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domingo, 30 de julio de 2017

La «cocina» en la que se negocia la salida del Reino Unido de la UE muestra la precariedad de la posición británica

Londres posturea en el Brexit

Un funcionario lleva una bandera del Reino Unido, en la sede de la CE en Bruselas -

El primer y hasta ahora único acuerdo entre la UE y Gran Bretaña ha sido el calendario y la fórmula práctica para llevar a cabo las negociaciones. En todo lo demás, la discusión patina en el vacío, con los negociadores británicos consagrados al postureo más descarado. Por el momento, ha habido una sola ronda formal con un resultado decepcionante. Según fuentes europeas, el negociador que representa a la Comisión pudo haber sido «bastante más rudo» a la hora de quejarse a los británicos de que no digan de una vez a dónde quieren ir y qué pretenden obtener.

El mecanismo de las conversaciones se basa en periodos de cuatro semanas. La primera se dedica a la discusión interna de los argumentos por parte de cada equipo negociador. La siguiente es para presentar esas conclusiones a los sectores implicados dentro de la administración y el mundo económico. La tercera semana se consagra a la negociación propiamente dicha, de lunes a jueves. Y la cuarta se emplea para explicar los resultados de esa negociación a sus respectivas autoridades y responsables políticos.

Así, la última semana de julio la dedicó el negociador europeo, Michel Barnier, a explicar a los 27 países que se quedan en la UE lo ocurrido en la semana anterior, que fue bastante decepcionante. Excepto en la mesa dedicada a la discusión sobre los derechos de los ciudadanos, en todo lo demás los funcionarios británicos solo han hecho ejercicios de postureo, de sacar pecho y negarse a entrar en harina. Sobre todo en cuestiones de dinero.
¿Astucia... o debilidad?

«Barnier podría haber sido más duro en la rueda de prensa al quejarse de la ausencia de avances del lado británico a la hora de mostrar sus posiciones, como se les pide. Si acaso, lo único que llegaron a hacer es formular preguntas sobre la posición europea», explica un miembro del equipo negociador. En el lado europeo, unos dicen que se trata de una táctica bien estudiada, para llevar la negociación hacia sus intereses, otros opinan que es el reflejo de su debilidad política en Londres.

Antes de entrar en la negociación propiamente dicha, cada parte debe leer durante horas y desentrañar con mucho cuidado los documentos que reflejan la posición de cada quién. El problema es que la actitud de los británicos ha sido descrita como «frustrante», porque no dicen nada e incluso «simulan que no entienden lo que se está diciendo», como si la realidad comunitaria les fuera ajena por completo. La única ventaja -relativa- es que el trabajo se desarrolla íntegramente en inglés y el francés sólo aparece en las comparecencias públicas.
Equipo invitado

En el equipo británico casi todos los funcionarios vienen de Londres, aunque estén asesorados por los expertos de su representación permanente en Bruselas. Frente a ellos se sientan sobre todo funcionarios europeos, entre los que hay representantes más o menos oficiosos de los países más importantes. Los europeos tienen sus despachos al lado de la sala de reuniones, lo que representa una ventaja de valor incalculable en términos prácticos y logísticos.

El grueso del trabajo lo hacen los equipos «técnicos». Eso explica por qué el británico David Davis volviese a Londres apenas dos horas después de iniciada la primera sesión de trabajo y no regresase a Bruselas hasta el jueves, para comparecer en público junto a Barnier, justo antes de almorzar en el restaurante de los comisarios. Barnier tampoco participa personalmente en los trabajos, pero vigila desde «el despacho de al lado» y está directamente al tanto de todo lo que se cuece en las salas de reunión del sexto piso del edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea.

Hasta ahora, las cosas van mucho más despacio de lo que podría esperarse y el único incidente digno de mención de la primera ronda fue que uno de los equipos que negocia el estatus de los ciudadanos llegó tarde a la pausa prevista a las 11 de la mañana y cuando lo hicieron, ya no había café. Pero no por la intensidad negociadora. Es que se les olvidó.
ENRIQUE SERBETO