Los talibanes podrían alcanzar pronto una victoria bélica e instaurar la fórmula del «califato» que está a punto de perder Daesh

¿Por qué ha cambiado Trump sobre Afganistán y ahora quiere ganar la guerra?


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Como ciudadano y como candidato a la Casa Blanca, Donald Trump siempre mantuvo su opinión de que Estados Unidos tenía que abandonar del todo Afganistán, donde desde hace 16 años el Ejército norteamericano libra la guerra más larga de sus Historia. El pasado lunes, el presidente cambió de modo radical de opinión y anunció su intención de aumentar el contingente militar norteamericano en Afganistán «para ganar la guerra».

¿Qué fórmula distinta propone Donald Trump para derrotar a los insurgentes talibanes? Todos los presidentes que le precedieron utilizaron los medios clásicos: el palo y la zanahoria, la guerra y la presión diplomática sobre los señores de la guerra afganos y los gobiernos vecinos. El premio Nobel de la Paz Barack Obama utilizó incluso una técnica similar a la del napalm vietnamita: elevó el número de tropas hasta los 100.000 soldados (el «surge» como eufemismo), hasta que tuvo que reconocer que no podía matar hasta el último talibán y optó finalmente por la retirada militar casi completa. Cuando dejó la Casa Blanca, en enero pasado, había 8.400 militares norteamericanos en Afganistán.

Trump dijo el pasado lunes que su cambio de postura se debe a los intensos encuentros que ha mantenido con su Gabinete y con los generales. Estados Unidos no puede permitirse perder la guerra, porque -vino a decir- ganarla es la única manera de asegurar la paz en esa región del mundo. Los talibanes impusieron su régimen de terror en los años 90, y después de sus progresivos avances en los últimos meses pueden regresar en poco tiempo a reinar en Kabul. El ejército afgano está desmoralizado, y las luchas de poder entre los señores de la guerra progubernamentales mantienen en vilo al Gobierno de Ashraf Ghani.

Según Kabul, los talibanes controlan el 35 por ciento del país, aunque en unas declaraciones al «New York Times» el general Qahraman -hasta el año pasado enviado de Kabul en la provincia de Helmand- afirma que en realidad controlan el 60 por ciento. En el último año su progresión ha sido inapelable. Si los rebeldes islamistas no controlan aún ciudades grandes se debe solo a la intervención de la aviación norteamericana y sus tropas de élite.

Donald Trump solo dijo dos o tres cosas vagas sobre la nueva estrategia. Habrá de nuevo guerra, subirán en breve los contingentes norteamericanos (según la filtración del Pentágono en un primer momento se enviarán 4.000 militares más a Afganistán), y habrá presión diplomática. El dedo de los ministros de Trump apunta a Pakistán: o pone más medios para evitar que los talibanes tengan en ese país un refugio seguro, o se cortará la sustancial ayuda militar norteamericana al régimen de Islamabad.

Afganistán no debe caer de nuevo en manos de los fundamentalistas. El consenso en Washington es general. Además del golpe al prestigio y el peso de Estados Unidos en toda la región, la caída de Kabul supondría la creación de un nuevo «califato», justo cuando se pretende eliminar por vía militar el de Daesh en Irak y Siria. Afganistán se convertiría en el gran almacén mundial de opio y heroína -negocio que explica la excelente situación financiera de los rebeldes- y su contagio a Pakistán, potencia nuclear, sería casi irremediable.

El problema que subrayan los analistas se refiere a la levedad, o más bien, ambigüedad, del plan presentado por Donald Trump, que podría estar motivada por el expreso deseo de sus generales de no dar pistas al enemigo.
FRANCISCO DE ANDRÉS

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