Japón, una política defensiva minada por las atrocidades de la II Guerra Mundial

Pilotos kamikaze japoneses, algunos de los cuales que participaron en la Batalla de Okinawa - REUTERS

El refuerzo de Tokio ante la amenaza de China y Corea del Norte choca con las atrocidades de la II Guerra Mundial

Para evitar las atrocidades cometidas por Japón durante la Segunda Guerra Mundial, cuando conquistó a sangre y fuego buena parte de Asia, la Constitución pacifista impuesta por Estados Unidos al término de la contienda limitó el papel de su Ejército hasta reducirlo a una mera fuerza de autodefensa. De hecho, ese es el nombre que recibe el Ejército nipón, que hasta hace poco se limitaba a proteger el territorio nacional y tenía prohibido efectuar misiones en el extranjero, ni siquiera de paz.

Pero el reciente auge militar de China, que le reclama las islas Senkaku (Diaoyu en mandarín) y, sobre todo, la amenaza de Corea del Norte han llevado a Tokio a replantearse el rol de sus Fuerzas de Autodefensa. Desde que el actual primer ministro, el conservador Shinzo Abe, recobró el poder en 2012, el Ministerio de Defensa ha venido aumentando su presupuesto hasta alcanzar este ejercicio fiscal los 5,26 billones de yenes (40.000 millones de euros), la cifra más alta hasta ahora. De ellos, casi un tercio se destinará a blindar el archipiélago nipón por tierra, mar y aire con nuevos sistemas de interceptación de misiles.

Junto a Corea del Norte, la otra gran amenaza para Japón es China, que le reclama el diminuto archipiélago deshabitado de las Senkaku-Diaoyun, al sur de Okinawa. Para protegerse, el Gobierno nipón desarrollará misiles defensivos de mayor alcance, ya que el rango máximo de sus proyectiles es de menos de 300 kilómetros. Junto a dichas novedades, las principales compras para el próximo año serán dos destructores, un submarino, seis cazas F-35 invisibles al radar y cuatro aviones de transporte V-22 Osprey con rotores móviles que despegan y aterrizan en vertical, como si fueran helicópteros.

Esgrimiendo las amenazas de Corea del Norte y China, el reelegido primer ministro, Shinzo Abe, busca una reforma de la Constitución pacifista de Japón que permita a sus Fuerzas de Autodefensa intervenir en el extranjero en ayuda de un aliado incluso aunque el territorio nipón no sea atacado. Mientras buena parte de la sociedad critica que este cambio del Artículo 9 de la Carta Magna es un paso más hacia el militarismo, el Ejecutivo nipón descarta que sus tropas vayan a empezar una guerra y reivindica que «Japón debe ser un país normal».

Vigilado por sus vecinos

Pero cualquier cambio que haga Tokio en su política defensiva será escrutado por sus vecinos asiáticos, que sufrieron su ocupación durante el pasado y aprovechan su memoria histórica para socavar su auge militar. En el recuerdo estála masacre de la ciudad china de Nankín (Nanjing), en la que el Ejército imperial nipón mató a entre 150.000 y 300.000 personas en solo seis semanas a finales de 1937. Junto a los experimentos biológicos al más puro estilo nazi llevados a cabo por la denominada Unidad 731 en Harbin, al nordeste de China, destaca la prostitución por toda Asia de 200.000 «mujeres del consuelo» como esclavas sexuales del Ejército japonés. Un oscuro pasado que mina su política defensiva del futuro.

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