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miércoles, 14 de junio de 2017

La guerras del agua, año 2060

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La selva despedía, un olor a humedad rancia, los mosquitos zumbaban por todas partes y el calor les recalentaba el cerebro. Al arribar los hombres rezagados, el oficial  comenzó la tarea de abrir camino entre la maleza usando un incinerador lazer sostenido  en su hombro  izquierdo y con el brazo libre se protegía de la maraña de cortantes hojas al frente. Chapoteaban a través de la espesa selva, donde la luz del sol era una rareza. Raíces cubiertas de hongos y musgos, muy resbaladizas, hacían dificultoso el transitar y fijar las pisadas. A cada rato, alguno se abría de piernas, al pisar las sutiles trampas del bosque primitivo. Por la espina dorsal del oficial se desplazó, a manera de corriente helada, un lacerante presentimiento de peligro. Los mosquitos trataban de picar cada centímetro del uniforme aislante del exterior. Los sonidos de la jungla cesaron ante la presencia humana, era un silencio agorero, de malas cosas por venir.

La selva se erguía intocada, el último bastión verde que quedaba en la tierra, disputado por los distintos pueblos escasos del vital líquido. Infinidad de inquietos arroyuelos convertidos en manglares en invierno, hacían imposible el transitar por ella. Algunos caminos cubiertos de musgo y años de acumulada materia en descomposición, permitían caminar por el recinto misterioso, pero a altos costos, en cuestión de consumo de energía corporal. Las leyendas urbanas difundidas de boca en boca, hablaban de invisibles enemigos y de la imposibilidad de volver a salir de la selva si se ingresaba en ella.

Los olores fétidos de aguas en descomposición, llegaban al olfato del oficial y se asentaban en su cerebro. Era el olor del infierno. A esto se le sumaba el peligro de la existencia de una trampa “cazabobos” sembrada en el área por el enemigo. Las más usadas eran las construidas con bombas de micrometrallas, invisibles a los rayos X y las micro atómicas, ambas apocalíticas para las tropas a  mil metros a la redonda. La ignición se activaba al interrumpir el rayo láser que cruzaba el camino hacia un receptor casi invisible, por su tamaño colocado al otro lado del sendero. El rayo de luz quedaba tendido a la altura de los tobillos. El caminante desprevenido, lo interrumpía, activaba la trampa y a continuación se desataba el infierno.

El sudor se escurría sobre todo su cuerpo, el portamanos del láser se tornaba resbaladizo. Lo abrazaba con fuerza. El dedo índice derecho listo para activar el botón de disparo de los mortiferos rayos, capaces de partir una persona por la mitad, en su mínima intensidad, porque en máxima vaporiza la víctima, ante la mínima alerta.

Una sombra pasó rauda por entre los árboles; los ojos y el punto de mira eléctronico del arma se alineó en la dirección. Empezaba a oscurecer. El silencio era una forma de certificar la proximidad de una tormenta. Sin previo aviso, las gotas de agua caían sobre su humanidad. El camuflado, que los hacía invisibles a la frecuencia cromática de otro humano, dejaba resbalar el agua, sin permitir que una sola gota tocara la piel de los militares que recibían el chaparrón.

Del sentir la lluvia sobre su "burbuja" impermeable, pasó a experimentar un intenso pitido en los oídos. Un gran destello miniatómico había ocurrido muy cerca. Un soldado de su patrulla interrumpió la luz laser que cruzaba el camino. Parecía el fin del mundo y de hecho lo fue para la patrulla. Esta salió despedida en fracciones microscópicas por los aires, sobre los más alejados del sitio se precipitó un aguacero de tierra, cascajo, hojas, trozos de madera puntiagudos y además pequeñísimos fragmentos de carne humana.

—¡Mina nanoatómica! —Se dijo para sí el oficial como último resquicio de pensamiento, fracción de segundo antes de entrar en la oscuridad al vaporizarse.

El cielo continuó oscureciéndose, un trueno a lo lejos retumbó en los oídos del hombre que presenciaba el espectáculo fuera del circulo de efecto de la destructiva arma. La naturaleza se fundió con la oscuridad, pero antes de quedar ciego vio las ramas de los árboles volar a lo lejos y el ruido sordo y amenazante se fue disipando hasta dejarse de oír.

El viento huracanado de la explosión pasó sobre las copas de los árboles, estos últimos inclinados y extendiendo los brazos junto con las ondas expansivas de la avanzada mina atómica. No hubo más atardecer, el sol no iluminó más el camino. Los orgullosos árboles desaparecieron impulsados por el huracán de fuego. Antes de perder la visión, contempló una niebla verde levantándose del suelo milenario de la selva.

El soldado a dos kilómetros del centro de la miniexplosión atómica no se atrevía a abrir los ojos. Temía no estar donde lo sorprendió la deflagración. Hizo un intento sobrehumano por derrotar el miedo y decidió al fin mirar alrededor. Lo enmarcaba la niebla espesa apreciada por su oficial antes de desaparecer, quería decir esto que estaba aún vivo. Sintió un estremecimiento, no de frío sino de inquietud al hallarse solo en la selva. Una espiral de pensamientos llegaba a su cerebro. Las imágenes eran las del desastre. Fuertes retorcijones atacaban su bajo vientre. Nadaba en el agua donde el enemigo actuaba. Flotaba con las piernas entumecidas, trazaba caminos en el barro diluido por la lluvia tras alguien inexistente.

Por Luis Tejada Yepes
Viajero del tiempo.