se percibe en él una erudición confundida, un intelecto desorientado, un espíritu tenaz pero en extremo ignorante del pensamiento científico.

Comenta el profesor de física e historiador de la ciencia Alonso Sepúlveda, refiriéndose a su obra previa, El Manualito: “Es difícil hacer una crítica de este texto irresponsable sin escribir otro sobre la ignorancia, sobre la falta de comprensión del espíritu antidogmático que anima las ciencias naturales…”. Ese mismo comentario cabe aquí, porque es imposible en pocas líneas desnudar el analfabetismo científico, la confusión y la desmesura que colman su último libro.

El blanco de sus burlas es el profesor Vélez, un “todólogo de cultura wikipédica”, representante canónico de la academia recalcitrante. No se escapa el hijo de Vélez, el matemático, el simplicio bobalicón, ni tampoco su yerno, quien tal vez sea la encarnación del escritor Héctor Abad, a quien Vallejo apoda de manera perversa el “huerfanito”, el “hijueputica”. A esta legión de infames, el autor termina por fulminarlos en mitad de su novela, desbarrancándolos “por un rodadero de Santa Bárbara, camino de la Pintada”, directo a un agujero negro en el corazón mismo de los infiernos.

Se jacta Vallejo de su formación de seminarista. Se ufana de haber leído a Newton en latín y a Galileo en italiano, y los cita en sus idiomas originales, ejercicio tan vanidoso como inútil, pues no contribuye en nada al rigor o a la claridad del texto. La historiografía de las ciencias, señor Vallejo, no consiste en la exégesis de libros sagrados. Qué mal estaríamos si cuatrocientos años después de Newton nadie hubiera podido explicarnos el cálculo infinitesimal o la mecánica celeste en un lenguaje matemático riguroso, sin misterios metafísicos, sin fluxiones. El librito bien podría recortarse al tamaño de un panfletico, y ahorrarían dinero los de Alfaguara, y tiempo los lectores.

Después de leer el “Liber tertiu” en su idioma original, Vallejo concluye que el pobre Newton jamás entendió, ni la rotación de la Tierra, ni la gravedad, ni siquiera los movimientos del trompo elemental. ¿Pero, entiende Vallejo al menos un infinitesimal de mecánica newtoniana?

A manera de ejercicio, y solo para ilustrar uno de los tantos errores que abundan en su ensayo, detengámonos en su análisis de la fórmula donde se condensa, según él, una de las estafas más desvergonzadas de los físicos: la Ley de la Gravitación Universal, F = G m1 ∙ m2 / d^2. Afirma Vallejo (pág. 54): “Los dos errores [en la fórmula] que a finales del siglo XIX empezaron a atribuirle a Newton fueron haberle puesto una G estúpida y una segunda masa, la m2, pues da lo mismo que esta segunda masa, la atraída, sea la de un gordo, un flaco, un piano de cola, una manzana. A todos la primera, m1, nos jala igual…”

Vallejo justifica su crítica unas páginas más adelante: “… un newton es ‘la fuerza que se necesita para imprimirle una aceleración de 1 m/s2 a un objeto cuya masa sea de 1 kg´. Por lo tanto sirve (si es que sirve) para medir la fuerza que uno hace cuando empuja un ropero, pero no la de la gravedad de la Tierra, pues a esta no le importa que la masa del objeto que jala sea de un solo kilogramo o de un millón: a la misma velocidad hace caer una manzana que un piano de cola”.

Es verdad, la manzana y el piano se aceleran por igual, pero ello no significa que la fuerza gravitatoria que ejerce la Tierra sobre cada objeto sea la misma. De hecho, deberá ser diferente, de acuerdo con la segunda ley de Newton. Si el autor lo duda, que nos diga si atraparía con igual esfuerzo una manzana o un piano de cola que cae desde un décimo piso. Desprovista de esos dos factores “estúpidos” e “irrelevantes”, la fórmula de la gravitación no tendría sentido, a no ser que G se midiera en unidades geométricas, en cuyo caso la fórmula representaría, no una fuerza, sino un campo, otro concepto fundamental que Vallejo tampoco entiende.

De hecho, cualquier neófito puede explicarle al novelista cómo corroborar la ecuación de Newton, con solo papel y lápiz: basta cambiar en la fórmula de la gravitación la variable d por 6.371.000 metros, que es el radio medio de la Tierra. Sustituir luego m1 por la masa terrestre, esa que Cavendish con sus bolas de plomo y su balanza de torsión estimara cercana a 5.9x10^24 kg. Y por último, darle a la letra G un valor aproximado de 6.674x10^ (-11) Nxm^2/kg2. El cómputo arroja como resultado 9.81, que es precisamente la aceleración de la gravedad sobre la superficie terrestre, la misma que midió Galileo antes de que Newton naciera. ¡Qué coincidencia! Se necesitan Bolas, pero no de las de Cavendish, para escribir semejantes boberías sin siquiera sonrojarse.

Vallejo detesta esos Gedankenexperimenten einstenianos, pero propone el suyo propio (pág. 61): “Si desde una altura de 380 mil kilómetros Dios suelta simultáneamente a la Luna y a una manzana (en opuestos rumbos del cielo, claro, para que la luna no atraiga a la manzana, ¿cuál creen que cae primero en la tierra muchachos?”. Vallejo se contesta en el siguiente párrafo: “Cae primero la manzana, tiempísimo después la Luna. ¿Por qué? Porque la Luna con su gravedad le opone resistencia al jalón de la Tierra, mientras que la manzana, al no tener gravedad (como el gordo y el flaco y el piano de cola), se deja arrastrar”. Y a renglón seguido afirma: “Así como la Tierra jala a la Luna, la Luna jala a la Tierra. Pero no como las dos flechas que apuntan una a la otra, sino en sentido contrario…”.

