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miércoles, 14 de junio de 2017

Hernán Cortés logró escapar mediante un curioso tratado de una flota que uno de sus grandes enemigos (Diego Velázquez) envió para capturarle a la mismísima América.

El pacto secreto con el que Hernán Cortés evitó ser asesinado por sus propios amigos en América.

A pesar de que las armas han sido determinantes a lo largo de la Historia, los tratados también han salvado situaciones límite. El conquistador español fue uno de los que logró salvar la vida gracias a ellos.


Hernán Cortés- Wikimedia

Mediante los fusiles y los carros de combate los aliados llegaron a las puertas de Berlín y derrumbaron el cruel régimen de Adolf Hitler. También fue la muerte de miles de personas tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki lo que llevó a los japoneses a rendirse ante los americanos. Visto de esta forma, podría decirse que la guerra es el camino seguro hacia la paz.

Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, a lo largo de la Historia ha habido un número incontable de ocasiones en las que los tratados políticos han logrado salvar una situación desesperada destinada a acabar en desastre. En base a ello, y aprovechando el momento convulso que vivimos en lo que a la formación de Gobierno se refiere, hemos retrocedido en el tiempo hasta el siglo XVI para narrar cómo Hernán Cortés logró escapar mediante un curioso tratado de una flota que uno de sus grandes enemigos (Diego Velázquez) envió para capturarle a la mismísima América.

Comienza la expedición

La colonización de América fue una de las épocas en las que más pactos se produjeron. Ya fuera entre las tropas de la corona y los nativos, o entre los mismos colonos. Con todo, hubo uno que destacó por encima del resto y que se sucedió en el siglo XVI: el que llevó a cabo el popular conquistador Hernán Cortés para evitar que una expedición formada por españoles le llevase hasta Cuba (no sabemos si vivo o muerto) e impidiese que continuara sus correrías a través del Imperio Azteca.

Esta curiosa situación empezó a fraguarse en el año 1518 cuando Hernán Cortés (un terrateniente de medio pelo venido a más gracias a sus contactos políticos) fue puesto al mando de una gigantesca armada por orden del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, emparentado con él. ¿Su objetivo? Llegar con ella hasta el actual México y conquistar la región en nombre de Su Majestad, Carlos I de España (y V de Alemania).

El español comenzaba a lo grande sus andanzas en las Américas. No obstante, el buen porvenir que auguraba se le torció cuando recibió noticias de que su valedor no se fiaba ni una pluma del sombrero de él y que había decidido arrebatarle el mando de la expedición (formada, por cierto, por 11 navíos -sumamente difíciles de conseguir por entonces- y unos 600 hombres). Hernán podía hacer dos cosas: mandar todos sus sueños al infierno, o seguir adelante y desobedecer a Velázquez.

Hizo lo segundo y, con más entrepierna que cabeza, aceleró su marcha. «El día 10 de febrero del año 1519 salió Hernán Cortes de la Habana con 11 buques. […] Dirijiéronse a la isla de Cozumel, donde llegaron felizmente: desembarcaron, y Cortés pasó revista general de sus fuerzas», explica Gil Gelpi y Ferro en su obra «Estudio sobre la América».
Entrada de Cortés en Tabasco- Wikimedia

Al conquistador no le fue mal, pues con aquellos soldados logró derrotar a los nativos en varias regiones como Tabasco y fundar multitud de ciudades por la zona. Con todo, si con algo se le abrieron los ojos como platos, fue con las riquezas que -según le dijeron- había tierra adentro. Más concretamente en las regiones más profundas del Imperio Azteca. «Exploradores en la Península del Yucatán regresaron con información de grandes riquezas. Habían oído cuentos de ciudades llenas de oro», señalan los autores Calvin A. Roberts y Susan A. Roberts en su obra «A history of New México».
Una traición detenida

Arcabuzazo aquí, espadazo allá, Cortés llegó a la capital del Imperio Azteca, Tenochtitlán. Y, curiosamente, la tomó con el beneplácito del emperador Moctezuma, quien vio en aquellos barbudos embutidos en metal a los mismos enviados de los dioses. La vida no podía ir mejor para el conquistador pero, para su mala suerte, un antiguo enemigo llegó de nuevo para morderle el trasero. El contrario no fue otro que Velázquez quien, harto de ver los éxitos del conquistador, decidió acabar con él por las bravas.

