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miércoles, 24 de mayo de 2017

Venezuela: Érase un mito petrolero de la izquierda







Tardíamente, a partir de mediados de la década de los cuarenta del XX, el petróleo se convirtió en un tema político fundamental y, más tarde, en un issue electoral, por encima de la producción agropecuaria y de todas las vicisitudes rurales de la Venezuela de entonces. Es con la promoción generacional de 1928 que las inquietudes del liderazgo le conceden la debida y ya irresistible importancia al asunto, ciertamente vinculado al desarrollo de un discurso leninista que clamaba a los cielos por el tétrico papel de las inversiones extranjeras.

Finalizada la dictadura de Pérez Jiménez, vista la experiencia del llamado Trienio Adeco, la materia es definitivamente insoslayable y, obedeciendo un poco al esquema de uso corriente, un sector de derecha favorece la ampliación de las concesiones petroleras y un sector de izquierda la más completa estatización de la industria, mientras se abre paso el liderazgo de centro que sostendrá las concesiones otorgadas por alrededor de quince años más e, iniciativa OPEP por delante, materializará con sentido realista la nacionalización que Juan Pablo Pérez Alfonzo tildará de “chucuta” por el reconocimiento legal de las empresas mixtas.

Precisamente, el meritorísimo ministro de Minas e Hidrocarburos de Betancourt II, se resistió a la nacionalización, como expresamente lo señaló para El Nacional de Caracas, en su edición del 12/11/1963. Frente a una muy relativa comprensión de la dirigencia del MIR, antiguos compañeros de AD que de un modo u otro conocían las posturas de Pérez Alfonzo, no poca tinta le abonaron los dirigentes del PCV, contrariándolo, sumadas las plumas de Rodolfo Quintero y Salvador de La Plaza.

Ya para finales de la década de los sesenta, con el beneplácito de Domingo Alberto Rangel que regresaba del exilio a su cátedra universitaria y a las columnas febriles de opinión, más que a las lides partidistas, el ex – ministro recobró las simpatías de la izquierda leninista por sus posturas adversas a los llamados Contratos de Servicio. En adelante, el otrora denostado Pérez Alfonzo comenzó a trillar el mito en el que lo convirtió esa izquierda, definitivo al nacionalizarse el petróleo en los setenta.

Por supuesto, la etapa de discusión sobre el destino de la industria petrolera por entonces, supuso la emergencia y valoración extraordinaria de los especialistas políticos del petróleo, fueren del ámbito público o del privado, con la justificada notoriedad alcanzada en los medios de comunicación por sus posiciones sobrias, informadas y bien asesoradas. Claro está, surgió otra corriente inevitable, la de los expertos pontificadores que son los que, a nuestro juicio, encuadran muy bien en la irónica definición ensayada en si mini-diccionario por Gustavo Coronel: “Venezolano que ha escrito tres o más artículos sobre petróleo en un diario capitalino (o cinco o más artículos en un diario de provincia). Hay expertos petroleros en el sector político, en el sector universitario, en el sector eclesiástico (somos asiduos lectores de las declaraciones sobre petróleo de Monseñor Mariano José Parra León), en el sector sindical, ocasionalmente hasta en el sector petrolero. Un famoso escritor ruso se quejaba de que cuando a la gente se le preguntaba si tocaba el violín, respondían afirmativamente o negativamente según fuera el caso pero al preguntársele si eran escritores, contestaban: ‘no sé, nunca he tratado’. Lo mismo sucede con el petróleo en Venezuela. Quien no es experto petrolero aquí es porque nunca ha tratado” (Resumen, Caracas, nr. 116 del 25/01/76).

La definitiva consagración de Pérez Alfonzo, trastocado en un personaje de culto, se verá con la acerba y fundada crítica al V Plan de la Nación de Pérez I. Ya no será la pericia petrolera que lo empinará en la estima de la población avisada, sino la prédica moral en torno a lo que llamó con acierto el Plan de Destrucción Nacional, denunciando el Efecto Venezuela, la indigestión económica y el despilfarro. Y, a pesar de los irrompibles lazos afectivos e ideológicos con su dirigencia histórica, responsabilizará a la AD perecista de tamaña argucia que el tiempo desgraciadamente corroboró.

