Detrás del mito erótico de la «belle époque» existió una mujer a la que le negaron su libertad, sin dejarle otra opción que reinventarse en una «femme fatal».

Mata-Hari bailando -

Mata-Hari, «strip-tease» y agente de juguete, la inocente que jugó a ser espía
La injusticia estaba escrita en su destino, sin embargo lucharía frente a las adversidades de su época para convertirse una leyenda que supo morir.
Las injusticias sociales y el espíritu bondadosa de Mata-Hari dibujaron el final de su camino fulminada por doce balas. Detrás del mito erótico de la «belle époque» existió una mujer a la que le negaron su libertad, sin dejarle otra opción que reinventarse en una «femme fatal».

Prostituta, bailarina y al final una espía de juguete; no obstante se convertiría en la leyenda que enseñó a morir a los hombres, de amor y de pie.

«Hasta los árboles más grandes proceden de las semillas más pequeñas», Paulo Coelho recoge el proverbio de la madre de Mata-Hari en su libro «Espía». Ella se inspiraría en las sabias palabras que le susurraba su madre; las cuales llevaría tatuadas en las grandes esperanzas, esas que la vida le iría apagando poco a poco.

Ninguna leyenda se ha forjado en introspectivas y silenciosas peregrinaciones; si no en ese instinto natural de sobrevivir tanto en tiempos de paz como en las más injustas guerras. Y por ello, Mata-Hari se convirtió en una mártir real que abanderó la liberación femenina en un mundo salpicado de premisas masculinas.

Tal vez no dejaría ninguna doctrina escrita sobre la emancipación, pero nos heredó tanto a hombres como a mujeres el ejemplo: la resistencia de un ser humano que no dio su brazo a torcer.

Mata-Hari rechazó todas las convenciones sociales para hacer jirones su alma, y convertirse en el nido donde ahogarían sus secretos y tristezas los hombres más influyentes de la preguerra.
Hogar amargo hogar

De la cuna al altar, Margaretha Geertruida Zelle -también llamada Grietje- fue víctima de numerosas injusticias.

Acosada sexualmente por un maestro de la escuela, la gente la señalaría como culpable. Su padre no más hombre la refundió en un internado donde pasaría las noches recordando a su amada madre, de la que se divorció el señor Zelle y también dejó morir.

No obstante, a pesar de criarse en un hogar disfuncional, Grietje todavía creía en la familia, el respeto, el amor y la lealtad; como un todo que le permitiera escapar de la crueldad que vivía en el internado.

Mientras tanto, los caballeros solitarios anunciaban en los periódicos el deseo de encontrar una esposa gentil que se entregaran a la odisea del amor en tierras nuevas (las Indias orientales). Uno de esos comunicados captaría la atención de la joven. De esta manera, con la esperanza de ser liberada de la tristeza pondría toda su ilusión en aquella solicitud matrimonial.

Rudolf MacLeod (Rudy) tenía 20 años más y muy mal carácter, pero ese detalle no lo vería hasta instalarse al poco tiempo en la isla de Java. El nuevo horizonte prometía para algunos cumplir los grandes sueños coloniales, sin embargo Grietje solo se arrastraría sobre un sendero de espinas sin rosas.

Ella era joven, liviana, alegre, guapa y amorosa. Pero el vicio le superaba a su marido, a quien le encantaba llevar una vida alegre entre meretrices y licores. El mal camino de Rudy traería mucha desgracia y tristeza al hogar, amargo, hogar. El militar contrajo la sífilis, enfermedad que contagiaría a su mujer y a los dos retoños del matrimonio.

A la edad de dos años, el primogénito Norman John, moriría a causa de una intoxicación con Mercurio -remedio usado para tratar la dolencia- y aunque la pequeña Jeanne Louise sobreviviría, tiempo después el orgullo machista de su padre le privaría a la pequeña de sentir los brazos de su madre.
La danza, el reencuentro del espíritu

Tras la dolorosa pérdida, el aberrante Rudolf no solo la maltrataría psicológicamente, sino que también le propinaría golpes como a una mula. No obstante, ella aún albergaba la esperanza de que pronto floreciera el perdón en aquel hogar roto. Como aquella bendición nunca llegaba, se entregaría a un nuevo credo en la isla: la cultura javanesa y su exótica danza.

