La tecnología está modificando nuestra relación con el trabajo. Dos ensayos económicos se plantean cómo será un mundo donde las máquinas, tal vez, sustituyan a los hombres

¿Estamos preparados para un mundo sin trabajo?
Durante una exposición de tecnología en Tokio, la robot humanoide HPP-4C se confunde con unas bailarinas de carne y hueso

La robotización, sus consecuencias sobre el mundo del trabajo y sobre las finanzas públicas, así como las posibles respuestas para hacer frente a esos retos aún son cuestiones que no han entrado en el debate político, pero cada vez están más presentes en el mundo académico y las estanterías de las librerías van llenándose de títulos que las abordan con tintes más o menos apocalípticos, y con mayor o menor actitud militante a la hora de aportar posibles soluciones.

«La riqueza de los humanos. El trabajo en el siglo XXI» (Ariel), de Ryan Avent, editor y redactor de «The Economist», e «Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo» (Malpaso), de Nick Srnicke y Alex Williams, coinciden en su diagnóstico sobre lo que ocurre. Avent escribe: «La automatización, la globalización y el aumento de la productividad de un número reducido de profesionales altamente cualificados se están combinando para generar una abundancia de mano de obra: un exceso de humanos. En la lucha por digerir este océano de posibles trabajadores de unas dimensiones sin precedentes, la economía global está fracasando de una manera preocupante. Ya no es posible confiar en que la institución del trabajo, la otra pieza esencial de la infraestructura social, aparte de la familia, colme las funciones esenciales de los seres humanos: desde la ordenación de nuestros días hasta la distribución del poder adquisitivo o el refuerzo de los lazos sociales, que se nutren cuando las personas sienten que realizan aportaciones positivas a la comunidad».

Srnicek y Williams realizan una enmienda a la totalidad a las afirmaciones de que «otros trabajos se crearán para compensar los que desaparecen»: en su opinión, no es sólo la crisis la que merma el número de puestos de trabajo o el que ha disparado «la población excedente», sino que las estadísticas laborales de largo plazo muestran que son fenómenos estructurales. También son sintomáticas de este problema cuestiones menos cuantificables, como la creciente precariedad, que responde al menor poder de negociación del factor trabajo como consecuencia del exceso de su número, así como las recuperaciones económicas sin empleo, que cada vez son más largas, y que son palpables en el aumento del paro de larga duración.

Las ciudades más ricas acaban convirtiéndose en el coto privado de las élites tecnológicas

Tanto Avent como Srnicek y Williams muestran en sus respectivos libros sus hipótesis de futuro. El primero describe: «La economía y la sociedad intentarán ajustarse. Tal ajuste implicará un aumento de las desigualdades, un estancamiento del salario para muchos trabajadores y una conexión cada vez más tenue y desdibujada con el mundo laboral para muchos otros. Es poco probable que los trabajadores acepten estos problemas con los brazos cruzados. Algo tiene que ceder. O bien la sociedad hallará los modos de apuntalar el empleo o desarrollar sustitutos para éste, o bien la mano de obra utilizará el sistema político para socavar las fuerzas que perturban el mundo».

Parados, inmigrantes

La realidad que nos dibujan Srnicek y Williams está formada por una precariedad creciente, recuperaciones sin empleo, población creciente en los barrios pobres por la automatización del trabajo no especializado en los servicios y la desindustrialización prematura, la marginalidad urbana, la transformación de la educación superior en una formación para el empleo en un intento desesperado por incrementar el suministro de trabajadores muy especializados, crecimiento lento que no favorecerá la creación de nuevos puestos de trabajo, y mayores controles coercitivos para parados e inmigrantes.

Pero se puede cambiar el rumbo y ambos libros muestran caminos alternativos, además de sus dificultades. Avent apunta que si no hay trabajo para todos, la prosperidad humana ya no consiste en que las instituciones garanticen que todos los trabajadores se beneficien de la expansión económica, sino en idear nuevos mecanismos que velen por la población que no trabaja porque su labor ya no es necesaria para el crecimiento económico. Con una posición militante, Srnicek y Williams apuntan: «El proyecto político de la izquierda del siglo XXI debe ser construir una economía en la que la gente ya no dependa del trabajo remunerado para sobrevivir». Y dibujan toda una propuesta que pasa por una economía plenamente automatizada (abominan de la tecnofobia de algunas posiciones de izquierda) que libere a los humanos del trabajo, la reducción de la semana laboral sin rebaja de salario, y un ingreso básico universal que otorgue a todos los ciudadanos, sin condiciones, una cantidad de dinero con la que puedan vivir.

