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miércoles, 19 de abril de 2017

Nicolás Maduro vigila de cerca al Ejército



En plena movilización contra su gestión, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, volvió a recurrir al fantasma de un supuesto golpe de Estado en su contra. Consciente de que se va quedando sin apoyos en la calle, el mandatario quiere atajar cualquier posible disidencia en las Fuerzas Armadas y, ayer, con la oposición de nuevo volcada en las calles del país, anunció la desarticulación de otro complot en su contra.

En uno de sus habituales mensajes televisados al país, que vive horas convulsas, Maduro aseguró que «en horas de la tarde hemos capturado a uno de los cabecillas del complot militar que venimos desmantelando desde hace tres semanas en el país» e informó de que otros cómplices en la supuesta intentona de asonada habrían huido a la vecina Colombia. El mandatario aseguró que este supuesto insurrecto, un militar retirado, ya ha entrado en la cárcel y se refirió a «los procesos judiciales en la jurisdicción militar que está procesando a todos los complotados».

Ante las crecientes protestas y el incremento de la tensión, el Gobierno activó el conocido como Plan Zamora del Ejército para supuestamente «defender la patria», que en el léxico chavista significa defender la revolución. En la práctica supone adoptar medidas excepcionales de control por los uniformados y estrechar el cerco sobre los dirigentes opositores que han organizado la megamarcha de Caracas.

«Intimidar a la gente»

La alianza opositora, Mesa de la Unidad Democrática (MUD), emitió un comunicado rechazando la medida y sostiene que el plan de Maduro solo busca «intimidar a la gente» para que no se manifieste.

El Plan Zamora se parece al plan que activó el difunto Hugo Chávez durante la gigantesca marcha opositora del 11 de abril de 2002, que fue desviada hacia el Palacio de Miraflores. Los incidentes de aquellas jornadas, en las que Chávez perdió el poder momentáneamente, se saldaron con 19 personas muertas.

En aquellas horas, el «comandante eterno» del chavismo pedía por radio ayuda al alto mando militar, llamando a «Tiburón 1, Tiburón 2», nombre en clave de los mandos que apostaran blindados en las calles de Caracas. Ahora, también Maduro ha pedido lealtad a la Fuerza Armada Nacional.

Su problema está en que solo la casta del alto mando militar, a la que le ha ofrecido todos los negocios petroleros, mineros y de importación, como denunció recientemente el general retirado Cliver Alcalá Cordones en las páginas de ABC, le ha mostrado adhesión incondicional.

En cambio los oficiales de medio y bajo rango, de tenientes y comandantes para abajo, que sufren la misma crisis que la masa de venezolanos sumidos en la pobreza, no le han declarado lealtad. Es más, ayer circuló en las redes un vídeo en el que tres oficiales declaraban: «desconocemos la autoridad de Maduro como nuestro comandante en jefe».

Por eso, Maduro, como hiciera Chávez en su día, ha recurrido a las milicias callejeras. Les prometió un fusil para cada uno de los 500.000 simpatizantes con los que prevé formar un cuerpo militar de un millón de uniformados, cuyo presupuesto ya está «aprobado». Las cifras de este incipiente cuerpo armado se desconocen.

Como Chávez, Maduro desconfía de la oficial y tradicional Fuerza Armada Nacional. Por eso creó ya hace siete años su «Guardia del Pueblo», a la que ha incorporado a la estructura militar. La oposición, por contra, considera a la milicia como la guardia pretoriana de los mandatarios chavistas.

Los militares tenían ya amplio poder durante el gobierno de Chávez, pero su influencia creció mucho más con Maduro, cuyo gobierno cuenta con un militar activo y diez en retiro en 11 de los 32 ministerios.