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sábado, 20 de mayo de 2017

7º de Caballería: el cruel exterminio de decenas de niños indios


El 29 de diciembre de 1890, este regimiento asesinó a sangre fría a más de 300 hombres, mujeres y niños que habían intentado huir de una reserva de nativos
El Séptimo de Caballería es recordad por batallas como la de Little Bighorn (arriba) - WikimediaManuel P. Villatoro -

Una unidad heroica cuyos soldados no titubeaban cuando se les ordenaba lanzarse a la carga contra un grupo innumerable de indios. Gracias a los largometrajes de Hollywood, así es como vemos en la actualidad al popular Séptimo de Caballería. Un regimiento norteamericano que fue creado a mediados del siglo XIX para –en plena expansión hacia el Oeste de los Estados Unidos a costa de la tierra de los nativos- defender las fronteras entre los estados de los «blancos» y los de los «pieles rojas». Sin embargo, y a pesar de que la pequeña pantalla nos ha transmitido que esta unidad era un ejemplo del respeto hacia los indígenas, la realidad era bien distinta. Y es que, sus soldados cometieron todo tipo de excesos contra este pueblo. El 29 de diciembre de 1890 se sucedió, precisamente, uno de los más famosos cuando un destacamento de estos jinetes asesinó a sangre fría a casi 300 siouxs -la mayoría mujeres y niños desarmados- cerca del arroyo deWounded Knee, en Dakota del Sur. El acto suscitó tal vergüenza que fue «vendido» por el gobierno como una batalla decisiva para detener una presunta revolución.

La explicación de cómo se sucedió esta triste masacre, así como las causas que la provocaron, es uno de los múltiples temas que se pueden leer en «Pieles Rojas. Encuentros con el hombre blanco» (Edaf, 2015), el último trabajo de Victoria Oliver -Doctora en Geografía por la Universidad Complutense-. El libro es, en esencia, un estudio pormenorizado de los encuentros que las más de 200 tribus americanas tuvieron con el hombre blanco desde que Colón pisó el Nuevo Mundo en 1492. «En EE.UU. hay miles de libros sobre tribus americanas, pero en España casi nada. Mi obra habla del encuentro de los exploradores con los “pieles rojas”. Es un libro de historia que muestra como los exploradores y los pioneros iban descubriendo las tribus. Cada capítulo se corresponde con una región de América y explica, por orden cronológico, los momentos en que los conquistadores se toparon con los lugareños», determina la autora.
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A pesar de que el cine nos ha vendido que la conquista del «Far West» se realizó hace siglos y siglos, la realidad es que comenzó a materializarse hace apenas 200 años. Sus orígenes se remontan a la época en la que Napoleón Bonaparte fue desterrado a la isla de Elba tras ser vencido enWaterloo. Aquellos días de 1815, décadas después de que los primitivos Estados Unidos se independizasen de Inglaterra a base de fusil y cañón, fueron en los que el país comenzó a expandirse por el norte de América a costa, en primer lugar, de España (a la que se le compró Florida en 1819). Posteriormente, allá por los años 30, el presidenteAndrew Jackson puso sus ojos en las tierras del oeste de Norteamérica, unas extensas llanuras que podían ser cultivadas y aprovechadas por los nuevos colonos que llegaban desde Europa ansiosos de asentarse en el Nuevo Mundo.


Lo cierto es que el presidente sabía lo que se hacía, pues aquel territorio prometía dinero fácil. «Las tierras despertaban la admiración, envidia ycodicia de los anglosajones, ya que no solamente eran extensas, sino fértiles y ricas tanto para el cultivo como para la ganadería. […] Para muchos estadounidenses el territorio se encontraba desaprovechado y era improductivo, por lo cual era necesario que el pueblo norteamericano se expandiera e hiciera un efectivo uso de esas tierras. El derecho natural blanco al uso de esa tierra estaba muy arraigado», explica la historiadora María del Rosario Rodríguez Díaz en su obra «A. Jackson. La conquista del Oeste y la regeneración india». Todo aquel frenesí colonizador se terminó acrecentando todavía más en los años posteriores cuando se corrió la voz de que, en algunas regiones indígenas, se había encontrado oro y todo tipo de minerales. El hecho movilizó a miles de «hombres blancos».

