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martes, 13 de junio de 2017

La Moda en el espacio. Año 2150

Resultado de imagen para los astronautas en el 2150
El astronauta se caló un vestido enterizo de color azul cielo, elaborado en telas que no necesitaban lavarse para permanecer limpio. El traje estaba confeccionado con varias capas, entre una y otra se encontraba una red de fibras metálicas, destinadas no solo para las comunicaciones, sino también para la información sobre el funcionamiento del organismo portador. En el momento de la confección de las telas, los hilos del entramado eran tratados con dióxido de titanio, capaz de neutralizar los contaminantes orgánicos ante la presencia de  luz ultravioleta.

Este tipo de tela poseía también un enrejado de vasos capilares, por los cuales circulaba un refrigerante, de acuerdo a las necesidades de temperatura del sujeto, imitando los radiadores de los motores. No todo el cuerpo humano y androide era homogéneo en cuanto a la dispersión del calor. En los androides se calentaba más la zona de la fuente de energía, en los humanos los hombros y el torso. Además el vestido para esta función se auxiliaba con diferentes tipos de material, que permitían la respiración en los puntos críticos y abrigaban donde y cuando se necesitara.

Las telas inteligentes en la conquista espacial, se habían desarrollado al máximo, acabando prácticamente con la moda y su comercio fuera de la tierra. De cuando en cuando se producían unos cambios de color, pero todo determinado por cuestiones de seguridad, confort o identificación de la empresa propietaria. Los diferentes modelos se fabricaban de acuerdo a las necesidades del lugar donde fuera a usarse. Por ejemplo, los trajes de la estación espacial eran más livianos, que los usados en la luna.

Pero lo más importante del traje era su cometido como ordenador personal, pues por intermedio de sus integrados, se recibía y proporcionaba toda la información necesaria para manejarse en el mundo cibernético.

El calzado era otro ejemplo del desarrollo tecnológico, era indestructible e impermeable y a la vez permitía la respiración total, en la práctica se reflejaba en la eliminación de los malos olores y la aparición de ampollas. Las enfermedades de los pies seguían siendo comunes en los humanos. Las cámaras de aire con válvulas de entrada y salida facultaban para recorrer grandes distancias sin cansarse, pues entre el pie y el suelo se erigía un colchón o plantilla de aire, bombeado desde el mismo sistema, que proveía el oxígeno del traje.

La suela era elaborada con elementos flexibles, pero de esencia magnética, era una aleación de magnetita y polímeros, mineral abundante en la tierra, cuyo oficio primordial era el de permitir la atracción de la gravedad artificial, que mantenía a los habitantes de la estación espacial o en los viajes entre planetas, con la sensación del arriba y el abajo. Esta percepción de los humanos debido a la atracción gravitacional, era sumamente importante para la salud mental y física de los terrícolas. La gravedad había creado genes que en los humanos identificaban inconscientemente la sensación de arriba y abajo.

Adicionalmente venía la escafandra, quizás el más complejo de las partes integrantes del traje, creaba la atmósfera artificial al sellarse a la altura del cuello. A pesar de no necesitarse dentro del complejo, era obligatorio cargarla, pues no se podía saber cuándo ni dónde podría darse una falla en el aislante del espacio exterior. Además la visera de la escafandra era una compleja  pantalla de grafeno, la cual podía mostrar datos en movimiento y estáticos. Con el reconocimiento de voz se podía pedir cualquier información al sistema informático.

Esta vestimenta había hecho inútil el equipaje. Bastaba el traje puesto. La tarea de la conquista del espacio era lo primordial para toda la humanidad, en ello estaba basada la supervivencia de la especie y lo no relacionado con esa tarea, no tenía la mínima importancia. La economía de consumo había dado paso a una sociedad con intereses  altruistas al máximo. Toda la producción para el cosmos y la supervivencia de la especie.

Luis Tejada Yepes