La realidad que nos dibujan Srnicek y Williams consiste en una precariedad creciente

Srnicek y Williams analizan las dificultades: las que plantea la economía, es decir, fundamentalmente su financiación, son más fácilmente superables que las ideológicas, como el valor que se otorga al trabajo o la idea de que una prestación no puede darse a cambio de nada. Avent coincide: «Cuesta imaginar una sociedad que decida proporcionar vidas ricas a adultos aptos para el trabajo no por lo que hayan hecho sino porque tienen derecho a una vida rica». Avent apela a razones económicas para defender la renta básica o transferencias más generosas a los trabajadores, como salarios mínimos más elevados o la fijación de ingresos mínimos vitales: «Para escapar de un mundo con una debilidad crónica de demanda y con crisis recurrentes (del estancamiento secular, en definitiva), el poder adquisitivo debe canalizarse a las manos de quienes están dispuestos a gastar e invertir». Y quienes mayor propensión tienen el consumo son los ciudadanos con rentas más bajas.

Demagogos

Esta potente redistribución generará conflictos, según Avent. Especialmente en sociedades heterogéneas. Por eso, se pregunta si en el futuro los Estados tenderán a una homogeneidad que propicie la redistribución o si continuarán siendo desiguales, no distributivos y, por tanto, vulnerables a las pasiones de los demagogos. Pero ese problema nace incluso antes de que se hable de grandes iniciativas redistribuidoras: ante el exceso de mano de obra a nivel global, existe la tentación de cerrar las fronteras.

A propósito de esta cuestión, es interesante el análisis que realiza Avent respecto a los países emergentes, una de las principales fuentes de la sobreoferta laboral a nivel mundial. Y ahora atraviesan un momento difícil: su inserción en el mercado global fue débil, precaria, formando parte de puntos concretos de la cadena de suministro y la robotización y la repatriación de fábricas están provocando su desindustrialización prematura. Ello le da pie a Avent a contar las razones de la prosperidad continuada de los países ricos y de las causas de la pobreza de los pobres, que de vez en cuando registran estallidos fugaces de crecimiento.

También describe el ecosistema especial de las ciudades más ricas que acaban convirtiéndose en el coto privado de las élites tecnológicas y que supone el caldo de cultivo ideal para las empresas más punteras. En un mundo en el que, en teoría, merced a la tecnología, el lugar físico en que uno se encuentre debería ser irrelevante, éste sigue siendo importante, debido al capital social que se crea en determinados lugares y que determina su éxito, lo que explica el poder de atracción que ejercen (primero el norte del globo y, a continuación, dentro de éste, determinadas ciudades, más que países) a poblaciones foráneas.

Los errores

Frente a tentaciones egoístas, la visión que proporciona Avent sobre la riqueza humana pretende ser una vacuna: «La riqueza de los humanos es social. En cambio, la distribución de esa riqueza no descansa en los mercados ni en las percepciones sociales de quién merece qué, sino en la capacidad de los poderosos de utilizar su poder para retener la máxima proporción posible del valor que la sociedad genera. Las personas no crean sus propias fortunas. Las heredan, las obtienen por el desempeño de una profesión en un nicho muy protegido por el Estado o, si son muy inteligentes y muy afortunadas, la consiguen imbuyendo a un grupo concreto de hombres y mujeres el germen de una idea que, con el tiempo y en el entorno adecuado, permite que ese grupo evolucione y se convierta en un organismo capaz de crear valor económico, una parte amplísima del cual el fundador puede reclamar para sí mismo». Por eso, según Avent, «los trabajadores menos productivos tienen derecho a la redistribución de la riqueza tanto porque el desequilibrio desmedido de las rentas es y debería ser una afrenta a nuestro sentido de la justicia económica como porque todos los miembros de una sociedad contribuyen, de modos que no siempre resultan perceptibles, a su sostenibilidad».

