Según analistas Le Pen es, ideológicamente, más peligrosa que Trump. En juego el futuro de la UE.

Francia, la nueva elección que asusta al mundo


Marine Le Pen ha prometido sacar a Francia del euro y de la UE si gana las elecciones.
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Sesenta años después de la firma del Tratado de Roma, Francia se prepara para votar, y los resultados de la elección presidencial de este domingo (primera vuelta) podrían rehacer o deshacer la Unión Europea.

Una victoria del centrista proeuropeo independiente Emmanuel Macron marcaría un punto de inflexión positivo en la construcción europea, consolidando a una Francia que rechaza el populismo y que es capaz de fortalecer sus lazos con Alemania. Pero si los electores franceses entregan la presidencia a Marine Le Pen, el proyecto europeo habrá dejado de existir. La calurosa recepción en Moscú a la dirigente del Frente Nacional por parte de Putin es elocuente.

Esta no es una elección más. La supervivencia de Europa está en juego, y las apuestas son más altas que nunca antes que en otra elección bajo la V República.

¿La derecha nacionalista y xenófoba tiene realmente una oportunidad de llegar al poder? El Frente Nacional está bien establecido en la vida política francesa. El padre de su actual jefa, Jean-Marie Le Pen, fundó este partido de extrema derecha en 1972 y lo dirigió hasta 2011, cuando su hija tomó las riendas. Su suerte electoral hasta ese momento fue limitada. Si bien Jean-Marie Le Pen llegó a la segunda ronda de las presidenciales del 2002, al final fue ampliamente derrotado cuando el centro y la izquierda se sumaron masivamente a Jacques Chirac para impedir el triunfo del Frente Nacional.

Al igual que su padre, es muy probable que Marine Le Pen esté presente en la segunda ronda de estas elecciones, programada para mayo. Las encuestas le dan el mayor número de votos en la primera ronda, pero muchos se tranquilizan pensando que ella, como su padre, terminará siendo derrotada en la segunda vuelta. Varias encuestas vaticinan que Macron la vencería con un 63 por ciento de los votos en ese escenario.

Sin embargo, no hay que olvidar que las victorias populistas del 2016, particularmente las victorias del ‘brexit’, en el Reino Unido, y la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, nos han demostrado que lo impensable puede pasar.

Un viejo proverbio francés dice “Nunca hay dos sin tres”, lo que en este caso parecería indicar que después de lo de Trump y el ‘brexit’, la victoria Le Pen es todo menos inevitable. Sin embargo, Francia también podría marcar la tercera derrota electoral consecutiva de los candidatos de la extrema derecha en Europa, después de su fracaso en Austria y Holanda. Dando así la evidencia, por tres, de que la marea populista puede ser frenada.

En conclusión, y siguiendo la “regla de tres” del proverbio, uno puede esperar lo mejor, pero también lo peor.

Al igual que en otros tiempos, el presidente Roosevelt representó una luz de esperanza en la peor crisis económica en la historia estadounidense, Macron irradia optimismo en una Francia cuya opinión está perturbada por una mezcla de violencia, mediocridad, escándalos de corrupción y confusión ideológica.

Algunos ven a Macron como una figura romántica de una novela de Stendhal, un moderno Fabrizio del Dongo, que habría decidido no ser más un espectador del mundo, sino incidir en su destino. Podríamos definirlo también como una mezcla de energía juvenil, confianza en sí mismo, astucia política, competencia tecnocrática y un sentido muy agudo de la moderación.

En todo caso, Macron encarna un cambio radical en la política francesa: la erosión de la tradicional división y enfrentamiento entre izquierda y derecha. Él es la cabeza de su propio movimiento centrista ‘¡En marcha!’. Ningún candidato independiente ha ganado nunca una elección presidencial en Francia. Pero, de nuevo, no estamos ante unas elecciones comunes y corrientes.

De hecho, ninguno de los dos principales partidos del país, los socialistas y los conservadores (que ahora escogieron llamarse ‘republicanos’), llegará a la segunda ronda electoral. Este rechazo a los partidos tradicionales se refleja en el índice de popularidad del presidente socialista François Hollande. Un índice que cayó tan bajo (4 por ciento), que el mandatario optó por no buscar un segundo mandato: algo que no había sucedido jamás en la historia de la V República. También da lugar a la sospecha de que podría haber un riesgo de una abstención muy significativa, algo muy inusual en un país que se toma muy a pecho la elección de su presidente.

Muchos franceses ven en estos comicios una especie reality de TV que nunca acaba. Fascinante, tal vez, pero nadie espera que resuelva la enorme cantidad de problemas que hay sobre el escenario: del desempleo al terrorismo, de la seguridad social a las pensiones y de los escándalos de corrupción a la necesidad de moralizar la vida pública. Otra gran diferencia con las elecciones anteriores, determinadas en gran parte por una o dos preguntas centrales.

Como Fabrizio del Dongo –o como Macron– los franceses tendrán la oportunidad de no ser espectadores, sino de ser actores. Pueden elegir al candidato de la esperanza, como hicieron los estadounidenses en 2008 cuando eligieron a Barack Obama. Pero también pueden elegir al candidato del miedo, como lo hicieron los estadounidenses en el 2016, cuando eligieron a Donald Trump. En uno y otro caso, las consecuencias de su elección –como las decisiones de sus homólogos estadounidenses– tocarán a multitudes de personas más allá de sus fronteras.

Por supuesto, Francia no es Estados Unidos, su importancia estratégica en el mundo es mucho menor. Sin embargo, Francia tiene una gran relevancia estratégica dentro de la Unión Europea. Y en cierto sentido, Le Pen, más ordenada y menos políticamente inculta que Trump, podría ser aún más peligrosa que el novato con comportamiento político errático que actualmente ocupa la Casa Blanca. Esto es porque el mundo –o al menos sus principales democracias– observa conteniendo la respiración esta muy inhabitual campaña francesa.

Dominique Moïsi es consejero sénior del Instituto Montaigne, centro de análisis y pensamiento de París.

DOMINIQUE MOÏSI
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