Con todo –y para desgracia de los norteamericanos- el Oeste era habitado por sus originales pobladores: los indios. Un pueblo formado por decenas y decenas de tribus a las que no les hizo demasiada gracia compartir sus tierras con los nuevos pobladores. «Los indios de las grandes llanuras y de las montañas rocosas ofrecían un obstáculo formidable contra el establecimiento de los blancos. Los más fuertes y guerreros de las tribus eran: los sioux, los pies negros, los crow, los cheyenne y los arapahoe en el norte; los comanches, los kiowa, los ute y los cheyenne, los apaches y los arapahoe del sur. Eran jinetes veloces, admirablemente armados y que vivían de los millones de búfalos que vagaban en libertad», explica Jaime Márquez Morant–Graduado en Historia por la Universidad de Málaga- en su investigación «Historia de los Estados Unidos de América en el SXIX».
Una deportación masiva

Pero los norteamericanos ya habían decidido que, tarde o temprano, aquellas vastas llanuras serían suyas. Así pues, y tras la llegada de Jackson a la poltrona, comenzó la expansión (primero sutil y luego masiva) de los colonos americanos hacia el Oeste del país. En los años siguientes, por lo tanto, ambas culturas tuvieron que convivir juntas. La relación, como cabía esperar, no terminó siendo agradable. Así lo demuestra el que el presidente estableciera en el Congreso que los nativos –a los que consideraba bárbaros y salvajes- se encontraban por debajo de los blancos a nivel social y legal (aunque por encima de los negros). Entendiendo que no se merecían las tierras que el destino les había regalado, comenzó una campaña para expulsarles hacia regiones ubicadas todavía más al Oeste. «En 1830 se promulgó la “Removal Bill”, la ley de Remoción de Indios, por medio de la cual se disponía su traslado a reservas asignadas, donde podrían vivir y desarrollarse de acuerdo a sus costumbres», añade la experta en su obra.

Según explicó el presidente, aquello se hacía para favorecer que la cultura india no se perdiera y pudiera practicarse en regiones acotadas. Estas, por descontado, solían ser menos fértiles y ricas en minerales que las que ya poseían. Sin embargo, la realidad era bien diferente, pues lo que se pretendía era legalizar la expulsión de los nativos de sus tierras y que, a través de las mismas, pudieran cruzar miles de colonos. Por otro lado, y además de lasdeportaciones, el Gobierno también recurrió a los tratados legales para obtener las tierras en las que creía que había oro o cuya importancia era determinante para establecer una ruta mercantil. Y, si esto no funcionaba, entonces se expropiaba por la fuerza. Todo valía para arrebatar las tierras a sus legítimos propietarios. «Si no funcionaban la presión y el soborno, entonces se dividía el territorio indio en asignaciones privadas individuales. Se comprendía bien que con ellas se les restaría fuerza a las organizaciones indias y los terrenos pronto pasarían a manos de los anglosajones», explica Rodríguez.
Un indio sostiene la cabellera de un soldado fallecido- Wikimedia

