El pirata al que temían los piratas…

El viaje al mal del verdadero «Barbanegra»: de lacayo de la «pérfida» Inglaterra a «apestoso» pirata.

En junio de 1718 Edward Teach era uno de los rufianes más famoso de los mares y tenía a sus órdenes a tres centeneres de filibusteros. Pero... ¿Cómo pasó de luchar por la «Royal Navy» a enfrentarse a ella?


El pirata al que temían los piratas… De esta guisa definían en una popular saga cinematográfica (sí, todos sabemos cuál) a «Barbanegra». No les faltaba razón ya que, allá por el siglo XVIII, Edward Teach (el hombre tras el apodo) causaba pavor tanto en enemigos como en amigos. Con casi dos metros de altura y una barba igual de espesa que de repugnante, se dice que este curioso personaje entraba en batalla portando mechas encendidas de cañón en su cara (según algunas fuentes en la barba, según otras en el pelo) para evocar al mismísimo Lucifer. No obstante, y como suele pasar con los rufianes, su vida transcurre entre la realidad y la oscura leyenda que se forjó a base de saqueos y asesinatos.

La historia afirma que «Barbanegra» podía presumir de haber combatido como corsario inglés contra España y Francia antes de hacerse surcar los mares como pirata. No obstante, el desempleo le hizo saborear las mieles del dinero fácil: aquel obtenido de forma nada honrada. Por ello, prefirió abrazarse a la vida criminal.

Ya bajo la bandera de la calavera, y tras sus primeros combates, Teach se esforzó también en acrecentar su leyenda negra. Aquella que le definía como un combatiente infernal que podía acabar –sin mediar provocación- con cualquier desafortunado simplemente porque le venía en gana. Ni pistolas de chispa, ni alfanjes. Su mejor arma contra el enemigo fue precisamente ese aura de maldad y locura que él mismo ayudó a extender. Un mito que le dio una ventaja definitiva en no pocos combates en alta mar.

Primeros años, primeros misterios

La infancia de «Barbanegra» tiene más claros y oscuros todavía que su propia vida. La mayoría de fuentes coinciden en que el país que le vio llegar al mundo fue el Reino Unido. Así lo explica (entre otros tantos) el investigador Colin Woodard en su obra «La república de los piratas»: «Nació en 1680 en Bristol o en sus alrededores. Esto es, en el segundo puerto más importante de toda Inglaterra y centro de su comercio transatlántico». Según parece, el futuro pirata se crió en el seno de una familia bastante acomodada y culta, lo que le permitió aprender a leer y a escribir. Toda una ventaja con respecto a sus futuros (y crueles) compañeros.

¿Cómo le llamaron realmente sus padres? A día de hoy esta pregunta sigue siendo un gran misterio para los historiadores. La mayoría de fuentes abogan porque recibió el nombre de Edward Teach (cómo él mismo afirmó posteriormente). Sin embargo, Woodard recuerda en su obra que –a día de hoy- en los libros tributarios de Bristol no figura ningún nombre con este apellido, ni con otro similar (Tacht, Thach o Thacht), por lo que es probable que fuera una información falsa ofrecida por este filibustero. «Podría haberse tomado esas molestias para ocultar su verdadera identidad y evitar, con eso, que la deshonra cayera sobre sus parientes», añade el experto.

El escritor Ernesto Frers recuerda en su libro «Piratas y Templarios» otra de las teorías: que «Barbanegra» se apellidaba realmente Drummond. La prolífica autora española de libros históricos Silvia Miguens Narvaiz es partidaria de esta teoría en su popular obra, «Breve historia de los piratas». En ella, de hecho, se refiere a este personaje directamente como Edward Drummond y determina que se cambió el nombre posteriormente.

En todo caso, e independientemente de este misterio inicial, lo que se sabe a ciencia cierta es que, cuando ya rozaba la veintena, era un sujeto alto (de unos dos metros), delgado, inteligente, carismático y capaz. Rasgos que le ayudarían posteriormente a convertirse en el terror de los marinos (honrados y malvados).

