Lenin


Vladimir Ilich Uliánov, el verdadero nombre de Lenin, era radical y se ufanaba de serlo. Aunque supiera que la vida de todos los días estaba pintada de grises, de miles de tonalidades de grises, para su gran objetivo sólo había tres colores: negro, blanco y rojo. Amaba al pueblo y por eso mismo odiaba a los explotadores.

Lenin murió el 21 de enero de 1924.Ilustración: Fernando Carranza


Todas las mañanas, a las once en punto, las puertas de la prisión de Siberia Oriental se abrían y por ellas pasaba Nadia Krúpskaya, una enigmática mujer, delgada, de caminar rápido, decidida, de ojos muy claros, penetrantes, a quien los guardias conocían como “la novia” del revoltoso, un conspirador que respondía al nombre de Vladimir Ilich Uliánov. Los dos habían acordado declararse novios para que ella pudiera llevarle a la cárcel, en un fondo escondido del cesto de sus comidas, las cartas, recortes y textos que escribían y publicaban en la clandestinidad sus compañeros de lucha. Al despedirse, Uliánov les enviaba con ella sus nuevas ideas, sus consignas y comentarios, y una que otra nota para los periódicos que lograban editar.

Así, en medio de la lucha y la revolución anhelada, y en uno de los tantos mítines a los que iban, se habían conocido a comienzos de 1894, y así se volvieron novios, y así se casaron y vivieron, siempre con un cuchillo en la garganta, siempre a punto de caer, convencidos de que su amor no podía ser un asunto de hogar y comodidad, sino un medio, un mutuo sostén para liberar al pueblo de la burguesía y la aristocracia. Con el tiempo, ella diría que él era la única persona que conocía que pensaba 24 horas al día en la revolución. Había comenzado a pensar en ella en la adolescencia, leyendo a Marx, y luego, cuando quiso ser como su hermano mayor, Alexandr, y supo y sufrió su muerte, condenado por hacer parte de una conspiración que buscaba asesinar al zar, Alejandro III.

Por aquel entonces aún era Vladimir Uliánov, el hijo menor de un inspector de escuelas, Ilia, y de una señora de su casa, María, quienes habían ido a vivir a Simbirsk, un pueblo ciudad situado a orillas del Volga y unos cuantos kilómetros al este de Moscú. Empezaría a ser Lenin a comienzos del siglo XX, en diciembre de 1901, luego de que firmara uno de sus ensayos con ese seudónimo en la revista Zaria, tal vez para recordar al río Lena, en Siberia. De ahí en adelante sería Lenin para siempre. Lenin embalsamado en la Plaza Roja de Moscú, Lenin presidente de Rusia, Lenin bolchevique, Lenin creador de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Lenin jefe supremo del proletariado, Lenin exiliado, víctima, victimario, leyenda, mito y realidad.

Su nombre, su fuerza, su energía y aquella mirada que parecía crucificar a quien osara oponérsele lo fueron transformando en una suerte de mítico revolucionario del que todo el mundo había oído algo, pero al que pocos habían visto. Cuando huyó de Rusia, en 1908, perseguido por los ejércitos del zar y por sus agentes de inteligencia, y vagó por Europa para terminar radicándose en Suiza, algunos socialistas alemanes, austríacos, rumanos y serbios iban simplemente a conocerlo. A veces le decían “el Jefe Bandolero”, y a veces “el Viejo”, porque para él no existía la diversión. En Zúrich, alguna vez compartió mesa en el café Odeón con James Joyce, con Einstein y Stefan Zweig, pero sólo se tomaba un café, pues debía ir a trabajar. Su vida, solía decir, no era charlar.

