En Yalta se decidió la estructura del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas.

Un acuerdo firmado para lograr el fin de la II Guerra Mundial

Una negociación de paz acarrea múltiples dificultades, porque supone la existencia de heridas aun sangrantes, que generan sentimientos encontrados pero generalmente hostiles hacia quienes las infligieron.




















II Guerra Mundial, abrió un boquete en las relaciones internacionales que aún permanece sin zanjar.

Históricamente se ha asumido que los líderes políticos y militares acuden al uso de la fuerza cuando el arte de la política ha fracasado; no en vano, Carl Von Clausewitz es recordado entre otras cosas por su célebre frase: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Sin embargo, la historia está cargada de episodios en los cuales se evidencia que la ecuación funciona también al revés; es decir, la política es la continuación del uso de la fuerza por otros medios.

Un caso interesante de analizar desde esta perspectiva es el de la II Guerra Mundial. Si miramos sus antecedentes, tenemos necesariamente que detenernos en el polémico Tratado de Versalles firmado en 1919. Recordemos que ese Acuerdo fue el resultado de las conversaciones entre los “Aliados”, excluyendo a los grandes derrotados del conflicto. En el caso específico de Alemania, ésta no tuvo ninguna participación en las negociaciones, y muy por el contrario, el resultado de tales intercambios diplomáticos fue impuesto a los alemanes, so pena de reanudar los enfrentamientos militares.

Evidentemente un pésimo ejercicio de negociación de un Tratado Internacional. En ese documento se plasmaron los deseos de venganza y “justicia” de quienes consideraron que el poder estaría a partir de ese momento eternamente de su lado. Dio origen a la Sociedad de Naciones, dejando por fuera a Estados que no gozaban de la bendición de los ganadores de la I Guerra Mundial, tal fue el caso de Alemania, Turquía y la otrora Unión Soviética. El Tratado de Versalles castigó además a Alemania en lo territorial, así como en lo militar y en lo financiero. Los alemanes perdieron alrededor del 13% de su territorio, y tal despojo generó posteriormente disputas entre Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Japón. La estructura militar de Alemania fue reducida a su mínima expresión, al prohibírsele tener equipos como submarinos, aviones, tanques o artillería pesada; solo podía disponer de unos cien mil voluntarios, seis cruceros y algunos pequeños navíos. Además, Alemania debía pagar indemnizaciones a los ciudadanos británicos y franceses por los daños ocasionados en el marco de la guerra, quienes además recibirían de las arcas alemanas el pago de sus pensiones como víctimas de guerra.


El Tratado de Versalles castigó además a Alemania en lo territorial, así como en lo militar y en lo financiero.

No conformes con lo anterior, el Tratado de Versalles también impuso a los alemanes una multa de 5.000 millones de dólares que debían ser pagados de inmediato en efectivo o en especies. Francia se hacía acreedora de inmensas cantidades de carbón como compensación por la destrucción de sus minas durante la ocupación alemana. Gran Bretaña, por su parte recibiría casi la totalidad de la flota mercante de Alemania. Se internacionalizaron los principales ríos alemanes y se expropiaron hasta importantes patentes comerciales; de hecho, Henry Kissinger llegó a afirmar que “gracias al Tratado de Versalles, la aspirina Bayer es un producto norteamericano y no alemán”.

El resultado de una negociación mal encaminada desde su concepción; ya que después del armisticio que garantizó el cese al fuego, lo que buscaban los ganadores de la Guerra era establecer responsabilidades y castigos, a pesar de que teóricamente enaltecían el propósito de evitar una nueva confrontación de iguales proporciones. La participación en esas conversaciones de figuras como: el Primer Ministro británico David Lloyd George, el Presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson; el Primer Ministro francés George Clemenceau y su homólogo italiano Vittorio Orlando, fue otro de los elementos perturbadores de la negociación. Tal como lo dijo Henry Kissinger, en su libro: La Diplomacia, “Como la posición interna de los interlocutores suele depender al menos de una apariencia de éxito, las negociaciones se centran con mayor frecuencia en oscurecer las diferencias que en tratar la esencia de un problema.”

Una negociación de paz acarrea múltiples dificultades, porque supone la existencia de heridas aun sangrantes, que generan sentimientos encontrados pero generalmente hostiles hacia quienes las infligieron. Por tal razón debe contar con un mínimo de tres variables absolutamente claras: 1) Negociadores carentes de intereses políticos 2) Agenda precisa sin espacios para la retaliación pero sin impunidad y 3) Factibilidad de sustentabilidad en el tiempo.

Sin duda, en el Tratado de Versalles no se conjugaron esos tres elementos, por lo que se dio un pase de facturas, más que una negociación, y sus consecuencias no tardaron en aparecer. Nuevas rivalidades territoriales y geopolíticas surgieron a la par de la nueva geografía, dando paso a necesarias alianzas frente a enemigos que no fueron previstos en las negociaciones de París; con el agravante de que la mayoría de los Estados de Europa consideraban que el Tratado era injusto por lo que no se sentían sumados a la idea de defenderlo. Disposiciones del Acuerdo, como su cláusula 231, conocida como “Cláusula de Culpa de la Guerra”, llevaron el debate al terreno de la moral, y generaron un búmeran en los propósitos de los aliados, orientados a debilitar a Alemania; a tal punto, que en 1926, esa castigada Nación tuvo que ser aceptada en la Sociedad de Naciones y progresivamente fue ganando terreno en el cuadro geopolítico mundial; mientras las potencias de Europa Occidental, Estados Unidos y Japón enfrentaban fuertes contradicciones en su afán por lograr una nueva correlación de poder en el mundo; al tiempo que aunaban esfuerzos por combatir las tendencias socialistas de la vieja Unión Soviética.