Marino y corsario

Tras adquirir una experiencia considerable en el manejo de buques mercantes, y según explica el historiador Francisco J. Fernández en su libro «Historias malditas y ocultas de la Historia», Edward se alistó como corsario al servicio de Gran Bretaña durante la Guerra de Sucesión Española (surgida tras la muerte sin descendencia de Carlos II). Durante esos años ayudó a atacar y saquear buques franceses en el Caribe y se fue curtiendo –poco a poco- en el manejo de las armas. Así se convirtió en todo un «good boy» de la «Royal Navy» del que Ana I de Gran Bretaña e Irlanda se sentiría probablemente orgulloso.

Sin embargo, hubo dos factores que le terminaron llevando por el mal camino. El primero fue el fin de las hostilidades en 1713 (año en que se firmó el tratado de Utrecht). Cuando el conflicto acabó, la «Royal Navy» redujo sus efectivos en más de la mitad. Y eso dejó a miles de marinos sin trabajo.

El segundo, según explican autores como Miguens o Woodard, se relaciona más con la economía y la grandeza personal. Según parece, el futuro «Barbanegra» entendió que la vida asociada a la «Royal Navy» era demasiado sacrificada y ofrecía pocas retribuciones monetarias. Además de que era sumamente difícil ascender en el escalafón militar desde su posición de corsario.

Para él, la marinería real no era una opción. «En la jerarquía inglesa, los marinos estaban incluso por debajo de los jornaleros agrícolas. […] El trato que recibían apenas se distinguía del de los criminales», determina Woodard. El autor, incluso, explica que «los marinos padecían de “explosiones ventrales” o hernias por la necesidad de levantar a pulso cargas tremendamente pesadas que transportaban en toneles o barriles». Esa vida, según parece, no era para nuestro protagonista.
Un pirata

En busca de un negocio más lucrativo, Edward dio el salto a la piratería entre 1713 y 1715. Atendiendo a las diferentes fuentes, en estos años fue en los que se puso a las órdenes del también compañero de profesión Benjamín Hornigold, famoso rufián donde los hubiera y, posteriormente, nombrado gobernador de New Providence (una isla que acogió a miles de piratas desde 1716 a 1726).

Aunque la vida de Hornigold bien merece un reportaje, basta decir que este hombre (el mentor de «Barbanegra») era también un viejo súbdito inglés que, en poco tiempo, adquiriría un gran poder en el mundo de los piratas. Ejemplo de ello son las palabras que le dedica Jean-Pierre Moreau en su libro «Piratas: Filibusterismo y piratería en el Caribe y en los Mares del Sur»: «Llegó incluso a planear el descabellado proyecto de reclutar a cerca de 600 hombres para hacer la guerra a los franceses y a los españoles». Era, sin duda, el perfecto maestro.

Grabado de época de «Barbanegra»- Defoe, Daniel

Según parece, Hornigold supo valorar enseguida las capacidades marítimas de «Barbanegra» -como empezó a ser conocido Edward entre la tripulación- y le otorgó a finales de 1716 el mando de un barco apresado. Un «sloop o corbeta de un solo mástil con vela y foque» (en palabras de Miguens) o una «balandra» (según explica el escritor inglés Daniel Defoe, coetáneo del pirata, en «El capitán Teach, alias “Barbanegra”»).

Este último autor recoge en su obra una de las primeras acciones del recién llegado: «En la primavera del año 1717, Teach y Hornigold zarparon de Providence hacia los mares de América, y apresaron durante el viaje un billop [¿chalupa?] de la Habana, con 120 barriles de harina, y también una balandra de Bermudas, cuyo patrón se llamaba Thurbar, al que quitaron sólo unos galones de vino, y soltaron; y un barco que iba de Madeira a Carolina del Sur, al que quitaron un botín de considerable valor».