Pero se puede cambiar el rumbo y ambos libros muestran caminos alternativos

Si Avent plantea los problemas y los dilemas a los que se tendrá que enfrentar la sociedad del futuro (cercano). Srnicek y Williams se extienden en qué ha de hacer la izquierda para crear conciencia de que el suyo (la guía que propone el libro para inventar el futuro antes de que éste caiga sobre la humanidad por su propio peso) es el mejor plan. Señalan, para ello, los errores de los últimos movimientos sociales, desde el «Occupy Wall Street» a las experiencias colectivistas de Argentina durante la crisis, pasando por los experimentos de economía y consumo localistas, a los que acusan de haber incurrido en una «política folk», sin ambición hegemónica, que promueve el escapismo o las soluciones éticas individuales. Y plantean como modelo estratégico el que siguió el neoliberalismo (o la economía neoclásica, un concepto menos cargado ideológicamente) para irse imponiendo. Su poder comenzó gestándose en un ambiente nada propicio, cuando el keynesianismo dominaba la práctica y la teoría económica. Pero, cuando entró en crisis, en los setenta, los neoclásicos ya estaban preparados para tomar el relevo sin que prácticamente nadie les discutieran. En esas tres o cuatro décadas que mediaron entre la construcción de la utopía liberal contra el colectivismo y su puesta en práctica, los intelectuales liberales entraron en la universidad y en los centros en los que se formaban las élites y divulgaron sus ideas en los medios de comunicación. Fueron lentamente, sin prisa, pero sin pausa.

Alternativas

En esta frase de Milton Friedman que recogen Srnicek y Williams se resume todo: «Sólo una crisis, real o percibida, da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se lleven a cabo dependen de las ideas que existan en ese momento. En mi opinión, ésa debe ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y disponibles hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable». Con ese modelo de difusión ideológica tan potente que se convirtió en el nuevo sentido común, Srnicek y Williams apuntan: «Así como la Sociedad Mont Pelerin auguró la crisis del keynesianismo y preparó un conjunto integral de respuestas, la izquierda debería prepararse para la siguiente crisis del trabajo y las poblaciones excedentes». ¿La izquierda o toda la humanidad?

Mercado laboral cambiante

Por otro lado, Lynda Gratton y Andrew Scott, ambos profesores de la London Business School, en «Vivir y trabajar en la era de la longevidad. La vida de 100 años» (Verssus) abordan los retos del aumento generalizado de la longevidad, pero sin obviar que en este proceso también hay desigualdad (los ricos aumentan su esperanza de vida, mientras que los pobres, incluso los de los países desarrollados, no tanto). Aunque en la obra señalan el papel que tendrán que desempeñar los Gobiernos para afrontar esta realidad y abogan por que se diseñen prestaciones no tan enfocadas a la vejez, como en la actualidad, sino en toda la vida de las personas, y lo mismo en la industria financiera, que debería flexibilizar su oferta de productos complementarios a la jubilación, para adaptarla a las nuevas circunstancias, el libro pone el foco en los individuos, en cómo deberán prepararse para gestionar su vida de otra manera, porque ya no valdrá el esquema clásico de la existencia humana dividida en tres etapas: la niñez y la juventud dependientes, la edad adulta trabajando de manera ininterrumpida en lo mismo y habitualmente en una sola empresa, y una cómoda jubilación con una prestación suficiente combinando los ahorros de una vida con una digna pensión pública.

Gratton y Scott hablan de que el ser humano será más longevo y ello conllevará una vida laboral más larga. También será menos previsible y más dependiente de nuestra planificación y nuestras decisiones. Además, estará sujeta a un mercado laboral cambiante, con a una mayor natalidad y mortalidad de empresas, que serán cada vez más ligeras, más etéreas, y en las que podrían dominar puestos de trabajo de la más alta cualificación y de la más baja, mientras se van disolviendo los puestos medios, si es que prosigue la tendencia actual, lo que deriva en, y ya es la segunda vez que aparece, una desigualdad creciente, en esta ocasión, de rentas.

Un caudal de vacantes

¿Será posible trabajar durante más tiempo en un mundo con empleo cada vez más escaso? En realidad, este libro no se adscribe a las visiones apocalípticas sobre el empleo, al contrario. Los autores creen que la retirada de las generaciones más abundantes, las del «baby boom», traerá consigo que aflore «todo un caudal de vacantes» en el mercado laboral. El optimismo de los autores llega al punto de afirmar: «En lugar de preocuparnos por los robots y de que nos roben nuestros trabajos, deberíamos estar encantados de que lleguen justo a tiempo para compensar a una lánguida población trabajadora y para mantener la producción y los niveles de vida y de productividad».

