Los acusados de fechorías en la exYugoslavia tuvieron mando en una guerra en la que todo atisbo de piedad era sospechoso


Criminales, héroes y el recuerdo del honor

Mladic (izquierda) camina junto al exdirigente serbobosnio Radovan Karadzic, en el Monte Vlasic, en abril de 1995 - REUTERS |Vídeo: Ratko Mladic, condenado a cadena perpetua. 

En sociedades que no se escandalizan con políticos que declaran hoy lo contrario que ayer y reconocen que lo hacen por conveniencia es difícil de entender que alguien se suicide por su nombre y su palabra. Cuando el vínculo otrora sagrado entre palabra y honor ya ni se practica ni se espera de los demás, la palabra no vale nada y el concepto del honor suena lejano y antiguo, casi ridículo. Eso explica que cuanto más se sabe del croata de Bosnia Slobodan Praljak, menos se entiende en estas sociedades su drástica decisión. Praljak murió el pasado miércoles en La Haya tras beberse un vaso de cianuro en el banquillo del Tribunal Penal para la ex Yugoslavia cuando le era confirmada su pena de 20 años de prisión como criminal de guerra. El reo se levantó y dijo con solemnidad como quien deja constancia grabada de la verdad: «Jueces, Slobodan Praljak no es un criminal de guerra, rechaza con desprecio ese veredicto». Acto seguido levantó la mano derecha en la que escondía un frasquito que bebió con pulso tembloroso. Instantes después se desplomaba. Fue trasladado al hospital pero nada se pudo hacer por su vida.

Praljak sabía que, con dos tercios ya cumplidos, apenas le quedaba prisión que cumplir. Otros criminales condenados como los serbo-bosnios Momcilo Krajisnik o Biljana Plavsic viven ya su vejez en libertad en sus casas tras cumplir esos dos tercios de sus largas condenas. Praljak se había entregado voluntariamente hace 13. Con 72 años, buena salud y conducta, como muy tarde en dos años podría haberse retirado a su Herzegovina natal donde es inmensamente respetado y nada le habría faltado. Le habrían cuidado y agasajado en Caplina, donde nació en 1945, como en Mostar donde miles de croatas salieron a la calle con velas a honrar a quien había sido el jefe de la defensa croata del HVO en la ciudad. Todos decían allí que Praljak no era un criminal sino un héroe. Nadie le echaba en cara ni limpieza étnica de musulmanes en la célebre ofensiva final de Oluja (Tormenta) en 1995 ni antes la voladura del célebre puente de Mostar, por la que la prensa le ha recordado, cuando el tribunal le exoneró de culpa directa y reconoció además que el puente era objetivo militar legítimo.
Ciudadanos croatas encienden velas en memoria de Praljak-EFE

Tres carreras universitarias, una ingeniería, filosofía y sociología y además arte dramático había estudiado Praljak en Zagreb y Sarajevo. Era autor de series televisivas y documentales, escribió libros y dramas y dirigió obras en teatros en las principales ciudades croatas. Era un intelectual el suicida, el supuestamente monstruoso criminal croata que algunos han caricaturizado y comparado ridículamente con Hermann Göring. Cuando este se envenenó camino del cadalso mientras Praljak lo hacia camino de ser puesto en libertad. Nunca había sido un nacionalista ni un colaborador de la policía comunista como sí lo fue otro de los célebres criminales de guerra de los Balcanes, el serbio de Bosnia Radovan Karadzic, psiquiatra, poeta e intelectual de café en Sarajevo, cerca de su localidad natal de Pale. Praljak no había preparado la guerra y hecho planes para ella como Karadzic o militares profesionales como Ratko Mladic. Karadzic había volcado en la guerra contra los musulmanes de Sarajevo todo su resentimiento social y cultural como «paleto» despreciado por las elites intelectuales urbanas y aplaudió la guerra desde el principio. Praljak por el contrario vio como la guerra lo hizo general no habiendo sido en realidad nunca ni militar. Para Mladic, la guerra fue el máximo objetivo vital. Solo la Gran Serbia le quitaba el sueño. Y su hija que se suicidó en plena campaña al saber de las atrocidades que cometía su divinizado y adorado padre. Mladic fue detenido en 2011 tras 15 años huido y condenado a cadena perpetua hace semanas por su peor monstruosidad que fue el asesinato de los 8.000 varones musulmanes de todas las edades capturados y ejecutados en Srebrenica.

Ratko Mladic
Criminales de manual

Hay criminales de guerra de manual. Tanto de los militares que, como Mladic, se sienten dioses en la batalla y pasan a decidir sobre la vida y la muerte de todos, enemigos y subordinados. Muchos que han cometido inmensas atrocidades no han sido juzgados y muchos de los juzgados, unos absueltos, otros no, han hecho lo que los demás habrían hecho en su lugar. Ante Gotovina es un aventurero de siempre y tiene esa madera mítica del guerrero que llevó a tantos soldados croatas a adorarle y a muchos croatas a considerarlo un héroe nacional cuya última gesta es pagar con 24 años de prisión en La Haya su lucha y su amor por la patria. Aunque Gotovina ya había luchado por otros. Antes de cumplir los 18 ya estaba en la Legión Extranjera francesa. Antes de los 25 era un veterano de la guerra del Chad. Y fue mercenario durante lustros en Latinoamérica al servicio de diversos regímenes y grupos paramilitares. En Croacia fue un general brillante y dirigió aquella Operación Tormenta que fue una operación masiva de desplazamiento de población y origen de la mayoría de las acusaciones contra las fuerzas croatas. Fue detenido en Tenerife en 2005.

Ante Gotovina

También había delincuentes puros. Como con los paramilitares surgidos de bandas del submundo que han encontrado en la ideología nacionalista el perfecto abrigo y pretexto para cometer todas las barbaridades y tienen en la guerra la oportunidad de desatar toda la vesania que siempre añoraron. También están ahí cabecillas guerrilleros que proliferaban en la guerra en Bosnia y Croacia y aterrorizaban a la población civil en el frente y la retaguardia. O los subordinados de Vojislav Seselj, el escritor ultranacionalista dirigente de una cuadrilla de asesinos que sembró el terror durante casi una década en los Balcanes, que es uno de los mejor parados que pasó 11 años en La Haya, fue liberado para un tratamiento de cáncer y hoy está en el parlamento serbio con grupo propio a pesar de que la fiscalía recurrió su absolución de una larga lista de crímenes. Después hay figuras trágicas como la de Gojko Susak que abandonó su plácida vida de propietario de pizzería en Canadá para irse a la guerra a defender la patria, ser ministro de defensa y ser acusado por unos de traidor y por el TPIY de crímenes de guerra. Susak murió a los 53 años de un cáncer de garganta en 1998 sin ser juzgado imputado.

Gojko Susak

Los hay de todas las cataduras. Patriotas que fueron demasiado lejos, asesinos vocacionales, notorios psicópatas, hombres honrados incapaces de frenar la brutalidad de los subordinados en una guerra con más odio que casi todas. Hombres muy distintos entre sí, aunque todos ellos con mando en una guerra en la que todo atisbo de piedad era sospechoso. No puede evitarse la sensación de injusticia. No solo de ellos entre sí, de ellos con otros criminales quizás mucho peores que lograron escapar impunes, pero también de los protagonistas de otras guerras. Porque confirman la impresión de que, juzgados por el mismo rasero, muchos héroes, militares y políticos de la Segunda Guerra Mundial habrían acabado hoy en el banquillo de un tribunal internacional.

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