Aunque la luz solar no esté presente de forma directa, no significa que no lo esté de forma indirecta.

¿Por qué se puede ver al raso en las noches sin Luna?
Cielo nocturno. Fuente: Wikipedia Commons

Si dejamos a un lado la contaminación lumínica, hay dos procesos físicos que lo explican:
El curioso 'airglow', una aparente aurora boreal que todos obviamos
La luz zodiacal, muy característica en las noches despejadas

Las perseidas, a falta de noticias durante el verano, siempre son tendencia a principios del mes de agosto. Y es entonces cuando nos damos cuenta de la contaminación lumínica, de que en las ciudades no se ve ni una mísera estrella y de la suerte que sería vivir en medio del campo para poder ver la Osa Mayor, la Menor, Andrómeda, Casiopea y todas las constelaciones galácticas que se precien. En estas fechas también nos interesamos en alejarnos de las ciudades, en subir colinas y en acostarnos al raso a la espera de ver el fragor de cuantas estrellas fugaces pasen por encima de nuestras cabezas.

Este año, las perseidas se han visto la madrugada del 12 al 13 de agosto y para desgracia de los astrónomos de temporada, la Luna estaba menguante y apareció a medianoche con un 70 por ciento de luminosidad, lo cual, restó espectacularidad al acontecimiento. Para los que les resultó una decepción, el vídeo que grabaron el año pasado los responsables del proyecto europeo STARS4ALL en el Observatorio del Teide refleja lo que que ocurre en el cielo sin la presencia de esa luz solar reflectada por la Luna.



Seguramente no esperaban un cielo súper estrellado y una ráfaga continua de destellos cruzando el firmamento. Sin embargo, siempre hay un problema: nunca habrá una oscuridad total. Aunque vayan al lugar más recóndito y más alejado de cualquier fuente lumínica. ¿O acaso no os ha ocurrido que estando de acampada en noches sin Luna pueden intuir lo que tenían delante? Porque aunque la luz solar no esté presente de forma directa, no significa que no lo esté de forma indirecta.

Como saben, cuando la Luna está en su plenilunio, es decir cuando está posicionada de forma opuesta al Sol y los rayos de éste inciden sobre ella, se muestra resplandeciente e imposibilita ver el cielo en su totalidad. Pues bien, este fenómeno de reflexión también ocurre en las noches de luna nueva, solo que la luz solar se apoya en otro tipo de elementos que sí están de cara al astro rey.

Si nos paramos a mirar al cielo:

Cuando el Sol cae, indirectamente sigue iluminando el cielo a causa de la dispersión de luz que provocan las partículas de aire que existen en la atmósfera. Esto explica, por ejemplo, que las horas posteriores al atardecer el cielo parcialmente siga iluminado. A medida que el Sol va ocultándose poco a poco, esa luz dispersa va perdiendo intensidad hasta convertirse en una tenue luminiscencia que se puede llegar a apreciar en el horizonte. Luego, conforme va avanzando la noche y el Sol está en oposición a la zona más oscura de la Tierra, deja de tener incidencia.

Pero obviando la luminosidad artificial emitida de las grandes ciudades, hay varias fuentes de luz naturales que ayudan a que exista luz en las noches oscuras. Y ahí el Sol todavía tiene algo que decir. Aun así, el el físico Carlos Herranz advierte que cada una de estas fuentes varían en función de variables como la posición solar, el ciclo de actividad del Sol o incluso de la situación de las nubes de gas y polvo de la Vía Láctea con respecto al centro de la galaxia.
Las razones de la luz nocturna

La primera razón es el llamado airglow y es el responsable aproximadamente del 66 por ciento del brillo del cielo nocturno cuando no hay influencia lunar. Este fenómeno, descubierto a principios del siglo XX, es el resultado de varios procesos físicos y químicos que se producen en las capas más altas de la atmósfera. Aunque a simple vista sea complicado verlo, el airglow tiene la apariencia de las auroras boreales, con tonos fluorescentes que van desde el verde al amarillo. En el siguiente timelapse del Instituto Astrofísico de Canarias se puede observar el curioso acontecimiento.



Su origen está en una serie de reacciones químicas de moléculas de oxígeno y nitrógeno presentes en la atmósfera por medio de la radiación solar diurna, así como en la luminiscencia causada por los rayos cósmicos que golpean las capas altas de la atmósfera, en la mesopausa. El airglow sin embargo, no es un proceso exclusivamente nocturno. Durante el día sigue presente, la fuerza cegadora de los rayos del Sol impide contemplarlo.

El otro gran fenómeno que otorga luz natural a las noches oscuras es la llamada luz zodiacal. Es la responsable en un 27% de la luminosidad natural nocturna y a diferencia de los procesos químicos que explican la luminiscencia del airglow, la luz zodiacal es el producto del reflejo de la luz solar en una nube de polvo que está en el sistema solar y que orbita alrededor del Sol. Por la noche, esta luz se puede observar a simple vista como una banda lumínica que recorre el cielo en torno a las constelaciones zodiacales. Hasta hace no mucho no se conocía la causa de esa nube, pero en 2010 científicos estadounidenses vieron que la mayoría del polvo tenía su explicación en los cometas que pasaban por la zona.



Luego, hay fuentes menores como la luz galáctica, o lo que es lo mismo, la luz esparcida por las estrellas de la Vía Láctea (4,5% de la luminosidad nocturna); la luz estelar, que reúne tanto a la luz de todas las estrellas visibles como no visibles para el ser humano (2%) y la luz extragaláctica, es decir, la suma de toda la luz que llega del resto de galaxias (0,5%).

Pero esta luminosidad espacial parece estar más cerca de la ficción que de la realidad. Carlos Herranz también es miembro de la Red Española de Estudios sobre la Contaminación Lumínica y es uno de los responsables de la petición que solicita al Ayuntamiento de Madrid la evaluación del impacto ambiental de este tipo de contaminación en la capital.

Asimismo, el documento propone la sustitución del 40 por ciento del alumbrado a LED y una protección especial del Monte del Pardo y del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. “Estamos intentando concienciar a la gente y a las administraciones para que se algo. Porque este cielo que describimos es prácticamente inexistente en casi ningún sitio de España”, afirma preocupado Herranz.

Otro de los movimientos que buscan devolver el cielo a los ciudadanos es el proyecto Cities at Night, que llevan a cabo científicos de la Universidad Complutense de Madrid. De esta forma, quieren dar a conocer los efectos negativos de la luz artificial de las grandes urbes sobre la fauna y el medio ambiente. Solo en Madrid, y según explican los propios investigadores, la contaminación lumínica creció entre 2002 y 2012 un 50 por ciento. Una situación que obliga a cualquier persona que quiera ver el cielo tal y como lo veían sus antepasados a desplazarse a un radio de 86 kilómetros fuera de la ciudad.

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