Los espectaculares avances de la inteligencia artificial y la robótica abren un gran debate global y suscitan miedo a pérdidas masivas de empleos

El día que en Davos se habló de Terminator






No existen en el mundo muchas cabezas más poderosas que la del enjuto Lee Sedol, un surcoreano de 34 años, catorce veces campeón mundial de Go, el juego más complejo que jamás haya ideado el hombre, inventado por los chinos hace 2.500 años. Sus exegetas proclaman que una partida de Go ofrece más combinaciones que átomos tiene el universo. Lee, con su flequillo cortado a la taza, es de sonrisa fácil y casi constante. Pero en marzo del año pasado se le veía desencajado sobre aquel escenario de Seúl. Deep Mind AlphaGo, un proyecto de la filial de inteligencia artificial de Google, acababa de vapulear al campeonísimo por 4-1.

«No ha sido una derrota de la humanidad. Ha sido una derrota mía», declaró perplejo y con humildad el soberano del Go, destronado por una máquina. Los creadores del programa también estaban sorprendidos: «No esperábamos que resultase tan fácil».

Unos meses antes, el 6 de mayo de 2015, el gobernador de Nevada, el hispano Brian Sandoval, firmó alborozado la licencia que daba permiso para circular por las autopistas del Estado a un camión semi-automático construido por Daimler. El vehículo todavía necesita la presencia testimonial de un ser humano tras el volante, pero con su sistema de radares, cámaras y sensores y su poderoso software controla la velocidad, elige carril y lo mantiene, respeta la distancia de seguridad y frena ante obstáculos o atascos.
Los vehículos autónomos dejarían sin trabajo a los conductores, hoy primer sector de empleo en 29 estados de EE.UU.


En realidad no falta nada para que el camionero sea totalmente accesorio. Queriendo, tal vez se podría prescindir ya de él. ¿Sería una mala noticia? No para la seguridad. Los investigadores estiman que con vehículos conducidos por máquinas los accidentes se reducirían un 90%.

En el mundo anglosajón se repite un chascarrillo: ¿Cuáles son las tres potencias mundiales? «Pues Estados Unidos, China… y Google». La multinacional informática, hoy un conglomerado rebautizado como Alphabet, ha presentado sus resultados esta semana: un 20% más de ingresos y beneficios. Las ganancias han ascendido a 18.257 millones de euros. Entre sus proyectos estelares, amén de la realidad virtual, está convertirse en los líderes de los vehículos autónomos, los coches y camiones que andan solos. Google, que nos parece algo de siempre, solo tiene 18 años de historia. Sus fundadores, los ingenieros Larry Page y Sergey Brain, crearon su buscador como un proyecto académico en su cuarto de la universidad californiana de Stanford. A sus 43 años, se esfuerzan por conservar cierto aire de bondadosos tardo adolescentes. Pero sus pasos a veces suscitan dudas.

En 2014, Google compró por 500 millones dólares Deep Mind, una ingeniosa compañía de un grupo de emprendedores inglesesespecializados en inteligencia artificial (AI, por sus siglas anglosajonas). Lee Seoul ya no se come un rosco contra ellos, pero también podrían caer derrotados muchos trabajadores de todo el orbe.

Algo tan básico como conducir es la actividad quegenera más puestos de trabajo en 29 delos 58 estados de EE.UU. Casi nueve millones de estadounidenses ejercen de camioneros y tareas similares. Es de los pocos empleos que con una baja cualificación académica permite llevar una vida buena. 

¿Qué sucede si triunfa el camión sin conductor?
¿El software está salvando al mundo?

Hay más preguntas: ¿El software está salvando al mundo o se lo está comiendo? ¿Existe una amenaza Terminator para la humanidad? ¿Sustituirán las máquinas más sofisticadas, dotadas de AI, a la labor humana y harán a la población redundante? Como diría el sabio Umberto Eco, a la hora de responder hay apocalípticos e integrados, pero lo indudable es que el debate palpita.
En Davos se pidió a los gigantes de Silicon Valey que tengan en cuenta a los «refugiados digitales» que dejará atrás la robotización

En la última cumbre de Davos no solo se habló de Trump y Brexit. La Inteligencia Artificial fue uno de los asuntos recurrentes. A la sombra de las montañas suizas se recordó a Amazon, Apple, Google y Microsoft, los cuatro jinetes –aún no se sabe si de la pitanza o del apocalipsis- que su carrera puede dejar a millones en las cunetas. El pensamiento mundial demandó soluciones a los ejecutivos de Silicon Valley. Algunos reconocieron el problema, como Ginni Rometty, la presidenta de IBM: «No hay nada que nos preocupe más a todos nosotros que el hecho de que la tecnología cree desigualdad y concentre la riqueza en manos de unos pocos».

