Las áreas protegidas no son suficientes y/o efectivas para garantizar la conservación a largo plazo de las poblaciones de grandes vertebrados.


La tortuga morrocoy (geochelone carbonaria) es una de las especies más traficadas en Colombia.
Foto: Javier Silva

Las áreas protegidas no son suficientes y/o efectivas para garantizar la conservación a largo plazo de las poblaciones de grandes vertebrados. Esta es una de las tantas conclusiones que arroja el último informe del Instituto Alexander von Humboldt sobre el estado y las tendencias de la biodiversidad continental de Colombia.

El documento — que incluye un análisis riguroso y visualmente atractivo sobre temas como biodiversidad y posconflicto, impactos del cambio climático en los ecosistemas de montaña, las oportunidades de desarrollo para las comunidades locales con el turismo de naturaleza o los reptiles más amenazados del país— llama la atención sobre el futuro de algunas especies si no se toman acciones inmediatas que certifiquen su protección a largo plazo.

Concretamente, los investigadores advierten sobre la pérdida de hábitat natural y el aumento acelerado de la deforestación. El incremento de los índices de mortalidad de grandes carnívoros o grandes vertebrados, está directamente relacionado con la presión humana y las formas de aprovechamiento que se hacen en las zonas de amortiguación, cercanas a las áreas protegidas, afirma el estudio.

“Esto ocurre por la falta de medidas apropiadas de control, ordenamiento, coordinación interinstitucional o simplemente por la falta de políticas apropiadas”, explica Carlos Castaño-Uribe, de la Fundación Herencia Ambiental Caribe, y coautor del estudio. “Urge definir una política de conectividad pues es la única manera de evitar que las especies se sigan extinguiendo”.


Los grandes felinos son algunos de los animales más impactados por la transformación de los ecosistemas.
Foto: Panthera

El análisis se hizo teniendo en cuenta cuatro grupos de grandes vertebrados (peces, reptiles, aves y mamíferos) en áreas no protegidas. Se incluyeron a los grandes peces óseos y cartilaginosos (rayas); a los reptiles (tortugas y crocodílidos), aves, y mamíferos (perezosos, manatíes, dantas, pacaranas, oso andino, nutrias gigantes, jaguares y el mono araña). Se consideraron además, otros aspectos relativos a los corredores de conservación, el papel de las zonas amortiguadoras en áreas protegidas y la cacería por parte de las comunidades indígenas.

“Es difícil determinar qué es grande o suficiente para una especie de alta movilidad. Pero los Parques Nacionales Naturales y otras reservas, que antes constituían el refugio para la conservación de la vida silvestre, actualmente han dejado de ser funcionales en la mayoría de los casos y no son suficientes para la conservación a futuro”, advierte el informe.

La potrerización, la deforestación —el año pasado arrasamos con cerca de 179.000 hectáreas de bosque—, la construcción de carreteras que quiebran los ecosistemas, la colonización de nuevos territorios —con mayor intensidad tras la firma de la paz con las Farc—, la demanda ilegal de animales para consumo, comercio o como mascotas, así como el turismo masivo y la minería, se están convirtiendo en una bomba para varias de estas especies.
“Las áreas protegidas, especialmente los Parques Nacionales y Regionales, están mostrando unas presiones muy fuertes en toda su periferia; que de continuar con esta tendencia, tendremos un caso muy similar al de Costa Rica donde, desde imágenes satelitales, se pueden ver los límites pues después de ahí ya todo está devastado: unas zonas amortiguadoras bastante deterioradas, especialmente en el Piedemonte amazónico y el Chocó”, afirma Castaño.

Según una investigación hecha por Castaño, junto a Esteban Payán –de la fundación Panthera– y Carlos A. Lasso –investigador del Instituto Humboldt– los grandes vertebrados han sufrido procesos de disminución del tamaño de sus poblaciones y en algunos casos particulares, de extinción local, debido a la persecución directa o cambios en las economías, como la cacería no sostenible y la transformación de sus hábitats para actividades agropecuarias. “Sumado a ello, está ocurriendo una expansión en la distribución de las especies introducidas que afectan a las especies autóctonas, la estructura y la funcionalidad de los ecosistemas cuyos efectos son desconocidos”, advierten los expertos.

El mono araña, por ejemplo, una especie endémica de Colombia y Venezuela, y uno de los 25 primates más amenazados del mundo, ha visto una reducción o transformación de su hábitat natural de un 80 por ciento. La cacería, el tráfico ilegal, los megaproyectos de exploración de hidrocarburos y minería, y las hidroeléctricas lo tienen acorralado. En el país solo el 3 por ciento de su área de distribución se encuentra en algún Área Protegida.

Los manatíes, una especie catalogada como en peligro, tienen tan solo el 9,15 por ciento de su área de distribución dentro de algún área protegida. La caza para el consumo de su carne, la contaminación de los cuerpos de agua, las colisiones con embarcaciones y el uso de mallas hacen más difícil su futuro a largo plazo.

“Es necesario generar, fortalecer o ajustar las medidas de control, ordenamiento, coordinación interinstitucional o políticas. Muchas especies con amplias áreas de acción, requieren de parches extensos de hábitat o de sitios puntuales poco perturbados”, sugieren los investigadores.

TATIANA PARDO IBARRA

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