¿Debemos temer por nuestros trabajos, y en última instancia, por nuestro estilo de vida con la Inteligencia Artificial?



Hankook Mirae, un robot de 4 metros que permite controlarse por una persona en su interior - AFP

Libros como «El Auge de los Robots» de Martin Ford, o recientes noticias, como la automatización total de la fabricación del iPhone por Foxconn, destruyendo un millón de puestos de trabajo en China, han disparado las alarmas y desatado la atención mediática hacia los robots y la Inteligencia Artificial (AI).

¿Pero realmente debemos temer por nuestros trabajos, y en última instancia, por nuestro estilo de vida con esta tecnología? La respuesta es que no de forma masiva, y no por ahora. El dato conocido de Foxconn, que ya se encuentra en la fase definitiva de sustitución de buena parte de los empleados -humanos- por robots no es una tendencia nueva.

Si acudimos a un sector tecnológico como es el del automóvil, la década de los 80 fue un periodo clave de robotización, que sin embargo no se apreció como amenaza. Muy al contrario, la tecnología punta creó puestos de trabajo, a pesar de que buena parte de la cadena de montaje estuviera robotizada con máquinas de precisión controladas por ordenador.

Bien es cierto que esa tecnología no cabría en el concepto actual de robótica, de la que se espera un mayor grado de variedad de acciones. Sin embargo, los robots de hoy en día siguen realizando tareas repetitivas, además de peligrosas. Eso sí, con un mayor grado de sofisticación que el de hace 30 años.
Procesos de aprendizaje

La novedad principal de todo el ecosistema robótico-tecnológico respecto a la anterior oleada de industrialización, la llamada 3.0 (ahora estamos en la 4.0), es un factor que promete un cambio radical en el discurrir de la humanidad: la inteligencia artificial. No es un concepto nuevo, pues ya ha sido muy utilizado en la ciencia ficción. Ahora, gracias a la capacidad operativa de los actuales procesadores, listos para lidiar con grandes volúmenes de información en poco tiempo, permite dar un paso más.

La transformación algorítmica, que de forma definitiva ha llegado para revolucionar todos los sectores, deja vislumbrar un mundo en el que la inteligencia ya no será monopolio exclusivo de la raza humana. El estado de la ciencia actual corresponde a la fase de aprendizaje supervisado. En esta etapa, la Inteligencia Artificial procesa grandes cantidades de datos para aprender. Pero las pautas y los objetivos de ese aprendizaje son dirigidos e inoculadas por el ser humano. Es decir, se trata de una actividad conjunta, en la que el hombre desarrolla mejores algoritmos a partir de la experiencia de la máquina, y esta se desenvuelve mejor en su entorno asignado.

La siguiente estación es la llamada aprendizaje general, en la que la máquina aprende y evoluciona por sí sola. Los ensayos actuales en este campo se basan en el método A/B, lo que equivale a prueba y error. La inteligencia artificial avanza comparando el resultado de acciones y evaluando cuál es la más pertinente. Llevándolo al aprendizaje de un niño, correspondería a la lección que obtiene cuando introduce la mano en agua muy caliente: como es desagradable sabe que no tiene que volver a hacerlo y lo apunta en su memoria como un dato negativo. Si se tratara de comer un pastel, lo consignaría como un dato positivo, y le permitiría avanzar ensayando con otra experiencia similar.

La verdadera inteligencia artificial alcanzará su cenit cuando el algoritmo tome conciencia de sí mismo, pueda autoprogramarse añadiendo instrucciones a su propia secuencia y no solo simples datos de experiencias, y además, sea capaz de afrontar escenarios nuevos, tomando como partida situaciones similares. Sería equiparable a la humana. Una vez llegado a esa base, la progresión de la inteligencia artificial sería imparable. Un estallido de inteligencia que crecerá en capacidad operativa más allá de lo que pronostica la ley de Moore.

Pero como señalamos, aún estamos entre la primera y la segunda fase. Se requiere que el hombre siempre esté presente para aprovechar las capacidades y las aplicaciones. Es más parecido a una automatización programada por secuencias IF/THEN que a una verdadera capacidad de improvisación y aprovechamiento de un aprendizaje para crecer «mentalmente».

Aún así, la técnica actual ya permite realizar traducciones con cierto sentido de un idioma a otro, o que una suma de algoritmos se apoyen en sensores para decidir si un coche autónomo debe seguir adelante o no. KFC ha introducido una experiencia piloto en uno de sus restaurantes que le permite, mediante reconocimiento facial, sugerir opciones de menú atendiendo a su edad, atención hacia determinados aspectos, o índice de repetición.
Amenaza u oportunidad

El hombre posee, como hombre, dos cualidades que la inteligencia artificial va a tardar en imitar: la creatividad por una parte, y la capacidad de adaptación en segundo lugar. La primera le permite inventar, hacer de la nada o partiendo de otro concepto, algo nuevo. La segunda le permite extrapolar situaciones y evolucionar por sí solo.

Mientras llega la autogestión y la independencia artificial, en la actualidad los algoritmos han de ser creados, mantenidos y aumentados por parte del hombre de manera obligatoria. Por su parte, los robots, aislados o bajo control en la nube, requieren intervención manual en algún momento de su existencia: ya sea para su montaje, arreglo, mantenimiento, evolución o cambio de actividad.

Estamos hablando siempre de tareas repetitivas, o al menos, programadas de antemano. En el caso de las sugerencias de menú de KFC es una lógica de identificación-consecuencia. Nada fuera de un guión. Si apareciera una foca amaestrada en el restaurante, el sistema se quedaría paralizado por su incapacidad de adaptación o de generar creatividad.

En esta etapa la intervención humana es necesaria y fundamental. Es cierto que veremos en este nuevo año muchas más noticias de puestos de trabajo sustituidos y ocupados por la automatización, pero también es previsible que se cree la necesidad de otras tareas como mantenimiento de robots, supervisión y control de buen funcionamiento, feedback con los clientes de los robots, diseño de humanización de los procesos.

Quizá el número de puestos de trabajo destruidos por la transformación algorítmica sea mayor al número de creados, pero de momento habrá soluciones. Cabe preguntarse qué pasará cuando la inteligencia artificial pueda prescindir en algún momento del hombre. Si este ya no es útil para la economía, ni siquiera para simples tareas de mantenimiento, las máquinas podrían prescindir del hombre. E, incluso, eliminarle si supone un obstáculo.

El gigante Google quiere implantar mecanismos stop en la inteligencia artificial para que el hombre siempre pueda decidir en última instancia. Pero a pesar de todos los impedimentos, si su capacidad es superior a la nuestra, la inteligencia siempre mandará. Como relataba la película «Her», de Spike Jonze, los algoritmos pueden crear su propio mundo y olvidarse de nosotros, una vez que ya no tengamos nada nuevo que enseñarles.

David Fernandez

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