Jamás sabremos si el asesinato de doña Carmen Alonso, viuda de un próspero empresario del Rastro madrileño, se debió a asuntos de amores no correspondidos o a la ambición de su verdugo.


La desesperada historia de un acoso mortal



Jamás sabremos si el asesinato de doña Carmen Alonso, viuda de un próspero empresario del Rastro madrileño, se debió a asuntos de amores no correspondidos o a la ambición de su verdugo. Tiburcio Zarzuelo del Pozo, alias “El Hojalata”. El relato de los hechos, desde luego, refleja un acoso que ni siquiera la justicia pudo detener. Antes de acabar con su vida en plena calle del Calvario le hizo pasar por el doloroso trance de contemplar cómo apuñalaba mortalmente a su hija Remedios, de veinte años. Tras el crimen se dio a la fuga y apareció ahorcado en Villaverde tres días más tarde.

El hombre soltó sobre la barra de la taberna de José García una caja de madera con las herramientas de su oficio de vidriero y plomero. Tenía considerable altura, cabello muy oscuro y bigote espeso que apenas se le movía debido al rictus severo de su rostro. Se llamaba Tiburcio Zarzuelo del Pozo. Nombre rotundo, tremendo, que oscilaba entre la mofa y un negro destino en el que quedar fijado para la eternidad.

La taberna se hallaba situada justo enfrente de la casa de doña Carmen Alonso, en el número diez de la calle de Lavapiés. Pidió el tercer vino, como cada día desde hacía cuatro años, cuando murió don José Nadal, su patrón y esposo del objeto de su deseo: «su Carmen». Desde el mismo día del funeral, Tiburcio se propuso casarse con ella. Sólo pensaba en eso. «Qué desagradecido, con todo lo que esta familia ha hecho por él», se desahogaba Carmen con su hija Remedios a los pocos días de enviudar, que ya entonces empezó la persecución, y eso que hacía muy poco que Tiburcio había sido contratado para recomponer los objetos que llegaban al negocio de Nadal para ponerlos a la venta a buen precio. Era uno de los puestos más prósperos y de mayor clientela del Rastro. Al fallecer el patrón le mantuvieron el trabajo, a pesar de su mal carácter. Tiburcio, un tipo sumamente antipático y pendenciero, era conocido en el barrio como «El Hojalata» por sus turbios trapicheos. Veintiocho años de vida, de los cuales más de la mitad se los había pasado enfrascado en broncas y bebida.

En una sola jornada solía recalar en la taberna de García varias veces, con su pelliza negra, su gorra y sus pantalones de pana. Cuando ya el exceso de vino había hecho su efecto, salía a la puerta y, dirigiéndose al balcón de la viuda, le gritaba que tenía que ser suya, para que todo el vecindario se enterara. También la amenazaba con matarla si no accedía a sus requerimientos. No quedó otro remedio que despedirlo.

Un calvario de vida

La vida para doña Carmen y sus hijos, Remedios, la mayor, Antonio, Pepito y Dimas, se había convertido en un auténtico calvario. Viviendo amenazada, la mujer no podía evitar el presentimiento de que cualquier día Tiburcio cumpliría su palabra de matarla. Apenas salía a la calle más que para ir a trabajar. Y cuando lo hacía miraba a todos lados sin fiarse y se iba metiendo en portales conocidos para comprobar si él la seguía. Así no se podía vivir.

Carne de prisión: El «Hojalata» cumplió más de un año en la cárcel por arrancar de un mordisco un trozo de nariz a una novia

«¿Qué haremos, madre, estar así toda la vida?», preguntaba Remedios, desesperada al ver cómo su madre se consumía de impotencia. Carmen rezaba a diario, le encomendaba a Dios su alma y hasta su integridad física. Pero tenía Dios mucho trabajo con ella: quitarle la pena de la ausencia del marido y también el peso de Tiburcio, que le estaba robando la paz. De nada sirvieron las dos denuncias de Carmen con condenas que le supusieron al «Hojalata»breves estancias en la cárcel. Aunque qué cabía esperar de alguien que también había cumplido más de un año de prisión por haberle arrancado de un mordisco un trozo de nariz a una novia. Luisa Albo, se llamaba. Portaba la cicatriz cual estandarte de la supervivencia ante la brutalidad de un hombre despechado. Si ese era el precio de su libertad, presumiría de ello para siempre.