«La venganza no tiene precio. Herido por el éxito de Cortés, Velázquez, ahora amo absoluto de Cuba, monta una expedición gigantesca: 18 navíos, novecientos hombres, ochenta caballos, noventa ballestas, setenta escopetas y unas veinte piezas de artillería. Velázquez se juega el todo por el todo. Moviliza toda su fortuna y todos los recursos humanos de Cuba. Si se lanza en esta operación es por puro despecho», destaca el historiador francés Christian Duverger en su obra «Hernán Cortés, más allá de la leyenda». Al mando de la armada se puso a Pánfilo de Narváez.

El aproximadamente millar de combatientes al mando de Narváez llegó a México a principios de mayo con la idea en la mente de acabar de una vez con las pretensiones de Cortés y, a su vez, con sus conquistas y el favor que este se estaba ganando de Carlos I.
Pánfilo de Narváez- E. Británica

El español, por su parte, puso a trabajar su mente y (sabedor de que su pequeño contingente no podía enfrentarse a aquel gigantesco grupo que acudía en su busca) decidió apostar por un pacto político secreto. Pero no con el militar al mando del ejército o con Velázquez... sino con los oficiales y combatientes de la misma expedición. Hombres que, en muchos casos, conocía previamente y eran amigos suyos.

«Cortés conocía personalmente a casi todos los miembros de la armada, por lo que les hizo llegar, por vías muy discretas, cartas donde les propuso que se unieran a sus tropas. Sacó a relucir su propia legitimidad, conseguida por su presencia en México-Tenochtitlan y, por supuesto, los grandes beneficios ulteriores. […] Cortés logró garantizar la complicidad de casi toda la tropa de Narváez. Los recuerdos de la amistad, el oro distribuido por aquí y por allá en manos ávidas y el aura personal de Cortés jugaron su papel», explica el historiador galo. Al final, Narváez -y por ende, Velázquez- fueron derrotados. Cortés logró, en definitiva, hacer política.
Al asalto

Cortés podría haberse detenido en este punto, pero prefirió ponerle arrestos y terminar por las bravas con sus enemigos, ahora debilitados. Para ello, el 28 de mayo de ese mismo año organizó un ataque sobre el campamento enemigo, ubicado en Cempoala (Veracruz). El conquistador dividió a sus hombres en cuatro grupos y, tras dar la señal de ataque, cargó espada en mano contra el grupo de Pánfilo de Narváez, que recibió el apoyo de los nativos.

«El joven Gonzalo de Sandoval, el compañero de Medellín, logró capturar a Narváez, que se refugió en la cúspide del gran templo. El hombre de Velázquez y algunos de sus adjuntos fueron llevados a prisión en Veracruz», añade el autor galo en su obra.
Hernán Cortés- Wikimedia

Nuestro hombre perdonó a los nativos por aquella traición y, para terminar de redondear la situación, ordenó a todos los supervivientes unirse a él a punta de espada. Así fue como, sin haberlo previsto, Cortés se encontró con unos inesperados (y deseados) refuerzos.

El conquistador tampoco tuvo problemas a la hora de aprovechar la flamante armada de Narváez. «Esta vez, los navíos no fueron hundidos sino desarmados. Cortés hizo retirar las velas, los timones y los instrumentos de navegación. […] El capitán general, afianzado en su proyecto de colonización, envió dos navíos —dos de los barcos de Narváez— a Jamaica para comprar ganado vivo con la perspectiva de empezar la cría de ganado en México», finaliza el experto.