El regimiento de negros que arrancaba cabelleras a los indios


El Cuerpo de Intendencia militar proporcionaba habitualmente peores suministros y equipo a los soldados de esta raza. También los destinaban a los lugares más peligrosos, entre ellos la frontera de Texas, donde los civiles americanos insultaban y agredían sin consecuencia a los soldados que los protegían del acoso indio

Una de las razones por las que las guerras de EE.UU. contra los indios se enquistaron fue porque entre los soldados del Ejército se produjo un gran descenso de efectivos tras la Guerra Civil, tanto en número como en calidad. Como explica Peter Cozzens en «La tierra llora» (Desperta Ferro), además de «inútiles y holgazanes», que afirmaba la prensa de la época, también había una cantidad muy elevada de «indigentes, criminales, borrachos y depravados» entre los nuevos voluntarios. La mayoría obreros no cualificados y alcoholizados que planeaban desertar en cuanto llegaran al Oeste. La feliz excepción eran las unidades formadas por afroamericanos. Los soldados negros, en su mayoría antiguos esclavos, veían en aquel destino una oportunidad de demostrar la valía de su raza a un país que todavía los veía como poco más que animales. De ahí que fueran los mejores guerreros del Far West («Lejano oeste»).

«La ambición de ser todo lo que los soldados deberían ser no se restringe a un puñado de hijos de esta raza desafortunada. Tienen la idea de que la gente de color de toda la nación se ve, en mayor o menor medida, afectada por su conducta en el Ejército. Ahí reside el profundo secreto de su esfuerzo paciente», opinaba un capellán blanco de un regimiento negro. Los cadetes de esta raza no bebían en exceso ni planteaban problemas de indisciplina. Lo que convertían al 9.º y el 10.º de Caballería y el 24.º y el 25.º de Infantería, que agrupaba a los soldados afroamericanos, en las unidades más temidas en el combate por las huestes indias.

Los nativos aprendieron a temer a estos soldados, de modo que los cheyenes del sur y los comanches los apodaron Buffalo Soldier, por respeto a la unidad y por lo mucho que les recordaba al pelo oscuro rizado de este animal. Las «tropas negras» asumieron con orgullo el apodo y se convirtieron el la mayor pesadilla de los indios por contestarles con su misma moneda. Si a los indios les gustaba arrancar la cabellera de sus enemigos, preferiblemente otros nativos, a modo de trofeo; a los Buffalo Soldiers les gustaba también este tipo de mutilación.

Los soldados más temidos por los indios

Unidades formadas por afroamericanos, pero lideradas por oficiales blancos, que no dudaron en elogiar su buen papel y sus habilidades en la lucha, aunque eran incapaces de admitir la igualdad racial. Los envidiosos oficiales de otras unidades incluso achacaban sus méritos a que estaban bien dirigidos por blancos. Un capitán afirmó sobre el 10.º de Caballería que «la raza de color es un valioso recurso para el Ejército, pero tienen que estar dirigidos por blancos, de lo contrario no valen para nada».

Como recuerda Cozzens en su libro, a algunos blancos alistados les molestaba directamente recibir órdenes de sargentos negros e incluso hubo un coronel que se negó a que su regimiento desfilara al lado de las «tropas negras», a pesar de que ellos habían demostrado ser mejores soldados en el campo de batalla.



Todo este racismo mal camuflado se tradujo en que el Cuerpo de Intendencia militar proporcionaba habitualmente peores suministros y equipo a los soldados de esta raza. También los destinaban a los lugares más peligrosos, entre ellos la frontera de Texas, donde los civiles americanos insultaban y agredían sin consecuencia a los hombres que los protegían del acoso indio.

Durante la batalla de Beecher Island (1868), 21 soldados americanos quedaron heridos o muertos, atrapados en una isla en territorio cheyenne, a la espera de que el hambre y el clima extremo remataran a los supervivientes. Cuando creían que estaba todo perdido, el 25 de septiembre de ese año, los soldados vieron acercarse a una unidad de caballería. ¿Sería el mítico 7º. de Caballería de Custer? ¿Una tribu india que venía a acabar con los últimos soldados en pie? No, era el 10º. de caballería al mando de Louis H. Carpenter. Entre gritos de gozo y lágrimas de felicidad, los Buffalo Soldiers repartieron todas sus raciones a aquellos hombres hambrientos.

En otra batalla, la bautizada como Milk Creek (1879), en el noroeste de Colorado, también fue la propicia llegada de una compañía de Buffalos, la 9º de Caballería, lo que salvó al Ejército de registrar más bajas. Cuando los soldados afroamericanos atravesaron las barricadas en las que se protegían los soldados, los temidos utes no dispararon entre intrigados y asustados por su color de piel. 
Compartiendo el rancho y las barricadas con ellos, un soldado blanco afirmó de forma despectiva: «¡En serio! Permitimos a esos negracos que se metieran en las trincheras con nosotros. Les dejamos que durmieran con nosotros y ellos sacaron los cuchillos y cortaron tajadas de beicon por el mismo lado que nosotros».

«La raza de color es un valioso recurso para el Ejército, pero tienen que estar dirigidos por blancos, de lo contrario no valen para nada»

Conscientes de los desprecios que los Buffalo Soldiers sufrían a manos de sus camaradas blancos, los guerreros utes improvisaron en una ocasión una «copla» con el objetivo de burlarse de ellos:

«Soldados de rostro negro, vais a la batalla detrás de los soldados blancos; pero no os podéis quitar vuestros rostros negros, y los soldados de rostro pálido os hacen cabalgar tras ellos».

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