El 35º Presidente de Estados Unidos tuvo que hacer frente a numerosos problemas de salud que podrían haber sido decisivos en su muerte

El corsé «homicida» que pudo haber acabado con la vida del enfermizo JFK

JFK y su mujer Jackie momentos antes del asesinato -

Si se hiciese un ranking acerca de los principales misterios que encierra la Historia, o a propósito de los más destacados «topics» que han hecho trabajar hasta la extenuación al imaginario colectivo durante el último medio siglo, en dicha lista no podría faltar jamás la muerte del 35º Presidente de los Estados Unidos: John Fitzgerald Kennedy.

El que fuera líder del mundo libre durante casi tres años estaba lejos de la imagen juvenil y saludable que se preocupó siempre de mostrar a la esfera pública, tanto durante su etapa de candidato allá por el año 1960 como durante el desempeño de sus funciones ejecutivas entre 1961 y 1963. El político católico sufría de varios achaques que pudieron estar íntimamente relacionados con su prematura muerte aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 en la ciudad de Dallas a manos (según la versión oficial) de Lee Harvey Oswald.

Efectivamente, la enérgica apariencia del popular político fue una de sus grandes bazas para lograr hacerse con el codiciado Despacho Oval (amén de otras muchas triquiñuelas electorales en las que él y su hermano Bobby eran consumados maestros) en uno de los periodos más inciertos de la breve historia del país norteamericano. Como prueba de esta afirmación está el memorable debate para la presidencia protagonizado por el joven aspirante y su rival: El republicano Richard Nixon.
El político católico sufría de varios achaques que pudieron estar íntimamente relacionados con su prematura muerte aquel fatídico 22 de noviembre de 1963Como señala el autor David Owen en su obra «In Sickness and in Power: Illness in Heads of Government During the Last 100 Years», durante la celebración del histórico evento televisivo «Kennedy se mostró muy en forma, relajado, bronceado y pletórico de energía en contraste con el aspecto de Nixon, demacrado, pálido y mal afeitado». En este caso, la apariencia física del experimentado vicepresidente de la administración del héroe de guerra, Ike Eisenhower, fue uno de sus principales hándicaps en su carrera por el cargo.


Debilidades y drogas

A pesar de la imagen impecable del político de ascendencia irlandesa (y dejando a un lado sus devaneos sexuales) no era oro todo lo que relucía. En el año 1947 le fue diagnosticada la enfermedad de Addison la cual, entre otros síntomas, acarrea cansancio y debilidad.

En un momento tan delicado a nivel internacional en el que Estados Unidos tenía enfrente a la antagónica Unión Soviética de Krushev -y siempre con el temor a una confrontación directa que podría haber derivado en la «destrucción mutua asegurada»- la figura de un presidente con una enfermedad crónica como Kennedy hubiese implicado lanzar un mensaje explícito de flaqueza a nivel global. Algo que la ciudadanía estadounidense difícilmente hubiese comprado.

Con respecto a dicha dolencia, y como explica Theodore C. Sorensen en su libro «Kennedy: el hombre, el presidente» el difunto líder demócrata prefería hablar de «una parcial y suave insuficiencia renal» con el claro objetivo de enmascarar, en parte, los achaques propios de su aflicción.

La figura de un presidente con una enfermedad crónica como Kennedy hubiese implicado lanzar un mensaje explícito de flaquezaLos problemas de salud del presidente asesinado no acaban aquí; también sufría de asma, así como de la vista y del oído. Sin embargo, fueron sus males de espalda los que pudieron llevarle de forma irremediable a su trágico final. La lesión del político pudo deberse a la propia enfermedad de Adisson, a la práctica deportiva durante su etapa universitaria (jugó al fútbol en Harvard) y a su tiempo como voluntario en el Ejército de Estados Unidos a principios de los años 40. Debido a los dolores producto de su aflicción, el joven político se vio obligado a someterse a varias cirugías que bien podrían haberle costado la vida.