Vallejo cree que por estar la manzana en el lado opuesto de la Tierra, la Luna dejaría de atraerla. Este genio vernáculo acaba de descubrir ¡los eclipses gravitacionales! Y no solo eso, según el autor de ese Tractatus logicus-stultus, la fuerza de “atracción” gravitatoria podría llegar a ser en algunos casos repulsiva, hallazgo tan revolucionario que bien le merecería a su autor el Ig Nobel 2017 en física y astronomía (su extensa obra científica ya lo amerita).

¿Y de dónde saca el frenético profesor de la novelita que la gravedad es igual a 9.8 “metros sobre segundo” (estas unidades absurdas se las inventa él), o que la Luna tiene una masa 81.22 veces menor que la terrestre? ¿Acaso de los mismos textos falaces de los que denigra, o de Wikipedia, esa enciclopedia para niños que nutre la cultura frívola del profesor Vélez? ¿Acaso las dedujo por intuición o las calculo él mismo?

En cuanto a nuevos conceptos, Vallejo introduce uno novísimo: “La esfera gravitatoria de los objetos”. No podemos equivocarnos, pues no todos los objetos gozan de esta aura misteriosa: ni los pianos de cola ni las manzanas la poseerían. Pero un objeto enorme, digamos un cuerpo celeste, sí la tendría. Dice Vallejo: “En la superficie de la Tierra, donde termina su materia, empieza su esfera gravitatoria... Mide un millón de kilómetros [ni metro más ni metro menos] según calculé el otro día, y se va debilitando a medida que nos alejamos de su superficie”. ¿Y qué ocurre en el interior del planeta, donde todavía no termina su masa? Pues según él, la esfera gravitatoria estaría ausente, ¡de ahí que en las minas de diamantes, a kilómetros de profundidad, los mineros leviten!

Las bolas de Cavendish, como el Manualito, degenera pronto en patanería cuando el autor centra su crítica en la física moderna. Y la razón es evidente: Vallejo lee en latín, francés, inglés, griego e italiano, pero el lenguaje de las matemáticas le resulta tan incomprensible como el xhosa tonal de los bantús. Por ello su crítica debe limitarse a fórmulas que aprendió en el seminario, y que solo involucran las cuatro operaciones aritméticas básicas de la educación primaria.

En su libro aparece la ecuación de onda de Schrödinger, a la cual califica de estafa matemática, de patochada que nadie entiende porque nada explica (pág. 125-126). Si al superdotado de Támesis le resulta incomprensible la ecuación de onda, entonces es obvio que ningún otro cerebro en la Tierra podrá entenderla, y por tanto ha de ser una marihuanada. La soberbia y la estupidez van a veces de la mano.

Tratemos de imaginar cuán improbable resultaría que una enorme conspiración de farsantes haya podido esclarecer con sus fantochadas e incoherencias las leyes empíricas de Kepler, explicar de paso el preciso reloj de la mecánica celeste, y hasta predecir la existencia de Neptuno, Plutón, y de cientos de exoplanetas inimaginables en su época. ¿Cuán improbable sería que esa suma de marihuanadas del “grasiento” y “mugroso” Einstein explicara con precisión asombrosa la precesión del perihelio de Mercurio, de apenas 43 segundos de arco en un siglo?

Y ni se diga de predicciones teóricas asombrosas, como la existencia de agujeros negros, esas singularidades extravagantes de la solución de Schwarzschild a las ecuaciones de Einstein en el vacío, en las que el mismo inventor de la Relatividad nunca creyó. O predicciones como el atraso infinitesimal de los relojes atómicos de cesio en órbita, como lo demostraron Hafele y Keating; o la conversión de masa en energía, E=mc2, cuya demostración más horrenda sería la execrable bomba de Hiroshima; y la más dramática, la energía casi inagotable del mismo Sol.

¿Y no sería una coincidencia prodigiosa que el corrimiento hacia el rojo de las galaxias y la expansión del universo, como lo había observado antes Hubble, y como corroboraron luego Vessot y Levin, se ajuste con minuciosa precisión a las ecuaciones de campo? El efecto lente de la gravedad, observado por Campbell y Trumpler, y confirmado una y otra vez en los eclipses totales de sol desde la época de Eddington, concuerda de manera perfecta con lo predicho por el “embaucador” alemán. Y no se trata solamente de modelos matemáticos alejados de la cotidianidad: cualquier teléfono celular usa un GPS que sería inservible si no calculara las distancias usando las fórmulas “tramposas” de la teoría general de la relatividad.

Solo un fanático religioso o un maniático se atrevería a sospechar una conspiración de semejantes proporciones. Con su pluma obscena pretende convencernos de que “todos los autores de textos de física, todos los profesores de física, todos los directores de las revistas de física, todos los divulgadores de la física, todos los físicos y todos los premios Nobel de física son unos charlatanes y unos farsantes que no han leído los Principios matemáticos de filosofía natural de Newton, como los curas ya no leen la Biblia por entregarse a sus pederastias”.

Pero la soberbia y la ira son malas consejeras: una vez abandona Vallejo su nicho natural, el del insulto ramplón, “pendejos”, “pederastas”, “pitonisas de culo en calzón y fórmula en pizarrón”, “lacayos”, “estafadores”, “lambeculos”, “tramposo”, “impostores…”, el tonto rabioso se pone zancadilla y se cae solito, como el trompo cuando resbala. Ese humor cáustico que tanto cautiva a sus admiradores termina quemándole la lengua porque nada puede resultar más patético que un bufón que mete las patas mientras todos lo advierten, excepto él.

Klaus Ziegler

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