Un estudio que evaluó a 731 hombres a lo largo de 20 años demostró que la cirugía radical de próstata no resultó mejor que un programa de observación.


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La historia de la medicina está plagada de ejemplos de terapias y cirugías que durante una época se consideraron la panacea y, con el tiempo, se demostró que sus riesgos eran peores que la enfermedad. Como ocurrió con las lobotomías cerebrales. O simplemente no tenían ningún efecto benéfico. Como ha ocurrido con algunos fármacos. De un tiempo para acá, algunos grupos de médicos comenzaron a cuestionar si algo similar está sucediendo con las cada vez más populares cirugías de próstata.

Cada año miles de hombres son diagnosticados con cáncer de próstata y sometidos a algún tipo de intervención para intentar frenar el progreso de la enfermedad. Algunos son sometidos a radioterapia, otros a cirugías y un porcentaje son vigilidos con mediciones periódicas del antígeno prostático para retrasar una intervención más radical.

El debate en la comunidad médica ha sido intenso. En 2013, por ejemplo, un grupo de médicos liderados por Laura J. Esserman, de la Universidad de California, le pidieron a los Institutos de Salud de Estados Unidos dejar de llamar “cáncer” a algunos tipos de tumores. Entre ellos, el de próstata. Argumentaban que el sobrediagnóstico y los tratamientosmasivos no estaban reduciendo las tasas de mortalidad que es el objetivo final.

En un intento por aclarar con mejores datos este debate, específicamente en el caso de cáncer de próstata, un grupo de médicos afiliados a la Universidad de Minnesota, el Hospital General de Massachusetts en Boston, la Universidad de Washington, la Universidad de Oklahoma, el Baylor College of Medicine de Houston y Myriad Genetics Laboratories, acaban de publicar la revista The New England Journal of Medicine, los resultados de un trabajo que les tomó 20 años.

Entre noviembre de 1994 y enero de 2002, los investigadores reclutaron para su investigación a 731 hombres diagnosticados con cáncer de próstata. Algunos fueron tratados con cirugía radical de próstata mientras los otros entraron a un programa de observación. Todos fueron monitoreados hasta agosto de 2014. Querían saber las diferencias de mortalidad entre los dos grupos, la tasa de mortalidad por cáncer de próstata específicamente, el ritmo al que progresa la enfermedad, la mejoría reportada por los pacientes, entre otras variables.

De los 364 hombres que entraron al grupo de cirugía, 223 (61.3%) fallecieron durante el tiempo de análisis. De los 367 hombres que entraron al grupo de observación, en el mismo periodo de tiempo fallecieron 245 (66.8%). Es decir que no se observó una diferencia significativa. ¿Cuántos de ellos fallecieron directamente por cáncer de próstata? En el primer grupo se reportaron 27 muertes (7.4%). En el segundo grupo, el de vigilancia, fallecieron 42 (11.4%).

“Después de casi 20 años de seguimiento entre los hombres con cáncer de próstata localizado, la cirugía no se asoció con una mortalidad total o de cáncer de próstata significativamente inferior a la de los hombres bajo observación. La cirugía se asoció con una mayor frecuencia de eventos adversos (disfunción eréctil, incontinencia urinaria) que entre el grupo de hombres bajo observación”, concluyeron los investigadores.

Para ellos, estos resultados, sumados a los de otros estudios robustos que han aparecido en los últimos años, deberían hacer a los médicos, urólogos, cirujanos y pacientes, replantearse algunas ideas. Primero, anotaron, los resultados “muestran que la mortalidad a largo plazo del cáncer de próstata sigue siendo baja entre la mayoría de los hombres con cáncer de próstata localizado que son tratados con observación y que la muerte por cáncer de próstata es muy infrecuente entre los hombres con bajo riesgo y bajo antígeno prostático. Es necesario reducir el sobretratamiento”.

En segundo lugar, concluyeron, que la cirugía puede tener beneficios frente al riesgo de mortalidad en algunos hombres, “en particular aquellos con cáncer de próstata intermediario que tienen una larga esperanza de vida. Sin embargo, los efectos comparativos de la vigilancia activa y de la vigilancia basada en el antígeno prostático en muchos hombres con enfermedad de riesgo intermedio deben examinarse”.

Una tercera conclusión es que “aunque los hombres con enfermedad de alto riesgo tienen un mal pronóstico, la cirugía puede no proporcionar grandes beneficios con respecto a la mortalidad. Se necesitan opciones más seguras y eficaces”.

Por último señalaron que “la cirugía se asocia con un menor riesgo de progresión de la enfermedad y tratamiento para la progresión de la enfermedad. Sin embargo, la mayor parte de la progresión es asintomática, local o bioquímica, para la cual el beneficio del tratamiento es incierto”.

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