Cuando todo aquello fallaba, comenzaba la expulsión mediante los fusiles o las amenazas, algo a lo que muchas tribus indígenas terminaron por responder con las armas. A partir de entonces, muchos grupos de nativos se dedicaron a acabar con la vida de todo hombre, mujer o niño anglosajón que pisaba sus tierras. Y todo ello, de una forma cruel. «Solían escalpar (quitar la cabellera) a los muertos y, además, eran famosos por matar lentamente a sus enemigos», determina Oliver. Para cuando llegó 1835, aquella barbarie ya había hecho mella en el Este de los Estados Unidos. Así lo demostró el mensaje que envió ese mismo año Jackson a sus conciudadanos: «Todos los anteriores experimentos para mejorar las condiciones de los indios han fallado. Ahora parece confirmarse el hecho de que no pueden vivir en contacto con una comunidad civilizada y próspera. Épocas de infructuosos esfuerzos nos han llevado al convencimiento de este principio para la intercomunicación con ellos».
El odio a los indios se generaliza

Con el paso de los años el Oeste no fue el único territorio que contribuyó al ensanchamiento de Norteamérica. Un claro ejemplo fue la unión en 1845 deTexas (independiente de los Estados Unidos desde 1838) y, posteriormente, la anexión de varias regiones de México. Dos décadas después, entre 1861 y 1865, este expansionismo se vio frenado por la llegada de la Guerra Civilentre los estados del Norte y los del Sur. Sin embargo, tras la finalización de esta contienda, las ansias de conquista volvieron de una forma renovada. Y es que, tras lograr la adhesión de algunos territorios de la costa oeste del país como Oregón, el gobierno se percató de que la región india se interponía en la comunicación de los dos extremos del país. Norteamérica, por tanto, se dispuso a conquistar aquella zona nativa -ubicada en el centro del continente- y encerrar en reservas a todos los nativos que aún se hallasen en libertad
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Territorio EEUU (gris); territorio indio (verde)- YouTube

Este deseo de conquista se vio favorecido por laaparición de oro en las montañas de Dakota, territorio que había sido cedido, en principio, a la tribu sioux por ser sagrado para sus miembros. Cuando el vil metal está de por medio, no hay trato que valga, que debieron pensar los miembros del gobierno norteamericano. Por su parte, y hasta el penacho de plumas de verse asediados una y otra vez por el «hombre blanco», algunos nativos se armaron creando grupos de resistencia. El más famoso de ellos fue el que estuvo al mando de Caballo Loco, un líder cuyo valor era reconocido por todos sus iguales. «Hasta el año 1861, los indios habían sido relativamente pacíficos, pero es en ese año cuando vieron sus territorios de caza invadidos por frenéticos y crueles mineros que llegaban en millares. A esto debemos añadir la llegada de colonizadores blancos y el trato poco satisfactorio que les daba el gobierno», completa el historiador en su dossier.

Una vez más la violencia se generalizó. Los indios se armaron y, a base dearco, flecha y tomahawk, se dispusieron a rechazar al enemigo. Sin embargo, en este caso Estados Unidos reaccionó creando unidades como elSéptimo Regimiento de Caballería. Alumbrado en 1868, a este grupo de militares se le asignó el objetivo de proteger a los anglosajones en la frontera entre Estados Unidos y las regiones nativas. Un fin heroico que, para desgracia del gobierno americano, se vio manchado por los múltiples actos desalmados que cometieron sus componentes contra la población indígena. Todos ellos, por cierto, ordenados por su líder, George Armstrong Custer (un inepto militar que, además de sádico, se graduó el último de su promoción en la academia de West Point). Este oficial se hizo rápidamente famoso por sus ataques al amanecer en contra de poblados de indígenas y por no dejar que ninguno de sus enemigos (ancianos, mujeres y niños en muchos casos) escapase con vida. Un mal menor, que pensaban sus superiores, si con ello tenían garantizado expulsar a sus enemigos de allí y deportarles a las reservas.
Custer y el Séptimo de Caballería- Wikimedia

