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viernes, 11 de agosto de 2017

«La respuesta ya está lista»

El presidente Trump mantiene la tensión frente a las llamadas a la moderación de los secretarios de Defensa, James Mattis, y de Estado, Rex Tillerson
El dictador norcoreano, Kim Jong-un y el presidente de EE.UU., Donald Trump - AFP

La creciente escalada de amenazas entre Donald Trump y el dictador norcoreano Kim Jong-un se ha convertido en una carrera por pronunciar la última palabra. Tras el provocador anuncio de Pyongyang de que disparará este mismo mes un misil a la isla de Guam, estratégico territorio estadounidense con dos bases militares, el presidente norteamericano lanzó a primera hora de este viernes desde su cuenta de Twitter: «Las soluciones militares están completas y listas, por si Corea del Norte actúa de forma insensata. Espero que Kim Jong-un encuentre otra solución».

La estrategia de Trump de mantener la máxima tensión, como forma de sacar a China de la inacción con Pyongyang, se muestra cada vez más singular. Al pacificador lenguaje de su secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha sumado el del propio jefe del Pentágono, Jim Mattis, quien, después de recordar al enemigo norcoreano que una guerra sería «el fin del régimen y la destrucción de su gente», se aferra a la necesidad de encontrar soluciones políticas: «La diplomacia está trabajando», repetía el viernes, en aparente apoyo de su compañero de Administración.

La sideral distancia en el tono y las palabras de Trump y Tillerson ofrece dos interpretaciones entre los exégetas políticos de Washington. La bondadosa sitúa a Trump como «poli malo» y a Tillerson como «poli bueno», en un reparto de papeles que, improvisado o no, puede llegar a beneficiar a Estados Unidos, frente a una amenaza permanente de Corea del Norte que ningún presidente ha sido capaz de neutralizar. Dado el carácter de Trump, nada extraña que, cambiando los habituales roles, sea el presidente quien muestra la cara perversa, y su secretario, el rostro amable.


Pero, para otros analistas, no hay más lectura que la caótica manera con que este inquilino de la Casa Blanca encara cada encrucijada, en la que coordinación con sus departamentos brilla por su ausencia. A esta interpretación contribuye el entorno de Trump, abiertamente crítico con la postura de Tillerson en la crisis con Corea del Norte.
Contra Tillerson

Uno de los dardos lo lanzó ayer el asesor del presidente, Gorka Sebastian, quien limitó el ámbito de actuación del secretario de Estado, en medio de la escalada prebélica: «La idea de que el secretario Tillerson va a discutir sobre una posible acción militar en Corea del Norte simplemente es un sinsentido. Ese no es su mandato». Con algo más de diplomacia, como corresponde a la portavoz del Departamento de Estado, Heather Nauerttampoco quiso responder a si hay o no un reparto de papeles entre el presidente y Tillerson, y salió del atolladero con una frase tan obvia que no augura nada bueno: «Nuestra política es la misma dentro de la Administración».

La insistencia de Trump en tensar la cuerda frente a Pyongyang se mantiene, pese a la reciente victoria diplomática del Departamento de Estado, mediante su embajadora en Naciones Unidas, Nikki Haley. Por primera vez en muchos años, Estados Unidos logró la semana pasada que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobara por unanimidad, sumando a China y Rusia, un paquete de sanciones económicas, como castigo a los últimos lanzamientos de misiles a cargo del régimen norcoreano. El éxito del último de ellos confirmó que, después de años de desafíos a la comunidad internacional, sus proyectiles balísticos intercontinentales pueden alcanzar ya el estado de Alaska, aunque no aún el resto del territorio estadounidense.
Cabezas nucleares

La información de los servicios secretos con la que cuenta Trump añade que Pyongyang ya ha conseguido fabricar pequeñas cabezas nucleares, que puede insertar en los misiles. Que es tanto como reconocer que el régimen cada vez está más cerca de su gran objetivo, el que quiere evitar a toda costa Estados Unidos, el que también rechazan Rusia y China y el que incluiría a Corea del Norte definitivamente en el club de las potencias nucleares.

Impedirlo es la principal motivación tras las andanadas verbales de Trump contra Kim Jong-un, la tercera de las cuales llegaba ayer, después de plantearse que quizá no había sido suficientemente dura su amenaza de descargar en Corea del Norte «furia y fuego como nunca se ha visto antes».

Mientras crece la preocupación por un posible conflicto bélico sin precedentes, que alinea a las principales potencias entre las críticas con el lenguaje de Trump, como Alemania, con la canciller Merkel al frente, y las que le apoyan, como el Reino Unido, la isla de Guam se sitúa en el peor de los supuestos.

Con ayuda de su gobernador, Eddie Calvo, el departamento de Seguridad Nacional hace llegar desde ayer a sus más de 160.000 habitantes un comunicado con recomendaciones de seguridad para «el caso de un ataque con misiles».