Entre contradicciones y coincidencias se conformó un nuevo sistema de alianzas que produjo el estallido de una segunda gran conflagración mundial, la cual quedó registrada en la historia como la más mortífera que haya conocido la humanidad; evidenciando que más de 10 millones de muertos en la I Guerra Mundial, no lograron sentar las bases para una paz negociada que garantizara alcanzar el fin último de evitar la posibilidad de otro gran conflicto de alcance global.

El estallido de esa II Guerra Mundial, abrió un boquete en las relaciones internacionales que aún en la actualidad permanece sin zanjar. Desde 1939 hasta 1945, buena parte del mundo se enfrascó en una confrontación que dejó un número de víctimas fatales, estimado entre 40 y 50 millones de personas, entre las que debemos incluir a 70 venezolanos; además de decenas de millones de mutilados y lesionados de manera permanente, que tuvieron que fraguar su propia guerra personal para insertarse en un mundo cada vez más competitivo y excluyente.

Sin embargo, la mala conducción de un Acuerdo de paz, no solo fracasó en su propósito de evitar una nueva guerra mundial; sino que además dejó otras secuelas, como la práctica de las deportaciones masivas, las torturas, el apartheid, la descontrolada escalada en la producción de armas de todo tipo, incluyendo las nucleares, químicas y bacteriológicas; además de la fabricación de cohetes y radares.

Adicionalmente y en una clara evidencia de no haber aprendido las lecciones de Versalles; luego de la II Guerra Mundial, los “Tres Grandes”, es decir: Estados Unidos, Unión Soviética y Gran Bretaña, representados por: Franklin D. Roosevelt, Iósif Stalin y Winston Churchill respectivamente, acompañados también por un representante del Gobierno nacionalista chino y su homólogo francés; se reunieron en Yalta, Crimea, al suroeste de Rusia; donde se distribuyeron Europa y el resto del mundo, al tiempo que diseñaron una nuevo mapa mundial y una particular estructura de poder; la cual además, dejaron plasmada en la Organización de Naciones Unidas. Un extraordinario esfuerzo por institucionalizar la toma de decisiones y la cooperación entre los Estados, con un mandato preciso de evitar el estallido de un nuevo conflicto armado de escala mundial. Actualmente la Organización agrupa a 193 Estados, pero se mantiene prácticamente con la misma estructura acordada en 1945. Por ejemplo, en el Consejo de Seguridad, que es el órgano llamado a garantizar la paz y estabilidad a nivel internacional, persiste el privilegio del veto otorgado en aquel momento a los cinco grandes: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China y Rusia en el lugar de la vieja Unión Soviética. Todo ello, en una clara hegemonía que viola la igualdad soberana de los Estados.


La Conferencia de Yalta sirvió para sentar las bases de lo que sería el mundo post guerras.

Si bien, la Conferencia de Yalta no constituyó propiamente un Acuerdo de Paz que sellara el final de la Segunda Guerra Mundial; sirvió para sentar las bases de lo que sería el mundo post guerras y sirvió de marco a una serie de esfuerzos orientados a evitar que algo tan cruento pudiera volver a repetirse. En aquel momento privó el temor a que alguna de las grandes potencias pudiera ser la promotora de una tercera guerra mundial, pero se subestimó la posibilidad cierta de que el mundo cambiara en cuanto a sus principales centros de poder; tal como ha sucedido luego de más de siete décadas, dejando a la Organización completamente desfasada de la nueva geopolítica mundial. De hecho, esa mega estructura nacida en los albores de la II Guerra Mundial no ha sido lo suficientemente efectiva para alejar de manera categórica la posibilidad de una nueva conflagración, ni para evitar el desarrollo de armas de destrucción masiva en el mundo entero.

De forma tal que, es perfectamente válido afirmar que de Versalles a Yalta, se transitaron territorios minados, pero lamentablemente el único legado ha sido mayor cantidad de víctimas fatales; un aterrador desarrollo armamentista y la consagración de la desigualdad real entre los Estados. Por lo que recordando nuevamente a Clausewitz, no parece descabellado afirmar que su máxima según la cual: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, también funciona al revés cuando no se da un verdadero proceso de negociación para la paz; es decir: la política es la continuación del uso de la fuerza por otros medios.

CONFERENCIA DE YALTA

En febrero de 1945, cuando la II Guerra Mundial se encontraba en su fase final; el entonces Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, fuertemente quebrantado de salud, viajó a Yalta, en Crimea, donde se reunió con los mandatarios de Gran Bretaña, y la Unión Soviética, en el marco de lo que la historia recuerda como la Conferencia de Yalta. Se trató de un encuentro rodeado de nieve y nutrido por ambiciones, en el cual los tres aliados principales tomaron decisiones trascendentales para el final de la confrontación militar y para el reparto del mundo, manteniendo en ese momento la ficción sobre la posibilidad de una Europa unida y democrática.

Fue en Yalta donde también se decidió la estructura del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas, garantizando un espacio de privilegio para la toma de decisiones, en el que se incluyó además a Francia y China. Al respecto Roosevelt afirmó que tal encuentro: “… debe anunciar el fin del sistema de acción unilateral, las alianzas exclusivas, las esferas de influencia, los equilibrios del poder y todos los demás expedientes que se han probado durante siglos y que siempre han fallado. Proponemos sustituirlos por una organización universal en que todas las naciones amantes de la paz tengan, por fin, oportunidad de ingresar.”
GIOVANNA DE MICHELE

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