Se podría decir que esta actividad estimuló a la recuperación de su autoestima -pisoteada primero por su padre y luego por su marido-, gracias a la liberación que fluía apasionadamente a través de la técnica del movimiento brahmánico. Este ritual era una oda a la vida, la fertilidad y la mujer.

Marga había encontrado su salvación en la cultura folclórica de la isla, donde aprendió a expresar su espíritu a través de las sensuales coreografías y la belleza en la verdera naturaleza del amor. Gracias a este encuentro consigo misma, pudo rescatarse de aquel naufragio de vida.

La brutalidad de su marido rápidamente la calificaría como mujer de dudosa moralidad; siendo él quien la había empujado a encontrar un analgésico para todo ese dolor contenido en los horizontes lejanos.

¡Basta!, en la danza brahmánica lograría resucitar la fuerza para aquella voz muerta.
Jirones de madre

El matrimonio regresaría a Holanda con la pequeña. Nada más llegar a tierra firme, Grietje le pidió el divorcio en 1902. Un año después, liberada de aquella cruz, se enfrentaría a un nuevo conflicto.

«¿Cuándo podré librarme de esta zorra sin que me quite a mis hijos?» se refirió Rudolf a su mujer, en una carta escrita a su hermana.

El señor MacLeod se negó a proporcionarles una pensión. Argumentaba que la niña no podía criarse con una una mujer de baja moral. Ya en París y sin ningún franco en el bolsillo, trabajaría sin mucha retribución económica y casi ningún momento para dedicarle a su amada Jeanne.

Ante la desesperación de no poder ofrecerle una vida digna a su hija, se tragaría su dolor para cederle la custodia a Rudolf. Desde el momento en que vio partir a su pequeña, quedarían de ella «jirones de madre» que harían enterrar a esa parte suya, a la que ningunearon y de la que abusó la maldad en los corazones de los hombres de su historia.

La ingenua Grietje vería su final cuando el capricho de Rudy le arrebató a la pequeña de sus brazos. Sin embargo, esa desolación le ayudaría a alumbrar a una nueva mujer; esa que tendría el poder de hablar y decidir por si misma: ella era Mata-Hari.
«Femme fatale», su cruel reinvención

Renacería gracias a su imaginación y al exotismo que evocaban los nuevos mundos, tan atractivos durante el Romanticismo. Mata-Hari, sería la «stripper» más famosa de Europa se entregaba danzante al arrastre de las culebras sobre su piel. Su mirada y sus movimientos causarían fervor en los grandes salones de París, Madrid y demás capitales. Mata-Hari no sólo conquistaría los telones también se convertiría en la musa de los grandes cartelistas de la época.

A pesar de ser una gran amante, instruida en las artes del «Kamasutra», su corazón parecía distante y de otro mundo. Ella se divertía pero jamás se enamoraba, porque sabía que el amor solo la conduciría a la perdición.

No podía sentir sin condenarse, de esta manera trató de negarse a sí misma, y privándose de su naturaleza amorosa con la que había sido bendecida se convirtió en la «femme fatale», su cruel reinvención.

Mata-Hari viviría con mucha soltura gracias a la furia en su belleza danzando semidesnuda sobre los grandes escenarios de Europa, y cada uno de los regalos que le hacían los leales amantes. No obstante, los años no perdonarían todo aquel sufrimiento contenido, y su verdad iría asomándose sobre su piel y una figura que empezaba a desdibujarse. Para el año 1915, su romance con las danzas javanesas llegaría a su fin para empezar a sobrevivir como cortesana.
«H21», una espía por accidente

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1916) el amor volvería a aflorar en aquel corazón. Sin embargo, con esta buena nueva firmaría su sentencia de muerte. Vadim Maslov -un militar del Ejército Ruso- le haría perder la cabeza. Quizás porque el chico de 23 años le recordaba a la juventud que nunca tuvo.