En 1876 este abyecto militar se encontró con la horma de su zapato cuando, mientras asaltaba lo que -según creía- era una pequeña aldea india, tanto él como sus hombres perecieron ante un innumerable ejército enemigo. Aquella masacre (conocida como la de Little Bighorn por el lugar en el que se celebró) hirió profundamente el orgullo de los estadounidenses y provocó que aumentase todavía más el odio contra los ya vilipendiados indios. «Después del desastre de Little Bighorn y de la derrota del general Custer, los Estados Unidos quedaron traumatizados. El ejército, como respuesta, empezó a acosar a las tribus indias con tal contundencia que, al año siguiente, la mayoría acabaron en reservas. En ellas, los nativos vivían en condiciones miserables por lo que, siempre que podían, se escapaban para hacer la guerra contra los blancos por su cuenta», explica, en declaraciones a ABC Oliver.
La «Danza de los espíritus»

A pesar de la victoria de Little Bighorn, la presión militar del ejército de los Estados Unidos acabó diezmando a la tribu de Caballo Loco. Este, sin otro remedio, tuvo que rendirse en 1877 y, por primera vez en toda su vida, aceptar un pacto con el «hombre blanco» según el cuál sería recluido en una reserva. Con todo, los americanos tenían otros planes para supersona. «Sospechaban de él y, a pesar de que estaba confinado y no tenía capacidad de actuación, decidieron eliminarlo. Para ello, le convocaron a una reunión enFort Robinson (en Nebraska) con la intención de asesinarle. Él se presentó, en principio, sin recelo, pero pronto descubrió que le habían preparado una encerrona. Entonces se reveló contra sus captores mientras le sujetaban y gritó “Otra trampa de los blancos, dejadme morir luchando”. Al final, un soldado le clavó su bayoneta por la espalda. Murió esa misma noche», añade la historiadora española a este periódico.

En palabras de Oliver, los siouxs se entristecieron tanto por la muerte de su líder que adoptaron una nueva religión conocida como la «Danza de los Espíritus». Predicada por un chamán de Nevada llamado Wowoka, esta creencia se basaba en realizar un baile milenario que, según decían los brujos, podía hacer volver a los muertos del otro mundo. «Wowoca llegó a vivir desde pequeño en una granja con una familia cristiana y blanca. Después, y sin saber por qué, regresó con su tribu en la reserva del Valle Mason (también en Nevada). A los 30 años tuvo una enfermedad que le provocó severas alucinaciones el día de año nuevo. Durante aquella enfermedad, Wowoca dijo que Dios había hablado directamente con él para decirle que los indios estaban destinados a dominar la Tierra y que los búfalos regresarían a las campiñas. Sin embargo, para ello todos los nativos debían bailar una danza solemne. Según Wowoca, tras el baile los espíritus de sus antepasados entrarían en sus cuerpos y les harían inmortales a las balas», destaca la experta.
Varios indios bailan la «Danza de los espíritus»- Wikimedia

Los sioux (la mayoría ubicados en la reserva de Standing Rock –Dakota del Sur-) fueron añadiendo a esta religión un toque más bélico con el paso de los años. Uno de los más drásticos fue el instaurado en los años 80, pues por entonces esta tribu afirmaba que los bailarines tenían que comprometerse aasesinar a los blancos para que los antepasados entraran en sus cuerpos. Con todo, esta variación no fue la más sanguinaria. «En aquella reserva había también un jefe llamado Alce Moteado que le añadió otras particularidades a la danza. Una de ellas era que las viudas debían morir bailando para que los espíritus de sus maridos volvieran a la vida y luchasen por su pueblo», determina Oliver. Todas estas creencias no tardaron en llegar a los oídos del Ejército de los Estados Unidos, que decidió hacer válida aquella frase tan repetida por entonces de «el único indio bueno es el indio muerto» atrapando al líder de la reserva para dar ejemplo. Este no era otro que Toro Sentado, famoso por su arrojo y por ser uno de los compañeros de Caballo Loco.

