Las tropas del emperador Hirohito llevaron el sufrimiento y la muerte a prisioneros de guerra y civiles por igual

Los crímenes de guerra y las atrocidades niponas durante la Segunda Guerra Mundial.
Un soldado japonés sobre la carne humana: «Era rica y tierna. Creo que era más sabrosa que la de cerdo»


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Las hostilidades en el Pacífico, enmarcadas dentro de la II Guerra Mundial, ejemplificaron a la perfección como un conflicto armado puede arrancarlede cuajo a un individuo hasta el más mínimo rastro de humanidad y compasión.

Tanto prisioneros de guerra como población civil tuvieron que sufrir durante su estancia en los campos de trabajo japoneses situaciones sumamente desagradables. Los nipones sometieron a sus víctimas al hambre, las vejaciones, la más pura y neta esclavitud y, en algunas ocasiones, a ser devorados por sus captores.

La infamia de la que hicieron uso las tropas del emperador durante el desarrollo del conflicto no tiene parangón en la historia militar mundial hasta la fecha.

Afán de conquista

La enemistad entre Estados Unidos y Japón tuvo como pistoletazo de salida la invasión de la Indochina francesa llevada a cabo por el país asiático en 1940. Dicha ocupación provocó que el país norteamericano anulase los acuerdos comerciales firmados con el Imperio del Sol Naciente y el embargo del petróleo tan necesario para la deseada expansión nipona; la cual el país norteamericano quería evitar a toda costa. Si a esto le sumamos la firma del Pacto Tripartito con Alemania e Italia (27 de septiembre de 1940), así como la sustitución del primer ministro Fumimaro Kone –incapaz de alcanzar un trato satisfactorio con la administración de Roosevelt– por el belicoso general Tojo Hideki en octubre de 1941, las condiciones para el inicio de las hostilidades en Pearl Harbor eran sumamente favorables.

Según la guerra se iba desarrollando, y tras varias derrotas japonesas de importante calado (Midway, Guadalcanal o Iwo Jima) se hizo evidente la incapacidad de los asiáticos para poder derrotar a la larga al país norteamericano, en parte debido a la falta de recursos que padecían.

Dicha carencia de suministros acabó siendo una de las motivaciones(aunque ni muchísimo menos la única) para las atrocidades cometidas. La práctica de la vileza, en la que los soldados japoneses demostraron ser auténticos maestros, estuvo íntimamente ligada con la asociación de la figura del emperador a la de un ser sobrenatural.
Violaciones en Nankín

Ya durante la ocupación de China, las fuerzas imperiales dejaron muestras más que evidentes de un comportamiento salvaje, repugnante e impropio de cualquier ser humano civilizado. Laurence Rees en su obra «El Holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la Segunda Guerra Mundial» narra sucesos como los acaecidos en la masacre de Nankín(diciembre de 1937), durante la que –al margen de las violaciones y posteriores asesinatos de mujeres– los isleños se dedicaron a abrir «el estómago de mujeres embarazadas para clavarles la bayoneta a los fetos».

Resalta Rees que, también durante la invasión de China, en otra ocasión en la que los soldados «buscaban la manera de divertirse» tomaron la decisión de coger a una joven de 27 años y, como explicó el soldado Enomoto, prenderla fuego por el simple gusto de ver como moría.

Este mismo sujeto, también decidió en su momento matar a sangre fría al progenitor de una niña de 15 años. La razón fue, según sus palabras, que «quería violarla, así que me dije que si aquel hombre era su padre no le haría ninguna gracia». Tras forzar a la joven acabó asesinándola también sin el más mínimo pudor.

