Lo que más daño nos produce la mayoría de las veces, no es la situación que enfrentamos, sino la manera en que la interpretamos y respondemos ante ella

Comencemos a vivir libres del pasado





La vida es muy corta como para quedarnos atrapados en el miedo, en la tristeza, en la culpa, en el arrepentimiento o en el dolor que nos causa una experiencia ya vivida. Si ya trascurrieron apenas unas horas de ese evento, ya forma parte del pasado, y deberíamos sentirnos dispuestos a superarlo.

Últimamente estamos rodeados de información que hace referencia a la importancia que tiene mantener nuestra salud emocional. También leemos o escuchamos comentarios como: vivir el duelo para reconocer y expresar nuestros sentimientos; pasar la página para dejar atrás el pasado; perdonar para sanar nuestras heridas afectivas y liberarnos del resentimiento y el dolor; soltarnos de la culpa reconociendo nuestros posibles errores y mostrándonos dispuestos a aprender de ellos para no repetirlos; aceptar la situación como se presenta para transformarla cuando llegue la oportunidad; manejar la frustración para que en lugar de buscar culpables, nos pongamos en acción para encontrar soluciones; afrontar el temor para mirarlo de frente y superarlo, sin dejar que se haga más grande en nuestra mente... que a manera de herramientas de vida, pueden ser muy terapéuticas al momento de querer liberarnos de las emociones y los pensamientos negativos que albergamos, producto de alguna situación del ayer, que terminan convirtiéndose en el mayor enemigo de nuestro bienestar.

Lo que más daño nos produce la mayoría de las veces, no es la situación que enfrentamos, sino la manera en que la interpretamos y respondemos ante ella. Por eso, mi herramienta estrella para recuperar el balance, la serenidad, la alegría y la felicidad es... dejarlo ir.

Sé perfectamente que no es sencilla de usar, porque estamos llenos de creencias, ideas y prejuicios que nos obligan, desde adentro, a permanecer amarrados al sufrimiento que nos produjo lo sucedido, llegando hasta el punto de no solo convencernos a nosotros mismos de lo grave e imposible de aceptar o de superar, sino que, incluso, cuando otra persona trata de ayudarnos, nos negamos, nos resistimos, nos sentimos incomprendidos y hasta no queridos por aquel que parece no comprendernos.

Cuando algo ocurrió, no hay manera de cambiarlo. Es decir, todo ese proceso mental y emocional que vivimos mientras estamos conectados al recuerdo de lo ocurrido es un desgaste injusto e innecesario que sufrimos, por cuenta ya no de lo ocurrido sino de nuestra negativa a dejarlo ir.

Si tan solo pudiéramos aceptar lo que pasó y luego distraer la mente lo suficiente como para no quedarnos atrapados en ese círculo negativo, de darle vueltas una y otra vez en nuestra cabeza a lo que pudimos hacer para evitar que sucediera, seguramente podríamos tomar acciones para afrontarlo y resolverlo de manera asertiva. Al final, habríamos acortado nuestro tiempo de sufrimiento, logrando aprender algo de esa experiencia para ganar fortaleza, madurez, sabiduría y sobre todo la capacidad de recuperar nuestra paz.

Esos momentos en los que nos sentimos culpables, atemorizados, adoloridos, abandonados, frustrados, engañados en fin, vulnerables , son siempre una oportunidad de poner en práctica las herramientas que hemos adquirido a lo largo de la vida con la intención de superar los momentos difíciles y hacerlos parte de nosotros, sin que nos marquen profundamente.

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