Revelan por qué el Mossad no capturó al nazi Mengele en 1968 aunque estaba a tiro. Cuando cambió de opinión, ya era demasiado tarde


Joseph Mengele -


No parece algo diáfano el motivo por el cual la agencia de espionaje de Israel denominada Mossad dejó escapar a uno de los hombres que más dolor causó a su pueblo. Se habla de Josef Mengele, el doctor nazi que entre sus variopintas tareas contaba la de elegir qué nuevos reclusos de Auschwitz iban directos a la cámara de gas y cuáles reservaba para poder experimentar con ellos.

Cuando el Mossad poseía un archivo de miles de páginas y documentos en el que se reunían todas las pruebas reunidas durante décadas de seguimiento a Mengele –también como testigo del esfuerzo humano y económico que ello supuso–, decidió abandonar el último paso, el que implicaba la detención, el procesamiento y la ejecución de uno de los criminales nazi más buscados. Lo destapa en The New York Times Ronen Bergman, hijo de supervivientes del Holocausto que lleva años siguiendo el caso.

Bergman apunta a un viraje de última hora en la política de actuación de los servicios secretos israelíes para explicar el por qué de su manera de actuar. Puesto en contexto: el Mossad cayó en la cuenta de que centrar sus esfuerzos en afrontar problemas contemporáneos y futuros como el conflicto con Siria era una decisión mucho más inteligente que seguir hurgando en una herida a la que no se podían dar más puntadas, desterrado como está el movimiento nazi en el rincón de los marginados. Y si para Israel era necesario un movimiento para gritar al cielo que su sangre no se derrama con impunidad, ahí está el ajusticiamiento patrocinado por el propio Mossad de uno de los cerebros del Holocausto, Adolf Eichmann, en los años 60.

Persecución

En 1948, Mengele voló a Argentina haciendo valer una documentación falsa que la Cruz Roja, aún a sabiendas de que estaba ayudando a un genocida, le proporcionó. Tampoco lo persiguió con especial interés el gobierno alemán, hasta el punto de que el exiliado pudo vivir con su nombre real escrito sobre una placa en la puerta de su casa argentina. No se emitiría una orden de arresto hasta 1959. Mengele encontró en Paraguay y Brasil, por este orden, el refugio que necesitaba.

La caza del Mossad no comenzaría hasta 1960, cuando Simon Wiesenthal, el hombre que murió en 2005 siendo reconocido como el hombre que cogió a más de mil nazis, se puso en contacto con ellos. También ayudó Wilhelm Sassen, un antiguo nazi que conocía personalmente a Mengele y que apuntó a Sao Paulo cuando se le preguntó por el escondite de su colega y sus compinches. Poco más podía estrecharse el cerco después de que el agente israelí Zvi Aharoni viese el 23 de julio de 1962 al objetivo en una granja brasileña.


Adolf Eichmann, juzgado en 1961 en Israel- AP

Isser Harel lideraba entonces al Mossad. Ese mismo día la agencia supo que Egipto estaba reclutando científicos alemanes para construir misiles, y replicar el movimiento de quien era su mayor enemigo pasó a ser el objetivo número uno de Harel y, consecuentemente, del Mossad. Bergman explica que entonces el departamento de inteligencia israelí era todavía una organización joven, falta de medios punteros para actuar, y que a ello se sumó el carácter obsesivo de Harel, que no sabía hacer otra cosa que entregarse a la tarea que le ocupara.

Sentimientos

No cambió el asunto cuando medio año después Meir Amit llegó al cargo que ocupaba Harel y guardó el asunto de los nazis en el cajón de las misiones complementarias a las que de verdad afectaban a su país. En colaboración con el primer ministro Levi Eshkol, el Mossad se centró en resolver el problema de los misiles egipcios y en recabar información sobre los servicios de inteligencia de los árabes que terminarían resultando decisivos en la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días.


Joseph Mengele-

La decisión que validó Amit puede entenderse desde una perspectiva de renuncia a los deseos puramente sufragados por los sentimientos, nutrida como estaba la plantilla del Mossad de personas que cargaban a sus espaldas el dolor de haber sobrevivido a los campos de exterminio nazis. Así se lo reconoció a Bergman Rafi Eitan, miembro del Mossad que dirigió al equipo que capturó a Eichmann: «Se puede entender perfectamente su necesidad de venganza, (...) pero de ninguna manera priorizar el asunto nazi hubiera sido la decisión correcta».

Hasta tal punto llegó la firmeza en la decisión tomada al respecto de Mengele, que cuando en 1968 un agente avisó a sus superiores de que había visto al fugitivo en la misma granja de Brasil en que había sido localizado seis años antes, fue devuelto a Israel y reemplazado por otro miembro. El resumen perfecto de la mentalidad que asumió Israel en lo referente al huidizo Mengele lo hizo Yitzhak Hofi, quien encabezaba el Mossad cuando Menachem Begin fue nombrado primer ministro en 1977. «Cuando Begin llegó pensaba que no estábamos haciendo lo suficiente por dar caza a los nazis. (...) Le dije, "Primer ministro, hoy el Mossad tiene otras misiones concernientes a la seguridad nacional de su gente de hoy y mañana, y le doy preferencia al hoy y al mañana frente al ayer», aseguró en una entrevista clasificada.

El último intento

Pero la voluntad de Begin traspasaba las fronteras del raciocinio. Sabedor de estar en el primer escalón de poder del país, ordenó hacer de la captura de Mengele la prioridad de los servicios de inteligencia del país, desoyendo los consejos de los especialistas en la materia que veían en el auge del terrorismo, la guerra de Yom Kipur de 1973 o el impulso militar que los soviéticos estaban dando al cuerpo militar sirio asuntos de mayor enjundia. Para Begin, la importancia de alcanzar a Mengele era tal que podía servir para amilanar a los palestinos. Y quería más: para él este era sólo el primer nazi que aún debería probar el sabor de su bota. Si no se les podía juzgar, que al menos se les diese muerte.

Lo intentó primero el Mossad en 1982 planeando el secuestro y la tortura hasta la muerte del hijo de 12 años de Hans-Ulrich Rudel, un nazi que era amigo de Mengele desde su infancia, hasta conseguir que el padre revelase el paradero del criminal, pero Rudel murió antes de poder realizar la operación. La alternativa fue pinchar los teléfonos de Mengele y su hijo Rolf. Cumplían años el mismo día, motivo por el cual esperar que una conversación teléfonica entre ambos se produjese era, como poco, coherente. No desbarató el plan el hecho de que Rolf viviese en la República Democrática Alemana, territorio hostil para un servicio de inteligencia que pretende pasar desapercibido en el mayor caladero de espías del planeta. De poco les sirvió la firmeza de su decisión: Mengele había muerto en 1979 mientras disfrutaba de su exención nadando en una playa de Sao Paulo.

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