Siendo cuestionado Enomoto, tras la guerra, acerca de su carencia de sentimiento de culpa a propósito de los sucesos ocurridos durante la campaña china, este respondió: «Estaba luchando en nombre del emperador. Él era un dios. Y, en nombre del emperador, podíamos hacer contra los chinos lo que se nos antojara».
Canibalismo y experimentación

Fue el profesor Yuri Tanaka quien, en la década de los 90, tiró de la manta dejando al descubierto los casos de canibalismo entre las tropas de Hirohito. Según las palabras del mismo: «El canibalismo era una práctica mucho más habitual de lo que se había creído».

«Quería violarla, así que me dije que si aquel hombre era su padre no le haría ninguna gracia»Masayo EnomotoTambién en lo referente a la ingesta de carne humana, el historiador Antony Beevor en su obra «La Segunda Guerra Mundial» explica como, durante la campaña china, las tropas japonesas ya llegaron a caer en el canibalismo debido a la escasez de alimentos. A este respecto –el ya recurrente por sus fechorías– Masayo Enomoto devoró a una joven junto a sus camaradas tras haberla violado y hecho todo tipo de perrerías. Con respecto al sabor de la chica, lo describió como «rica y tierna. Creo que era más sabrosa que la de cerdo».

Si pensamos (y con razón) que la Alemania nazi realizó los más grotescos experimentos con las minorías que poblaban los campos de concentración, sus aliados asiáticos no les andaban a la zaga –ni muchísimo menos– en lo que a inhumanidad se refiere. Sobradamente documentados están los ataques contra poblaciones civiles a las que «fumigaban» con todo tipo de patógenos (malaria, cólera, lepra), así como los experimentos a lo Josef Mengele que realizaban tanto con enemigos capturados como con civiles.
Hambre e ingeniosas torturas

Cuando tuvo lugar la rendición, los testimonios y la situación de aquellos que habían estado sometidos a la esclavitud pusieron de relieve la mezquindad de los «Buntai Joe» (supervisores) de los campos y del resto de captores. El trato que daban al preso consistía en palizas, amputación de miembros, inanición y falta de suministros médicos. Los abusos, tales como los anteriormente descritos, formaban parte del día a día de todos aquellos que iban a parar a las minas de carbón del barón Mitsui o a cualquiera de las fábricas repartidas por la geografía japonesa.

Son los propios afectados quienes, en el libro escrito por George Weller «Nagasaki: Las crónicas destruidas por MacArthur», explican varios de los crueles castigos que se les infligía. Uno de estos desdichados hombres describe como les obligaban a «beber grandes cantidades de agua y luego saltaban sobre sus estómagos». A otros los «dejaban sin conocimiento a base de golpazos y descargas eléctricas» o bien los golpeaban con porras y varas de bambú «porque con ellas podían alcanzarte mejor y les hacía sentirse más grandes».

A propósito de los trabajos forzados que tenían que realizar los presos aliados en los campos nipones –a los cuales ya llegaban en condiciones cuanto menos mejorables tras sufrir marchas de la muerte como la de Batán (1942)– estos sobrepasaban con mucho lo que cualquier ser humano es capaz de soportar durante un tiempo prolongado. Así nos encontramos con jornadas interminables en minas o en fábricas, en situaciones paupérrimas y con abusos constantes. Uno de estos soldados aliados esclavizados describe en el libro de Weller esta época como «años de tortura, indescriptibles para el mundo civilizado».

Les obligaban a «beber grandes cantidades de agua y luego saltaban sobre sus estómagos». A otros los «dejaban sin conocimiento a base de golpazos y descargas eléctricas»Fueron muchos los prisioneros que se vieron en la necesidad de autolesionarse con el fin de poder sobrevivir: disparos «accidentales» en algún miembro, aplastarse un pie con una roca o cortarse un pulgar se convertían en la única forma de que un desdichado cautivo pudiera escapar del tormento nipón (al menos por un breve periodo de tiempo). A todo esto debemos añadirle la pérdida de peso producto de la falta de alimentos y de una dieta que, en algunos casos (y no en los peores), se resumía a un par de tarros de arroz al día.