El 15 de diciembre de 1890, el ejército se dispuso a arrestar a Caballo Loco dentro de la reserva para, posteriormente, interrogarle en dependencias militares. «Esta misión corrió a cargo de una policía india nativaseleccionada de entre gente muy leal al gobierno. Los encargados fueron 43 agentes indios que, seguidos a cierta distancia de un destacamento de soldados, llegaron a la choza de Toro Sentado y le pidieron que se entregase», destaca Oliver. Sabedor de que poco podía hacer ante los agentes, el líder (de unos 60 años y con pocas ganas de iniciar una revuelta) se entregó. Sin embargo, cuando el destacamento salió de la cabaña del nativo, se dio de bruces con una turba formada por siouxs dispuestos a enfrentarse con ellos para evitar la marcha de su jefe. «Cuando Atrapa al Oso, uno de los indios alborotados, hirió a un policía, un agente disparó a Toro Sentado en la cabeza. Entonces se inició un combate que se cobró la vida de ocho indios y otros tantos militares», destaca la experta.
La huida de Alce Moteado

Cuando las barbas de tu vecino veas cortar… Todos conocemos el dicho. Y es seguro que el jefe Alce Moteado (apodado Bigfoot o Pie Grande) también pues –a la vista de que el gran guerrero Toro Sentado había fallecido de aquella cruel forma- decidió reunir a sus seguidores y poner sus pies descalzos en polvorosa el 15 de diciembre de 1890. Su objetivo, así como el de los aproximadamente 400 nativos que partieron con él (la gran mayoría mujeres y niños pequeños), era llegar hasta la reserva de Pine Ridge para ponerse bajo la protección de Nube Roja. Este era otro de los grandes guerreros indios que, entre 1866 y 1868, había presentado batalla (y vencido en varias ocasiones, todo sea dicho) al ejército de los Estados Unidos enWyoming y Montana. Pero esta era una huida que el Séptimo de Caballería no estaba dispuesto a tolerar. Así pues, horas después de conocer la noticia una unidad de este regimiento partió para interceptarlos.

James Forsuth- Wikimedia

«Tras tres días de marcha [el 28 de diciembre] los soldados encontraron a esa partida de indios», explica el historiador y periodista Jesús Hernández en su obra «Las 50 masacres de la historia». Los perseguidores no eran más que un destacamento de jinetes dirigido por el Mayor Whitside, pero con eso bastó para asustar a los indefensos nativos y obligarles a ser escoltados hacia una posición ubicada cerca del río Wounded Knee. Una vez en la zona se les ordenó que acampasen y que preparasen sus armas, pues deberían entregarlas al día siguiente. Tras ello, y según les dijeron, serían llevados hasta un tren que los deportaría a Oklahoma, en Nebraska. «Esa misma noche llegó el coronel James Forsyth con el resto del Séptimo de Caballería e instaló cuatro cañones ametralladores en las cercanías», explica Oliver. El 29 de diciembre de 1890, en una mañana fría repleta de nieve, los soldados se dispusieron a desarmar a los nativos. Una turba que, aunque podía parecer peligrosa, apenas contaba con hombres armados.

Una cruel masacre

Con los esperados refuerzos cubriéndoles las espaldas (así como las cuatro ametralladoras pesadas) el Séptimo Regimiento de Caballería entró el 29 de diciembre en el campamento temporal que los indios habían levantado en Wounded Knee. Tras los pertinentes saludos (más ceremoniales que por respeto) los soldados solicitaron a los nativos que entregasen cualquier arma que tuvieran en su poder. Los tensos indígenas accedieron... ofreciendo a aquellos «hombres blancos» apenas 38 fusiles. Un número irrisorio para defender una muchedumbre como la que allí se reunía. El truco no surtió efecto. Al instante, los militares se adentraron en lo más profundo del recinto y, espadas y pistolas en ristre, se dispusieron a buscar entre las pertenencias de aquellas personas cualquier utensilio que pudiese ser usado en su contra. Sus sospechas se materializaron enseguida al descubrir todo tipo de hachas,escopetas y filos entre sus aperos y dentro de sus cabañas. La situación se ponía peliaguda por momentos.

