Aunque el budismo es religión pacífica, en Myanmar ha inflamado el nacionalismo contra los rohingyas

Monjes radicales como Wirathu lanzan ataques furibundos contra el islam -

El budismo que no tiene compasión
El budismo pregona la compasión y es una de las religiones más pacíficas y tolerantes del mundo. Pero en Myanmar, nombre oficial de la antigua Birmania, ha generado una corriente antimusulmana que ha estallado con los ataques del Ejército a la etnia rohingya (pronúnciese rojinga), que han provocado un éxodo al vecino Bangladés de más de 600.000 personas desde finales de agosto. A pesar de las atrocidades cometidas por las tropas birmanas, que han quemado los poblados rohingyas, matado a los hombres y violado a las mujeres, los monjes budistas no solo no han criticado esta ola de violencia, sino que muchos incluso la han apoyado.

Es el caso del controvertido monje Wirathu, la voz más combativa contra los musulmanes de Birmania. Nacido en 1968 en Kyaukse, en la División de Mandalay, lleva ya casi dos décadas lanzando furibundos ataques contra los rohingyas en las redes sociales, sobre todo en sus vídeos en Youtube. Líder de los movimientos nacionalistas «969» y «Ma Ba Tha» (Asociación Patriótica de Myanmar), su discurso del odio ha sido tan incendiario que en 2003 llegó a ser condenado a 25 años de cárcel por sus sermones, pero en 2012 fue liberado junto a otros presos políticos en la amnistía declarada dentro de la transición a la democracia. «Puedes estar lleno de compasión y amor, pero no puedes dormir junto a un perro loco», dijo Wirathu refiriéndose a los musulmanes.

Ese mismo año, encabezó una manifestación pidiendo la expulsión de los rohingyas del estado occidental de Rakhine (pronúnciese Rajáin), sacudido ese verano por unos disturbios interétnicos entre budistas y musulmanes que dejaron más de 150 muertos y 2.500 casas quemadas. Desplazados por el conflicto, que empezó por la violación de una mujer budista a manos de varios musulmanes, 140.000 rohingyas fueron confinados por el Gobierno birmano en campos de refugiados cerca de la capital provincial, Sittwe.

En noviembre de 2015, durante las primeras elecciones «libres» que se celebraban en Birmania desde 1990, este corresponsal pudo entrar en dichos campos rohingyas de Sittwe. En inmundas chozas de bambú sin luz ni agua, y subsistiendo solo con la comida que repartía la ayuda humanitaria, los refugiados se quejaban de la persecución religiosa que sufrían por parte de la mayoría budista «solo por ser musulmanes».

Tras esta discriminación, que los trata como si fueran parias, subyace el profundo odio que los budistas profesan contra los musulmanes, sobre todo en el estado de Rakhine. «Aunque hay riesgo de radicalización, es mejor que los rohingyas continúen en los campos y vivamos separados porque quieren islamizar Birmania», justificaba U Shwe Maung, del Partido Nacional de Arakán, que dirige el gobierno provincial gracias al apoyo de la etnia budista Rakhine. A pesar de las críticas internacionales al trato dado a los rohingyas, este político local argumentaba que «debido a la abundante población en Bangladés, que es solo un tercio de Birmania pero tiene el triple de habitantes, tenemos miedo a que sigan viniendo y acaben ocupando nuestra tierra, extinguiendo nuestra nacionalidad y nuestra religión». De forma algo difusa, U Shwe Maung reconocía que «algunos de los confinados en los campos pueden haber nacido en Birmania», pero se excusaba en que «deben seguir la ley de ciudadanía y ser escrutados para conseguir la nacionalidad».

Este discurso también lo suscribía el monje budista U Ohattaona, que impartía clases de inglés en el monasterio de Wakkhamout. «Ahora tenemos paz porque los rohingyas no pueden salir de los campos pero, si vuelven, habrá de nuevo problemas, ya que hay muchos extremistas y gente con baja formación», advertía el monje, que pertenecía al movimiento nacionalista «Ma Ba Tha». Dirigido por el polémico Wirathu, a quien definía como «un héroe porque soluciona los problemas entre budistas y musulmanes», dicho movimiento pedía el voto para el Gobierno por su represión sobre los rohingyas y criticaba a la Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, quien tampoco ha alzado su voz a favor de esta minoría musulmana.

Los rohingyas fueron llevados en masa a Birmania como mano de obra barata durante la época colonial británica, pero las autoridades insisten en que son inmigrantes ilegales de Bangladés, muchos incluso recientes.

En sus carnés de identidad, pasaron de ser rohingyas a musulmanes de Birmania y luego, en los 90, solo rezaba que profesaban el islam o que eran bengalíes. Aunque las autoridades les dieron a muchos de ellos un documento de identidad temporal en 2010, se lo quitaron poco antes de las elecciones de 2015. Como a otros 750.000 rohingyas -la mitad de la población de esta etnia en Birmania antes de la última huida en masa -, les privaban así del derecho a acudir a las urnas en dichos comicios, que ganó el partido de Aung San Suu Kyi y marcaron el inicio de la transición a la democracia.

Mostrando su total apoyo a los rohingyas, el Papa Francisco no solo se ha reunido en Bangladés con un grupo de refugiados, sino que también se entrevistó en Birmania con el jefe del Ejército y principal responsable de las matanzas, Min Aung Hlaing, para pedirle el fin de esta atroz persecución. De igual modo, apeló a la moderación ante el líder budista Sitagu Sayadaw, otro de los monjes que encabezan el nacionalismo religioso de Birmania.
Antes de la visita del Papa, Birmania y Bangladés se comprometieron a empezar el regreso de los rohingyas en los dos próximos meses, pero su vuelta aún está por ver porque no se conocen los detalles del acuerdo.

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