Esa izquierda leninista más que marxista, o borbónica de acuerdo a la acuñación de Petkoff, la cual celebraba sus ruedas de prensa en la casa de habitación de Los Chorros, se apresuraba a entrevistarlo para intentar el parto bibliográfico correspondiente o lo halagaba ad nauseam en la Sala “E” de la UCV, recinto sagrado de la autonomía de sus privilegios, se metió de lleno en la etapa de la bonanza petrolera y, poco a poco, fue dejando de lado a Juan Pablo Pérez Alfonzo. Y, alcanzado impensablemente el poder, inaugurándose el siglo XXI, ha reeditado sus viejas obras, mostrando las anacrónicas perspectivas que aún cultivan, pero muy bien resguardado de manera tal que no las interpele. Sin embargo, inexorablemente, cuando las agitadas aguas del momento calmen, no podrá escaparse del juicio que merece el uso y abuso que hicieron del predicador que, por cierto, luego, privilegió su atención respecto a los problemas suscitados por el crecimiento poblacional.

Además, ilustrando el esfuerzo de apropiación del discurso de Pérez Alfonzo entre la izquierda y la derecha, lució históricamente más productivo en ésta, dejando constancia de sus inquietudes, que la manipulación circunstancial de aquélla. Las notas publicadas por el experto petrolero en la revista Resumen, edición ya citada, conduce a un eficaz interrogatorio de los propulsores del tal socialismo del siglo XXI.

Intentando una síntesis de sus planteamientos, llama la atención sobre el fenómeno planificador en nuestro país que se hizo más serio y mejor intencionado con el Trienio, señalando algunos problemas posteriores. Por supuesto, nunca supo de las tareas emprendidas por Jorge Giordani que culminaron en el inconstitucional Plan de la Patria, faltando poco, sancionado en el pasado período legislativo como una ley, sin serla.

Realiza un inventario de nuestras degradaciones (desnutrición, mortalidad, desigualdad, retardo mental, déficit de viviendas, calamidad sanitaria, etc.). No imaginamos, de vivir todavía, el asombro y la indignación que experimentaría al constatar una real, objetiva e irrefutable crisis humanitaria en la Venezuela de estos días que cursan, añadido un superlativamente desbocado gasto corriente al amparo de un déficit fiscal gigantesco, con inflación de cuatro dígitos de prohibida publicación oficial, como cualesquiera estadísticas en los más variados ámbitos.

Hoy, no hubiere logrado difundir su mensaje sin riesgo de la persecución y asfixia de los medios que se atreviesen y, menos, divulgar su propia dirección residencial para gozo del hampa organizada. Poco importaría su edad al asistir a alguna marcha de protesta, siendo – apenas – el gaseo tóxico sería un detalle.

El escándalo sabría de la garganta de Pérez Alfonzo al comprobar la quiebra de PDVSA y la burla que el gobierno ha hecho del informe presentado por el diputado Freddy Guevara sobre la gestión de Rafael Ramírez, augusto embajador en Nueva York que dedica sus horas a rubricar sendas misivas a sus camaradas en Venezuela. Completaría muy bien su sentencia, buscándole alguna dignidad al Plan de la Patria: “Es la arruinadora historia de los empréstitos nacionales, siempre presentados como extraordinarios planes de desarrollo”.

Peor todavía de conocer las cifras colosales de los ingresos petroleros de casi dos décadas, y las no menos colosales del endeudamiento sistemático, incontrolado y pertinaz de un gobierno – el mismo de todos estos años – que decretó el control de cambio para los pendejos, abultando confesamente una fuga delictiva de capitales que todavía sorprende al mundo, por no citar otras incursiones harto sospechosas. Basta con leer al Pérez Alfonzo de esos años tan glorificado, el mismo que afirmaba que “somos negligentes, inestables y contradictorios”, para conocer la dimensión inmoral de quienes lo exaltaron, añadidos sus herederos ahora en el poder: éstos lo someterían a un tribunal popular, como el de un tal Cansino que quiso diez o más años atrás competir con los círculos bolivarianos, condenándolo como un mito de la derecha, un renegado, un colaboracionista con el imperialismo petrolero del que supieron zafarse a tiempo.

@SosolaGuido