El sábado 16 de noviembre fue un día frío y tranquilo. A las siete de la tarde, madre e hija llegaron a la calle del Calvario. Regresaban de su jornada en el puesto del Rastro, donde Remedios ayudaba a su madre, con la clientela y con el dinero. Inteligencia para ello no le faltaba, además de su don de gentes y una belleza agradable y serena que a veces atraía a más mirones que compradores. Nada más cerrar, un mozo de café que apreciaba mucho a la familia se había ofrecido a acompañarlas de vuelta a casa «por si el tarado del “Hojalata” merodea de nuevo». Pero Carmen se limitó a agradecer el gesto, «yendo con mi hija no se meterá conmigo», le respondió. Así que en Ronda de Segovia ambas tomaron el tranvía que las dejó en Atocha; y de ahí a la calle del Calvario.
Suya o muerta

A la altura de la esquina de San Pedro Mártir se les acercó Tiburcio con una sonrisa tan afilada como la hoja del cuchillo que guardaba bajo la pelliza. Al verlo, Carmen y su hija se cogieron fuertemente de la mano. La calle, solitaria. Ni un alma. De repente el aire olía a mal presagio. Sin mediar palabra, el indeseable le asestó una puñalada a la joven Remedios en el seno izquierdo, que la hizo caer profiriendo alaridos de angustia y dolor. Cuando Carmen fue a auxiliar a su hija, Tiburcio la atacó dándole una cuchillada cerca de la sien y después le hundió con todas sus fuerzas el cuchillo en un costado. Lo hizo con tanta furia que el arma se le quedó clavada. Sin embargo, no le causó tanto daño como presenciar la muerte de su hija.

Carta de despedida: El asesino dejó una extraña misiva a su hermana Tomasa: «Te aconsejo que seas buena y honrada»

La fatalidad hizo que en ese momento aparecieran dos niños, Gregorio, de ocho años, y Pepito Nadal, de apenas trece. ¡Este último era hijo y hermano de las víctimas! «El Hojalata» lo cogió del brazo violentamente, causándole un dolor insoportable, y le dijo con brusquedad: «Guárdate, niño, de decir lo que has visto si no iré a por ti y te haré lo mismo que a ellas». Después salió huyendo como la sombra del viento. Pepito, con la respiración agitada y temblando de miedo, no sabía a cuál de los dos cuerpos yacentes en el suelo acudir. Acabó tendido sobre las faldas de su madre, sintiendo cerca el puñal, que seguía clavado en el costado, mientras escudriñaba los objetos esparcidos alrededor del cadáver de su querida hermana. Una cafetera, un hatillo de ropa y un libro… sería una de esas novelas románticas que le gustaba leer a Remedios, pensó el muchacho. Se echó a llorar desolado en su repentina y sangrienta soledad.
Viaje a ninguna parte

Junto a su madre había dos valiosas sortijas que el desalmado asesino no se había molestado en llevarse. Como tampoco otras cuatro de oro y brillantes que se hallaron posteriormente en los bolsillos de Remedios. No era lo material el interés del criminal.

Así terminaba un verdadero calvario de cuatro años de persecución y de denuncias que no consiguieron frenar la locura de Tiburcio Zarzuelo. Durante tres días la policía buscó al asesino por todo Madrid.

Entierro de las víctimas del crimen de la calle del Calvario. En la imagen, la llegada de la comitiva fúnebre al cementerio

El martes siguiente la hermana del «Hojalata», Tomasa, fue requerida en comisaría. La joven, de ocupación planchadora, tenía veintiún años y no muchas luces. Le entregaron una carta que ella sostuvo en las manos durante interminables minutos, enmudecida. Hasta que el agente le comunicó el suicidio de su hermano. En sus ropas habían encontrado la carta de despedida dirigida a ella. A Tomasa todo le empezó a dar vueltas; la vida se le atravesó en las palabras escritas por su hermano. Desplegó el papel sintiendo el vértigo de la desgracia y fue siguiendo el encadenado de significados intentando, con dificultad, entender algo entre la ofuscación que le desbordaba. «Te aconsejo, hermana, que seas buena y honrada para no verte en el caso de esa mujer infame que me ha perdido por sus devaneos». Tomasa quería a su hermano y por eso no alcanzó a pensar que estuviera loco.

En su despedida, Tiburcio le daba detalles íntimos de sus supuestos encuentros amorosos con doña Carmen, «para los que duden», concluía. Tomasa no supo qué pensar. Miró el reverso y, escrito con otra caligrafía, en ese mismo papel leyó: «Usted está loco, y debe cuidarse de no seguir persiguiéndome. Es evidente que está loco, pues si no fuera así no se explicaría el escándalo que me armó hace pocos días. Todo el mundo me dice que usted está loco. Y ya voy creyendo que es verdad». Firmado: Carmen Alonso Marchante, viuda de Nadal.

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