Fue en ese instante de tensión cuando saltó finalmente la chispa que detonó el barril de pólvora (esto es, la paciencia de los militares). «Se cuenta que, durante el registro, un indio sordo llamado Coyote Negro comenzó a forcejear con un militar para que no le quitase su rifle debido a que era una auténtica reliquia de familia. En ese forcejeo, al parecer, el rifle se disparó», explica Oliver. Como era de esperar, el tiro acabó con la paciencia de los soldados, que se pusieron en guardia, desenfundaron e iniciaron un tiroteo en el que las ametralladoras del Séptimo de Caballería dieron buena cuenta de una gran cantidad de mujeres, niños de todas las edades (incluso recién nacidos) y, en último término, hombres. Por su parte, algunos nativos devolvieron las balas, aunque en una cantidad irrisoria. No hubo tregua ni se atisbó bondad. La caballería modélica de Norteamérica no se apiadó de los indefensos presentes.
Los soldados, junto a las ametralladoras usadas en la matanza- Wikimedia

Cuando cesó el fuego y se disipó el humo de los disparos la situación era dantesca. Así la describió posteriormente el jefe Caballo Americano: «Había una mujer con un bebé en sus brazos que fue asesinado. Una madre fue derribada con su bebé; el niño sin saber que su madre estaba muerta trataba de llamarla. Las mujeres que huían con sus bebés murieron juntas. Dispararon a través de la mayoría de ellas. Posteriormente los soldados gritaron que todos los que no estuvieran muertos se presentasen ante ellos y que estarían a salvo. Muchos niños pequeños salieron de sus lugares de refugio y, tan pronto como llegaron hasta los soldados, fueron masacrados allí mismo». El jefe Pie Grande tampoco salvó la vida. Fue asesinado en su tienda mientras se recuperaba de un pulmonía que le había postrado durante todo el viaje.

Aunque las cifras varían, Oliver es partidaria de que aquella jornada fallecieron 90 indios, así como 200 mujeres y niños. 51 quedaron, a su vez, gravemente heridos. En cuanto a los soldados, dejaron este mundo 25 y 39 fueron heridos. La mayoría, curiosamente, por el fuego de sus propios camaradas desde retaguardia. La situación se agravó con la llegada de la noche. «Aquella noche, una tormenta de nieve cubrió la pradera y muchos de los indios heridos que todavía yacían en el suelo murieron en la oscuridad a consecuencia del frío», explica, en este caso, Hernández. El Séptimo de Caballería, por su parte, custodió a todos los supervivientes que pudiesen andar hasta Pine Ridge, a donde llegaron horas después con 4 hombres y 47 mujeresy niños. Todos ellos, dañados de una forma u otra. Según se cuenta, cuando los nativos fueron atendidos en la iglesia, pudieron leer un irónico letrero con la siguiente leyenda: «Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad».
Fosas excavadas en el lugar de la masacre- Wikimedia

En los días posteriores, después de que un temporal atacase la zona, la prensa logró acceder a Wounded Knee y ver con sus propios ojos cientos de cadáveres todavía sin enterrar. Y es que, aunque el Séptimo de Caballería había intentado ocultar las pruebas de lo sucedido, sus unidades de «limpieza» todavía no habían podido acceder a la región. No se pudo hacer nada para evitar que se fotografiasen los cuerpos congelados por el frío invernal. Sin saber como actuar, el Ministerio de la Guerra norteamericano decidió afirmar que el ejército se había limitado a responder con las armas a un levantamiento militar sioux. «Aunque en principio se acusó a James Forsyth de actuar con “ciega estupidez y conducta criminal” y se le destituyó, finalmente el Gobierno presentó la matanza como un levantamiento y una batalla épica. No solo eso, sino que se le concedió la medalla de honor a los soldados que más indios mataron aquel día»