"Estos son los problemas de la justicia social no sistemática que ofrece internet."

Permiso para dudar

"Hemos relegado la justicia del sistema jurídico a una nueva forma de justicia social a través de internet."

“I don’t believe I have to be loyal to one side or the other.

I’m simply asking questions”

En la genial 12 Angry Men (1957) dirigida por Sydney Lumet, un jurado conformado por doce hombres se sienta en el día más caluroso del año para decidir si un joven es culpable del asesinato de su padre y merece ser ahorcado bajo la ley de pena de muerte. El veredicto, por supuesto, debe ser unánime. En una primera y apresurada votación, once de los doce hombres creen culpable al acusado. El disidente, interpretado por un magnifico Henry Fonda, argumenta no estar seguro de la culpabilidad del chico. No se declara seguro de su inocencia tampoco, incluso cree que la evidencia presentada es bastante convincente, pero argumenta que existe lo que conocemos como duda razonable.

Durante los 96 minutos de duración del largometraje los doce hombres, discuten, revisan las pruebas presentadas en el juicio, analizan los hechos, pelean, gritan y desesperan. Mientras someten a escrutinio lo que cada uno presenció durante el juicio, contra los prejuicios, dilemas personales y desidia de cada uno, poco a poco se desmonta la seguridad que mantenían sobre la culpabilidad del acusado. Incongruencias en las historias de los testigos, suposiciones apresuras, evidencia deficiente; todo lo que en un principio parecía suficiente para enviar a la horca a un hombre, termina convirtiéndose en una frágil conjetura carente de sustento.

Hemos relegado la justicia del sistema jurídico a una nueva forma de justicia social a través de internet."

Este tipo de escepticismo y sensatez que caracteriza al personaje interpretado por Henry Fonda parece casi anacrónico ante el resurgimiento de políticas radicales en los últimos años: Trump, la infame alt-right, el fascismo europeo, etcétera. Incluso, diariamente leo en internet las opiniones polarizadas de personas que opinan con la misma ligereza sobre comida como sobre la independencia de Cataluña, despachando sentencias a diestra y siniestra.

Lo que más preocupa es la sencillez con la cual se acusa y se condena a una persona o colectivo de alguna fechoría. Hemos relegado la justicia del sistema jurídico a una nueva forma de justicia social a través de internet.

Recientemente un artículo sobre cierto escándalo alrededor del director de cine Joss Whedon (Avengers, Buffy, Firefly). La productora y arquitecto Kai Cole, exesposa del creador de Buffy the Vampire Slayer, publicaba un texto en The Wrap donde lo acusaba de haberle sido infiel numerosas veces a lo largo de 16 años de matrimonio, lo cual probaba, según Cole, que Whedon jamás ha sido un feminista como proclama ser. A partir de esa publicación han aparecido artículos en IndieWire, DailyMail y otras publicaciones acusando a Whedon de hipócrita. Incluso su página de fans, Whedonesque, cerró a partir del escándalo, el cual Whedon se ha negado a responder «por respeto a sus hijos y a su exesposa, Kai Cole».

Más allá del argumento lógico sobre qué demonios tiene que ver la infidelidad con el feminismo (¿ser infiel no es un problema de pareja? ¿Una infidelidad demuestra una tendencia machista o feminista? ¿Ser un mal esposo es ser machista?), habría que preguntarnos si la acusación de una exesposa en forma de entrada de blog en una página como The Wrap es suficiente evidencia para condenar la carrera de Whedon.

No nos referimos a una acusación legal, como ocurre en el caso de otros famosos –pensar, por ejemplo, en las demandas por acoso sexual al actor y director Casey Affleck–, hablamos de un artículo en una página de chismes de internet. Incluso a veces basta con un tweet: hace dos años la actriz pornográfica Stoya acusó mediante un par de tweets a su exnovio, el también actor porno James Deen, de haberla violado, lo cual ocasionó el despido de Deen de varias páginas web y su veto en muchos portales.

El problema radica en asumir que las personas son inherentemente buenas a la hora de realizar tales acusaciones."

Por supuesto, los argumentos para tomarse en serio este tipo de acusaciones son contundentes: los sistemas legales parecen fallar constantemente a las mujeres –aunque también a los negros, homosexuales, extranjeros y cualquier otra minoría– a la hora de defender sus derechos básicos. Basta observar la crisis de los feminicidios en España –donde una fuerte ineficiencia institucional, al igual que cierto machismo retrogrado generalizado, no ha logrado cambiar la situación– o el caso reciente de Brock Turner, un estudiante de Stanford que violó a una compañera en estado de inconsciencia y fue sentenciado solo a seis meses de prisión (con libertad condicional luego de cumplir los primeros tres). Estas injusticias constantes han obligado a las minorías a buscar otra forma de justicia y parecen haberla encontrado en internet.

El problema radica en asumir que las personas son inherentemente buenas a la hora de realizar tales acusaciones. El tipo de justicia que ofrecen las acusaciones y las condenas por internet son muy similares a modelos primitivos de justicia, con sus pros y contras. Me viene a la mente aquel truculento caso que vivimos en Venezuela durante la época de los linchamientos de malandros, donde asesinaron a un hombre acusado de ladrón por quien resultó ser su esposa molesta.

Estos son los problemas de la justicia social no sistemática que ofrece internet. Tiene la cualidad de dar voz a quienes el sistema judicial ha ignorado, pero corremos con el riesgo de darle esa voz a cualquiera. En internet todos somos culpables hasta que se pruebe lo contrario. Al paso que vamos, tendremos que andar con cuidado de que nadie nos acuse de algo que no hemos hecho, porque bastará para acabar con nuestra vida pública e incluso privada.

Nunca antes había sido tan difícil ser sensato.

GABRIEL ANTILLANO

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