Faluya cuna del radicalismo musulman vuelve a la normalidad.

Faluya, de cuna del terror a ejemplo contra el radicalismo

«El Daesh estuvo cuatro años en la ciudad, más que en ninguna otra, y ahora hay que trabajar para borrar su ideología de la mente de los más jóvenes»


Las palabras «extremismo», «racismo» y «corrupción» decoran el escenario del único teatro de Faluya. La conocida como «ciudad de las 200 mezquitas», situada a 70 kilómetros al oeste de Bagdad, fue liberada de manos del grupo yihadista Daesh en junio de 2016 y desde entonces está inmersa en un proceso de desradicalización que quiere ser ejemplo para el resto de Irak y que se basa en programas culturales, religiosos o deportivos. Actores niños y adultos representan una obra sobre los problemas que los políticos corruptos han causado al país. La sala está llena. El público graba la función con sus teléfonos móviles, pero cuando llegan los momentos más emotivos los guardan para romper a aplaudir. «El Daesh estuvo cuatro años en la ciudad, más que en ninguna otra, y ahora hay que trabajar para borrar su ideología de la mente de los más jóvenes. Debemos alejar el extremismo e impulsar una cultura de paz», piensa Ayad Emad, activista al frente de la escuela deportiva «Paz y amor», que asiste a la representación y recuerda que «esto era imposible hace tan solo unos meses, el Daesh convirtió la ciudad en un auténtico cementerio y vamos a demostrar que podemos ser un modelo para el resto de lugares que han sufrido su régimen de terror».

Pronunciar el nombre de Faluya trae a la mente las batallas que libraron las fuerzas estadounidenses en 2004 para tratar de doblegar a la insurgencia local. Tras la caída de Sadam Husein la ciudad se convirtió en el epicentro de la resistencia armada contra EE.UU. y la segunda ofensiva de Faluya, lanzada en noviembre y bautizada como «Furia Fantasma», fue la más feroz que recuerdan los Marines desde Vietnam. Los americanos nunca lograron controlar una ciudad en la que Al Qaida instauró una especie de gobierno en la sombra que tras la retirada de EEUU se enfrentó al Gobierno central, en manos de partidos chiíes, y salió a la luz definitivamente en enero de 2014, seis meses antes de la proclamación del califato, con la irrupción de Daesh. «Estamos en guerra desde hace 14 años y estamos exhaustos. El pueblo ha entendido el alto precio que hay que pagar por apoyar a estos grupos radicales y solo queremos recuperar nuestras vidas. De la dictadura de Sadam, pasamos a las dictaduras religiosas de suníes y chiíes… me atrevería a decir que el 80 por ciento de los ciudadanos hoy abrazan al laicismo hartos de tantos problemas», afirma Adel, mítico periodista local de la emisora Radio Faluya, que acaba de regresar tras pasar los cuatro años de «califato» refugiado en Erbil.

Adel, como la inmensa mayoría de ciudadanos de Faluya, que contaba con unos 275.000 habitantes en 2011, optaron por abandonar la ciudad cuando llegó Daesh, que se encontró con apenas 20.000 personas. «Con Al Qaida la vida era dura, pero con Daesh se tornó imposible porque se metían en cada aspecto de tu vida. Había algunos extranjeros, pero la mayoría eran iraquíes, vecinos que abrazaron su causa», señala Hassan, funcionario del ministerio de Cultura que vivió durante un año bajo el control de los seguidores del «califa» y que se vio forzado a escapar cuando se enteraron de su condición de funcionario. No se ha querido perder la obra de teatro y en el auditorio se ha reencontrado con gente a la que no veía desde hacía años.

Centro de operaciones
La destrucción de los edificios públicos, que Daesh convirtió en sus cuarteles, hace que las instalaciones del ministerio de Juventud y Deportes hagan las veces de teatro y oficina para múltiples organizaciones de todo tipo que trabajan con el objetivo de erradicar la ideología de Daesh. Mohamed Jaar está al frente de Al Takadum (el progreso) y se encarga de conceder préstamos que van de 500 a 10.000 dólares a «aquellos jóvenes que quieran poner en marcha un negocio y necesiten ayudas para rehabilitar sus hogares familiares. La actividad y el trabajo traen seguridad y consiguen que la gente aparte ideas radicales de su cabeza o que se vea obligada a aceptar dinero de estos grupos para poder subsistir».
MIKEL AYESTARÁN

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