Fue en la Cumbre de Viena (1961) donde JFK se encontró en la situación de enfrentarse, con el hándicap de su enfermedad, a la todopoderosa Unión Soviética. El recién electo presidente llegaba a esta cita tras sufrir los varapalos propagandísticos más importantes de su carrera: La expedición espacial protagonizada por el cosmonauta ruso Yuri Gagarin y la fracasada invasión de Bahía Cochinos (Cuba). Ante este panorama y la perspectiva de encontrarse con el líder comunista Nikita Krushev; JFK no podía permitirse reflejar la más mínima sensación de debilidad.
El «achacoso» Kennedy junto a Krushev durante la Cumbre de Viena

Con este objetivo, como señala el autor David Reynolds, la médico de la casa blanca tuvo que administrarle varias inyecciones de procaína(sintético de la cocaína) en su delicada espalda. Al mismo tiempo se contó con la ayuda del especialista Max Jacobson -conocido como «Doctor Feelgood»- que hizo lo propio inyectándole anfetaminas. La finalidad era evitar que el líder estadounidense apareciese ante Krushev usando muletas. Dicha imagen, sumada a los acontecimientos anteriormente citados, hubiese supuesto un golpe a la imagen del dirigente occidental sumamente difícil de reparar.
El corsé y el segundo disparo

Fue también debido a su delicada espalda que el mediano de la estirpe se encontró en la obligación de llevar corsé para así reforzar la sujeción lumbar y lograr mantenerse rígido. El empleo del mismo supuso, en última instancia, una de las principales razones de la prematura muerte del ocupante del sillón presidencial.
La médico de la casa blanca tuvo que administrarle varias inyecciones de procaínaen su espalda. El especialista Max Jacobson hizo lo propio inyectándole anfetaminasCuando en la mañana del 22 de noviembre de 1963 el gentío se aglomeraba a lo largo de la calle Elmsituada en la texana localidad de Dallas, nadie imaginaba (a excepción de los ideólogos y perpetradores del magnicidio) lo que estaba a punto de ocurrir. El hombre que apenas un año antes había puesto de rodillas a la URSS y a Krushev durante la Crisis de los Misiles de 1962 -lanzando uno de los órdagos más memorables de la historia de la humanidad- estaba a punto de ser asesinado por el impacto de dos balas.
Según las teorías recogidas por no pocos autores -como es el caso del Doctor John K. Lattimer en su obra «Lincoln and Kennedy: Medical and Ballistic Comparisons of Their Assassinations»- cuando el (teórico) asesino Lee Harvey Oswald alcanzó con el primer disparo al popular presidente en el cuello, lo normal hubiese sido que éste hubiera caído sobre el regazo de su fiel esposa Jackie. Sin embargo, debido al uso del corsé el presidente se mantuvo erecto en su sitio, lo que provocó que se convirtiera en un blanco fácil para el segundo proyectil que le perforó el cráneo y acabó siendo fatal.

Fue así como el líder del mundo libre perdió finalmente la vida gracias, en parte, a los achaques físicos con los que se había visto obligado a lidiar durante toda su vida.
La «Llama Eterna» en el Cementerio de Arlington
El legado de un «enfermizo» gigante

A día de hoy, el que fue el 35º Presidente de Estados Unidos ha pasado a la historia de su país por la puerta grande. Como todo gran icono político de la Guerra Fría tuvo sus luces y sus sombras en un momento en que la agitación global era difícilmente descriptible.

A pesar de esto, podemos decir que Kennedy pasó a la memoria colectiva, a pesar de su corto gobierno, como el que probablemente fue el presidente más simbólico del joven paísdesde los tiempos del mismísimo George Washington o Abraham Lincoln; quien también fue asesinado en extrañas circunstancias, así como al grito del ya clásico “sic semper tiyrannis”.

Como estos dos gobernantes, Kennedy también cuenta a día de hoy con su propio «memorial» en la monumental Washington D.C: La «Llama Eterna» localizada en el Cementerio de Arlington. El hogar de los grandes héroes estadounidensesque, a lo largo de la historia, dieron la vida en la defensa de su nación.

El recuerdo perfecto y merecido para un (enfermizo) gigante.

RODRIGO ALONSO

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