Así continuó hasta noviembre de 1717, mes en el que capturó un estupendo navío llamado «Le Concorde». El mismo bajel que se convertiría en su buque insignia y al que cambió el nombre por «Queen’s Anne Revenge» («La venganza de la reina Ana»). Sobre esta nave existen multitud de teorías. Aunque la más extendida es la que se explica en el reportaje «El barco perdido de Barbanegra» (History Channel). En este largometraje se basan en los informes elaborados posteriormente por el capitán del bajel francés para señalar que «Le Concorde» era un buque de esclavos de apenas siete años (por lo tanto, casi recién fabricado) «que navegaba rumbo a la Martinica».

«”Le Concorde” fue un premio gordo para "Barbanegra"»«”Le Concorde” fue un premio gordo para "Barbanegra". Al ser un barco de esclavos era rápido, estaba bien armado y podía ser reconvertido en un buque de guerra más formidable si cabe», explica en el susodicho reportaje el historiador Angus Konstam. En la cubierta de este navío y junto a Hornigold, «Barbanegra» tomó decenas de presas y empezó a formajarse su propia leyenda.

Al menos, hasta 1718. «Al año siguiente, con una pequeña flota de cuatro navíos y cerca de 300 hombres bajo su mando, Teach decidió que era hora de navegar por su cuenta» señala, en este caso, la autora española.

Su aventura en solitario no le fue ni mucho menos mal. Con su propia escuadra se dedicó a robar, saquear y asesinar desde Honduras hasta Virginia (en tierras regidas por la Corona española y británica). «En tan solo un año, más de 40 naves cayeron víctimas de su piratería», completa la experta. Frers es de la misma opinión y, tras recordar que «ni españoles ni ingleses lograron capturarlo», hace hincapié en que «Barbanegra» llegó a bloquear durante una semana el gran puerto de Charleston (en Carolina del Sur).

Su creciente poder le llevó incluso a llegar a un acuerdo con el gobernador de Carolina del Norte para que este hiciera la vista gorda a cambio de su tajada de los botines. Con todo, su malvada campaña llegó a su fin en 1718, cuando fue muerto por orden del gobernador inglés de Virginia.
Así era «Barbanegra»

¿Cómo era realmente «Barbanegra»? Los historiadores le definen como un hombre gigantesco (lo que hace suponer que medía unos dos metros), fornido, y con una espesa barba negra y trenzada que le cubría una buena parte del pecho.

También destacaba por no prestar demasiada atención a la higiene. Así lo afirma Miguens, que se atreve a señalar en su libro que «Barbanegra» era repulsivo y que apestaba a sudor, ron y pólvora. Su ropa, según Fernández, tampoco estaba formada precisamente por piezas exquisitas: «En consonancia con la barba estaban los andrajos que portaba. De color oscuro incierto, por estar llenas de costras y manchas provocadas por la bebida, la inmundicia y la sangre de sus víctimas».

Por si fuera poco, «Barbanegra» solía entrar en batalla con la cabeza, literalmente, echándole humo. Y es que, para aumentar todavía más su imagen de diablo, solía colgarse del pelo (según algunas fuentes, de la barba) dos mechas de combustión lenta encendidas. En combate, estas hacían que se viera como un auténtico demonio.Combate entre «Barbanegra» y Robert Maynard, enviado para matarle- Jean Leon Gerome Ferris

Su reputación, por otro lado, era más merecida. Aquellos que más sufrían su ira eran sus enemigos. «Después de capturar un barco, asesinaba a toda la tripulación y, para robar el anillo de algún pasajero, podía llegar a cortarle el dedo», explica la autora en su obra. Pero sus aliados tampoco evitaban su furia. Se cuenta que solía disparar a la tripulación con las múltiples pistolas que llevaba colgadas de su cinturón, y que cuando uno de los marineros moría, las risas estaban garantizadas.

Otro de los pasajes más recordados sobre «Barbanegra» es narrado por el autor de su misma época Charles Johnson en su «Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas»: «Barbanegra, sin mediar provocación, sacó un par de pistolas pequeñas y las amartilló bajo la mesa. Apagó de un soplo la vela y las descargó sobre su compañía. Israel Hands, el capitán, recibió un disparo en la rodilla y quedó cojo de por vida. Al preguntarle por qué lo había hecho, respondió que sino matase a alguno de ellos de vez en cuando, olvidarían quién era».

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