La AI se define como la capacidad de un sistema informático para desarrollar tareas complejas normalmente reservadas a los humanos, con tomas de decisiones que son resultado de la valoración de varias opciones. Los avances están yendo mucho más rápido de lo esperado. «Cualquier cosa que requiera menos de diez segundos de pensamiento podrá ser hecha por la AI», se escuchó en Davos. Se teme que esa aceleración de las prestaciones de la Inteligencia Artificial cree unos nuevos parias, «los refugiados digitales». Las máquinas están alcanzando tal capacidad que preocupa su impacto en las personas. A los trabajos fabriles perdidos en Occidente por la globalización se sumarían los de la automatización.

El instituto del banco japonés Nomura y la Universidad de Oxford estima que en 20 años la mitad de los trabajos actuales en Japón podrían ser desempeñados por robots. Empleos como bibliotecario, contable o hasta camarero podrían quedar a cargo de las máquinas (eso sí, no contarían chistes ni cotilleos). Se llega a hablar de robots compitiendo en el mercado del sexo.

La mecanización del siglo XX se llevó por delante empleos de cuello azul, de obrero. Pero ahora la amenaza alcanzaría a los de cuello blanco. La cualificación emerge como la mejor defensa, porque la tecnología se aliará con los más preparados. También tendrán más longevidad los trabajos donde pesa el factor humano, como vendedor, motivador de equipos, cuidador.
«La inteligencia artificial puede significar el fin de la raza humana», ha llegado a advertir Stephen Hawking

Mirando la botella medio llena, frente a tanto pesimismo maltusiano cabe recordar que cuando aparecieron los primeros ordenadores se decía lo mismo y hoy constituyen un inmenso motor de riqueza y trabajo. La tecnología generó más empleo del que destruyó. Pero científicos como Stephen Hawking ya viven en Matrix. Temen un futuro salido de una pesadilla de ciencia-ficción: «La inteligencia artificial puede significar el fin de la raza humana. Las máquinas podrían tomar el control y rediseñarse a sí mismas para desbancar a los humanos». El sudafricano Elon Musk, el genio de Tesla, pionero del coche eléctrico, el padre del PayPal para el pago con tarjeta, concuerda: «Con la AI estamos invocando al demonio. Puede ser más peligrosa que las armas nucleares».

El avance de las máquinas en puestos humanos es imparable. Basta con observar con atención nuestra cotidianidad: los seres humanos cobrando en las autopistas empiezan a ser una curiosidad, los supermercados o los quioscos de los aeropuertos suplen a los dependientes con hileras de autopago. La asistente Siri acuesta, despierta y guía por las carreteras a muchos usuarios del iPhone. Facebook reconoce los rostros mejor que los seres humanos. Su algoritmo radiografía nuestro yo, nuestras querencias más íntimas, hasta extremos casi inquietantes.

«Estamos llegando al momento en que las máquinas podrán superar a los humanos en casi todas las tareas», advierte Moshe Vardi, un científico especializado en computación de la Universidad de Texas, que cobró fama con su intervención en una reunión de la Asociación Americana de la Ciencia. Vardi se hace la pregunta crucial que habrá de confrontar la humanidad: «Si las máquinas son capaces de hacer casi todo el trabajo que podemos hacer nosotros, entonces, ¿qué harán los humanos?».

Google, Facebook, IBM o Microsoft invierten cada año inmensas cantidades en sistemas de AI. El beneficio económico para ellos es obvio (Google tercera potencia mundial). Una propuesta optimista comienza a bullir en el debate: las ganancias que generará el desarrollo de las máquinas serán tales que podría instaurarse una renta básica universal del Estado. Finlandia ya lo está estudiando y hasta hace cuentas: 800 euros al mes libres de impuestos para cada ciudadano (52.000 millones de coste para las arcas públicas cada año). Como peaje se suprimiría el resto del Estado del bienestar. En Utrecht, en Holanda, se abordan estudios similares.
Estamos llegando al momento en que las máquinas podrán superar a los humanos en casi todas las tareas

Pero también aquí surge una traba: aunque los beneficios de la robotización permitiesen que parte de la humanidad no trabajase, ¿no sería eso privarnos de algo connatural al ser humano y que colma muchas veces nuestras vidas?

Esperanzados por el porte amistoso y descorbatado de los plutócratas de Silicon Valley, en Davos se recordó que bastaría una fracción de los beneficios de una veintena de compañías tecnológicas para resolver el problema de los empleos que se usurparía la AI. ¿Pero a la hora de la verdad serían tan filantrópicas esas multinacionales? El modo en que han esquivado a las haciendas nacionales en la UE con alambicados ejercicios de ingeniería fiscal invita al escepticismo.

Mientras Trump y May, personas del siglo XX, abanderan con mirada antigua el proteccionismo y los Estados nacionales, la humanidad más avezada del siglo XXI ya está en otros debates. Al final, la verdadera amenaza para los empleos de esos votantes estadounidenses desesperanzados que han votado a Trump podrían no ser los mexicanos, sino los robots.

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