La llegada del nuevo príncipe heredero en Arabia Saudí lanza al país al aventurismo para afirmar su liderazgo en Oriente Próximo

Arabia Saudí quiere ser superpotencia
El nuevo príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman - REUTERS

Con su fabuloso contrato de compra de armas a Estados Unidos por valor de 110.000 millones de dólares, cerrado con Donald Trump durante su visita a Riad en mayo, Arabia Saudí considera felizmente superado el estigma de régimen filoterrorista que lleva colgado como un sambenito desde el Once de Septiembre de 2001. Quince de los 19 terroristas de Osama bin Laden eran de nacionalidad saudí. El éxito del negocio con Trump podría haber sido el momento elegido por el Rey Salman (82 años) para el último de sus audaces golpes de timón: nombrar a su hijo Mohamed, de 31 años, heredero del trono y auténtico «hombre fuerte» de Arabia Saudí, tras desplazar al poseedor del título hasta esa fecha, su sobrino Mohamed bin Nayef.

Arabia Saudí no es el país más poblado de Oriente Próximo, ni el de mayor riqueza per capita. Pero su condición de guardián de los lugares sagrados de Meca y Medina, y el pacto tácito entre la monarquía de los Saud y la –quizá– más radical de las corrientes musulmanas suníes, mantienen siempre encendidas sus ambiciones de convertirse en superpotencia hegemónica en el área. En términos reales, solo tiene dos grandes rivales musulmanes en la región: Irán y Egipto. La acérrima disputa con el régimen chií persa se canaliza hoy por poderes, a través de las guerras de Siria y Yemen. Con Egipto, Arabia Saudí ha establecido una entente relativamente cordial al encontrar un enemigo común: Qatar.

¿Qué pretenden las trece condiciones impuestas por Riad y El Cairo a Doha para levantar el bloqueo económico al pequeño reino qatarí? 

Dejando al margen la exigencia de cierre de la cadena de noticias Al Yasira, la más seguida en el mundo musulmán, Arabia Saudí exige a Qatar demandas casi intangibles: una supuesta ruptura con Daesh y Al Qaida –cuando las sospechas de apoyo por parte de fundaciones salpican también a los saudíes– y el alejamiento de Irán. La monarquía qatarí cree que el objetivo del órdago saudí solo apunta en una dirección: que renuncie a su soberanía, y someta su política económica y diplomática a los dictados de Riad.

Mohamed bin Salman, el joven prìncipe heredero saudí, es una incógnita para los analistas, que especulan sobre el rumbo de la potencia petrolera con la quiromancia de los antiguos sovietólogos. Para algunos, el también ministro de la Defensa y de Economía es un aventurero ambicioso que amenaza con llevar a la deriva al régimen de los 7.000 príncipes. Otros consideran que con su elección como Heredero de la corona, en lugar de su primo Bin Nayef, las ambiciones de Bin Salman han sido colmadas, y a partir de ahora gobernará con más cautela.

En el curriculum de Mohamed bin Salman figuran dos grandes decisiones. La primera, la entrada de Arabia Saudí en la guerra civil de Yemen –al frente de una coalición militar de países árabes– para impedir la victoria de los rebeldes hutíes, una corriente chií que no ha tenido más remedio desde entonces que echarse en brazos de Teherán. El caos y destrucción provocados por la escalada del conflicto están laminando el talón de la península arábiga.
Castillos en el aire

En su condición de ministro de Finanzas del reino antes de cumplir los 30, Mohamed bin Salman es autor del llamado proyecto Visión 2030, un programa dirigido a convertir Arabia Saudí en una economía diversificada para no depender exclusivamente del petróleo. Cuando los funcionarios –es decir, la inmensa masa laboral saudí– se quejaron por el plan de recortes, en abril pasado, la Corona dio marcha atrás. Como consecuencia, el déficit público ha vuelto a dispararse y contoda probabilidad superará la barrera del 12 por ciento del PIB.

Mohamed bin Salman –MHB, en el argot popular– es firme partidario de devolver a sus países de origen a millones de trabajadores extranjeros, para que sus puestos los ocupen los saudíes que hoy engrosan las filas del desempleo juvenil. Los llamados «expatriados» son la tercera parte de los habitantes del reino, por la sencilla razón de que los empresarios los prefieren a los locales. El saudí medio ama el confort, la tecnología occidental, ha aprendido de memoria el Corán en el colegio y en la universidad, y considera que para la mayor parte de los trabajos están más capacitados los indios o los filipinos.

Cambiar esa mentalidad no será tarea fácil, tampoco para el intrépido cachorro de la Corona. Es más sencillo, en cambio, el juego de la diplomacia en los foros árabes, y el cierre de macrocontratos mientras el precio del petróleo no se desplome.
FRANCISCO DE ANDRÉS 

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