El soldado fue herido en combate y como el amor es ciego allá iría corriendo Mata-Hari al lugar de conflicto, solo para aliviar al tuerto. Para ello solicitaría un visado para poder entrar en zona de guerra. No obstante, el gran problema surgiría después.

Mientras se encontraba paralizada en Berlín, Karl Kraemer, el cónsul alemán en Amsterdam (uno de sus amantes), solicitaría información sobre los próximos movimientos del Ejército francés. Aceptaría sin mostrarse desencantada ante la idea, quizás porque en el fondo la «femme fatale» seguía siendo la ingenua de Margaretha. Jamás se imaginó que comprometería su vida a tal grado, pues confiaba en que sus viejos «affaires» la rescatarían en el peor de los casos.

Ella sólo quería regresar a París, donde esperaría a aquel novio tuerto, ese que nunca más a sus brazos volvió.

Quizás se arrepentiría toda su vida de salir al auxilio de quien en el juicio que tendría lugar en su contra, nunca aparecería por la puerta y además, tendría la osadía de referirse a ella como «mujer aventurera». Pero a veces a eso se le llama amor, aunque haga daño o no sea correspondido.

En 1999 se abririrían los archivos del servicio de espionaje británico MI5 en Londres, se aclararían muchas cosas acerca de esta arriesgada profesión. Entre todo el material se mostraban los diferentes códigos telegráficos y escritos con tinta invisible. Aunque no había evidencia de la actividad como agente de Mata-Hari, había textos de inteligencia bélica donde hacían alusión a su persona.

«La tez es del color del álamo. Más bien esbelta a la edad de entre 35 y 40 años. Una mujer más bien bonita. Siempre viste elegantemente. Viaja como viajan los ricos».

Christopher Andrew, un historiador, -especializado en este conflicto bélico- de la Universidad de Cambridge sostuvo en una entrevista que le hizo «The Times»: « Mata-Hari era una agente de fantasía, una mujer que se dejó seducir por el glamour de la idea de que era una espía».
Se buscaba «quien las pagara», no culpables

En medio de la tensión internacional y la angustia por un mejor desarrollo de estrategia militar en las vanguardias enemigas, el espionaje se convertiría en el punto de inflexión de todas las conspiraciones.

Estando en París contactó con Ladoux, el jefe del Servicio de Espionaje y Contraespionaje. En ese momento Francia comenzaría a sospechar -o eso justificaron durante el juicio- y, descubrirían que era una agente doble.

No obstante, la estrategia militar había sido un completo desastre y, consecuentemente habían perdido miles de vidas. El pueblo francés estaba hundido y le atribuyeron a Mata-Hari, la gran traición del siglo XX. Porque se buscaba «quien las pagara», no culpables.

Sin permitirle una defensa, se le atribuyó divulgar información secreta a los alemanes -como la espía «H21» -sobre los proximos movimientos de los franceses, que serían masacrados en las trincheras, pero ella no había dicho nada.

Para mermar la cruenta opinión pública sobre la carnicería en las trincheras, se buscaría al chivo expiatorio perfecto. «Matarían a dos pájaros de un tiro», amansaría el recelo de la muchedumbre -por su estilo de vida pomposo durante la guerra- y justificarían el desastre de la organización castrense.

Mata-Hari sería condenada a muerte en julio de 1917. Algunos autores como Lionel Dumarcet «El caso Mata-Hari» recogen el juicio detalladamente
Saber morir

La danza había salvado su alma. Sin embargo, no serían las 12 balas con las que abrieron fuego, sino el amor lo que realmente la mataría.

¡Parbleu!, ¡esta dama sabe morir!, exclamó uno de los chicos del pelotón, fascinados ante la valentía y el desafío que mostró a cada uno de ellos.

El 15 de octubre de 1917 se pintó para hacer gala de su muerte sin vergüenza ni lástima de sí misma. Se negó a vendarse los ojos y a ser atada, no mostraría resistencia -ni miedo ni pena- dejaría este mundo cruel como muchos grandes hombres de la Historia no supieron.

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