Entre las «anécdotas» acerca de los campos japoneses que aparecen en la obra de Weller, destaca la que hace referencia al demente teniente primero Murao que empleaba el béisbol como método de tortura.

Este carcelero era un auténtico seguidor del «mayor pasatiempo americano», tanto que tuvo la ingeniosa idea de crear su propia «liga»utilizando en la misma a los desnutridos presos como jugadores. Además, como se señala en el libro, ni siquiera escogió a aquellos que estaban en mejores condiciones, sino que comenzó empleando a los que se encontraban en el hospital del campo donde él trabajaba como médico.

El presenciar a un montón de maltrechos americanos -que en algunos casos estaban 30 kilos por debajo de su peso- arrastrándose (literalmente) por un improvisado campo de béisbol mientras un sádico «entrenador» japonés con gorra daba órdenes y tomaba apuntes, debía provocar una sensación que se encontraba entre lo surrealista y lo macabro.

La locura del «coach» llegó tan lejos que hizo planes para construir nuevos hospitales y así contar con más miembros en su «equipo» de cadáveres andantes. Sin embargo, sus absurdos planes tuvieron como resultado su salida del campo de prisioneros.

Los jefes de Murao debieron pensar que era mejor matarlos trabajando que haciendo deporte.

Aunque parezca mentira, la dura vida de los prisioneros anteriormente relatada suponía un lujo en comparación a la suerte que les tocó correr a otros. Según Beevor, los médicos japoneses llegaron a hacer disecciones a soldados aliados estando estos aún vivos. Otros inclusofueron devorados por el enemigo cuando había carencia de suministros.
«La bomba no destruyó lo suficiente»

No fueron pocos los soldados esclavizados aliados que mostraron sin tapujos su felicidad tras la caída de las bombas en Hiroshima y Nagasaki, según los testimonios recogidos en el libro «Nagasaki». Encontramos así afirmaciones como: «La bomba atómica no mató ni a la mitad de los que debió haber matado» o «la bomba atómica fue un regalo del cielo, pero no destruyó lo suficiente».

El sufrimiento y los castigos infligidos a aquellos a los que se les había despojado del más mínimo rastro de dignidad humana tocó a su fin con la rendición japonesa.

«La bomba atómica no mató ni a la mitad de los que debió haber matado»Soldado estadounidenseLos padecimientos de los civiles nipones –a causa del ataque nuclear norteamericano– contrastaban notablemente con la situación de Hirohito, siempre desde su torre de marfil. Según explica Beevor, una de las principales razones por las que los japoneses se negaban a rendirse radicaba en la idea de que esto podría suponer el fin para el emperador; un individuo al que adoraban como si de un dios se tratase y cuya figura se convirtió en la perfecta justificación para los crímenes cometidos.

En palabras del primer ministro Tojo, recogidas en «Instrucciones para el servicio militar», se da una idea acerca de la opinión que se tenía –previamente al ataque nuclear– desde el gobierno acerca de la posibilidad de abandonar las hostilidades. El dirigente del país asiático se refirió al soldado japonés en los siguientes términos:

«No sobrevivas en la vergüenza como prisionero. Muere, para asegurarte que tras de ti no has dejado rastros de ignominia».

Firma de la rendición japonesa en el buque «Misuri»- ABC
«Nada por lo que disculparse»

A pesar de los evidentes crímenes y atentados contra la Convención de Ginebra llevados a cabo por el Imperio del Sol Naciente, no son pocos los nipones que, aún a día de hoy, no reconocen los aberrantes delitos de sus soldados. Con respecto a esto, Rees hace mención en su libro a que, en sus muchos viajes al país asiático, se ha encontrado con personas que han afirmado que «los japoneses no hicieron nada en la guerra por lo que deban disculparse».

En este mismo sentido, y ahora haciendo mención al testimonio de un veterano del país asiático, este explica: «No me siento culpable de lo que hice porque, en la guerra, la gente no puede actuar de un modo normal».
RODRIGO ALONSO

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