Ellos mismos contarían que un día Amedeo Modigliani le prestó un periódico. Lenin lo tomó, comenzó a leerlo, mientras Modigliani le prendió fuego, y aún en medio del fuego, el Viejo seguía leyendo. Leer, pensar, escribir y actuar para la revolución, esa era su vida y esa fue su vida, hasta que murió, el 22 de enero de 1924, víctima de tres derrames cerebrales que lo fueron llevando de una parálisis a otra. Su antiguo compañero, León Trotski diría desde el exilio, huyendo o protegiéndose de Stalin, que precisamente había sido Stalin quien lo había envenenado. Otras versiones asegurarían que el atentado que sufrió en 1918, a manos de Fanny Kaplan, había sido decisivo para su lenta muerte. Aún inválido, Lenin seguía escribiendo, o mejor, martillando ideas.

“La experiencia de la guerra, como la experiencia de todas las crisis de la historia, de todas las calamidades y de todos los puntos de inflexión en la vida de un hombre, turba el entendimiento y quebranta el espíritu de algunos, pero a otros los ilumina y los atempera”, había escrito varios años atrás. Él era un hombre de dificultades. Las enfrentaba para superarlas, para convertirlas en su fuerza. Las ponía a su servicio, e incluso calculaba la fuerza o la valía de sus rivales y compañeros precisamente en los momentos de crisis. “A veces un canalla resulta útil a nuestro partido, precisamente porque es canalla”. Vivía al límite, y en los límites era cuando más provecho sacaba de sí mismo, enfrentando a quien hubiera que enfrentar y afrontando las más adversas circunstancias.

De alguna manera se olvidaba de sí mismo en aras de la revolución, y de alguna manera, olvidándose de sí mismo les daba rienda suelta a su odio y su amor, que eran las dos caras de una misma moneda. Lenin era radical y se ufanaba de serlo. Aunque supiera que la vida de todos los días estaba pintada de grises, de miles de tonalidades de grises, para su gran objetivo sólo había tres colores: negro, blanco y rojo. Amaba al pueblo, a lo campesino, a lo proletario, al trabajador de las fábricas, al hombre que empuñaba un arma para defender a los suyos, a la mujer que se desgastaba las manos y la mente y la vida haciendo telas para otros.

Por ese mismo amor, odiaba a los explotadores, a los aristócratas, a quienes imponían, a quienes se lucraban disfrazando las leyes y a todos aquellos que por pensamiento, acción, omisión, grado de consanguinidad, herencia o uniforme tuvieran que ver de una u otra forma con el ahorcamiento de su hermano Alexandr. Los explotadores eran burgueses, los burgueses eran capitalistas, los capitalistas eran aristócratas, y todos resultaban siendo imperialistas, y por lo mismo, como mínimo, sospechosos. “La dignidad humana es algo que uno no necesita buscar en el mundo de los capitalistas”, solía repetir. Por eso no transó con quienes en el gobierno provisional de Rusia, producto de la Revolución de Febrero, incluyeron a los burgueses en su gabinete.

Y por eso, algunos días después de que hubiera llegado al poder con los bolcheviques, estaba seguro de que las democracias burguesas occidentales se enfrentaban por aquellos tiempos de la Primera Guerra Mundial a dos enemigos, Alemania y la Revolución rusa, y de que detestaban y le temían más a la Revolución que a los alemanes, y por eso mismo preferían perder la guerra con tal de que Rusia y la revolución no se salvaran. Los burgueses, los capitalistas de toda Europa, lo dijo infinidad de veces, se unieron con los banqueros y los grandes empresarios rusos y armaron a los ejércitos disidentes de su país para que arrasaran con el Ejército Rojo.

Tergiversaron sus palabras y sus hechos, lo difamaron sin importar las consecuencias y crearon un insoportable clima de hambre y de desprotección dentro del pueblo para que algún día, más pronto que tarde, ese pueblo se levantara contra los bolcheviques. En las oficinas estatales, correos, trenes y demás les pagaron sueldos adelantados a los ejecutivos para que no trabajaran. Lenin sabía que el gran objetivo de sus enemigos era provocar el fracaso de la revolución. El caos. Que los proletarios volvieran a ser explotados, que el poder retornara a las mismas manos de antes, que los de arriba siguieran arriba por siempre, y que los de abajo fueran hasta el último día de sus vidas los “humillados y ofendidos” de Dostoievski.
FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

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