Pero, si el libro niega el apocalipsis laboral, que haya empleos para todos no va a implicar una vida cómoda y tranquila, sino de continua reinvención, de etapas diferentes, unas con mayor peso de la acumulación de recursos financieros (de ahorrar y gastar poco para las épocas de vacas flacas), otras en las que el individuo se analizará, redescubrirá y reinventará, y también otras en las que el mundo de los afectos cobrará más protagonismo. Unas en las que uno trabajará por cuenta ajena, otras, en las que se convertirá en emprendedor, muchas veces sólo por experimentar, sin afán de engordar la cuenta corriente, sino el currículum de sustanciosas líneas y para cuidar la propia imagen y generar buena opinión en los demás, buena reputación. Sembrar, para luego recoger en forma de un gran puesto en una buena empresa. Los autores hablan, de hecho, de la creciente importancia de la creación de una marca personal en las redes sociales reales y virtuales.

«La sociedad del riesgo» de Ulrich Beck y la realidad líquida de Zygmunt Bauman subyacen durante todo el libro, voluntaria o involuntariamente. Aunque con menos dosis de angustia. Pero, pese a que los autores de este libro no son pesimistas, a veces sí reconocen que, quizás, la vida de ahora en adelante será menos relajada: habrá que estar siempre alerta.

Como la vida comenzará a estar dominada por el cambio, los autores hacen hincapié en la importancia de los valores transformacionales, más allá de los productivos (preparación y habilidades) o los vitales (salud física y mental, básicamente), como el conocimiento de uno mismo, el acceso a redes diversas de amigos y conocidos, la apertura a nuevas experiencias... Si la vida de tres etapas era predecible y cierta, ahora se puede (y debe) elegir no una sino varias veces qué camino tomar, por lo que hay que estar preparado para ir construyendo diferentes identidades en cada una de las distintas etapas vitales.

Esa continua reinvención va a provocar que se borren los prejuicios y los papeles asignados a cada edad: «junior» no va a ser equivalente a joven ni «senior» a madurez. Ello va a implicar una transformación del sistema educativo para que sea capaz de formar en cualquier momento de la vida. Y también de las empresas, para que sean capaces de adaptarse a esa mayor flexibilidad que requerirán los trabajadores.

Además de liquidarse los prejuicios respecto a la edad, se prevé que el nuevo mundo borre los papeles asignados por género

Además de liquidarse los prejuicios respecto a la edad, se prevé que el nuevo mundo borre los papeles asignados por género. Y esto último, posiblemente, porque en el seno de la familia se auguran cambios: la pareja tendrá que organizarse para que las etapas en que esté cada uno se compensen con las del otro, que uno se reinvente cuando el otro acumula recursos económicos, que uno se dedique a cuidar los afectos cuando el otro está viviendo uno de los momentos estelares de su carrera. En este mundo cambiante y de necesidades económicas crecientes la corresponsabilidad financiera y familiar va a ser un mandato ineludible si no se quiere dañar la carrera laboral y económica o a la trayectoria vital.

Los innovadores sociales, los que ya son conscientes de que van a tener que vivir de manera distinta y trabajar durante más tiempo, son los que actualmente se encuentran entre los 20 y los 30 años. Ellos son los de la economía colaborativa; los que no son partidarios de comprar, sino de pagar por usar; los de la experimentación; los de la educación extendida hasta los 30 años; los de la aventura; los del escaso compromiso… Los autores hablan de que han optado por ese camino porque tienen escrito en el ADN que van a vivir 100 años. Sugieren que responde a su libre elección, no a las circunstancias laborales y económicas que les obligan a adoptar esa manera de vivir. En todo caso, contrastan esa forma de vida con la de quienes nacieron en el año 1945, que tenían claramente una vida estructurada en tres etapas; o los que nacieron en los años setenta, que habían pensado replicar la vida de sus padres, pero se dan cuenta de que nada es como antes y tienen que reinventarse mediados los cuarenta, hacerse emprendedores o reciclarse y saltar otra vez al mercado de trabajo.

Quizás, uno de los valores añadidos que aporta el libro es la narración (y simulación) de las diferentes estrategias financieras y laborales de tres personas pertenecientes a esas tres generaciones. Para quienes nacieron en los setenta puede resultarles de ayuda para ver cómo adaptan su vida a los cambios que no habían previsto. Y para los más jóvenes, para imaginar una vida llena de aventuras que casi siempre acaban bien. Para los mayores, para comprobar cómo el mundo en que ellos vivieron se desmorona. Pero, en todo caso, son historias vitales de personas a las que las cosas les salen bien. Son personas -son ficticias, por lo que hablaremos de arquetipos-, a las que, sin quitarles méritos, la vida les ha dado herramientas, formación, iniciativa, contactos. Dejamos para otro libro la reflexión sobre qué vida les espera a quienes vivan cien años y no tengan tanta suerte.
CRISTINA VALLEJO 

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