PACTO CON EL DIABLO, ¿Una solución financiera?



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Ofelia se encontraba en una difícil situación económica. Por lo que decidió tomar medidas extremas. Después de mucho pensarlo y sopesar las diversas alternativas pensadas, se decidió por la considerada más expedita y efectiva: venderle el alma al diablo.

Al oír hablar de este negocio, alguien desprevenido, pensaría de inmediato en un camposanto y en ritos donde se involucraban rezos invocadores al Maestro, al Patas, Lucifer, Satanás, Anticristo, Leviatán, Demonio, Patillas, Demontre, Diantre, Ángel de las Tinieblas, Ángel del Mal, Ángel Caído o como quieran llamarlo, lo mismo en el sacrifico de algún gato vagabundo, negro, cazado en los alrededores de una caneca de basura, alas de murciélago en polvo, tierra de cementerio, sacrificio de infantes, aquelarres, etc. etc..

Pero estaban muy equivocados, los negocios con el diablo se habían modernizado junto con el desarrollo y globalización de las economías. El patas había establecido oficinas en todo el orbe y funcionaban al lado de las Bolsas de Valores de los diferentes mercados organizados del mundo. Vender el alma al diablo, en el siglo XXI, era un negocio como la compra y venta de acciones o de cualquier otro valor financiero. Aunque usted no lo crea, todos los días presenciamos como numerosos comerciantes afirmaban que llegarían a ese extremo con tal de maximizar las ganancias, e inclusive era común escucharle a los políticos el cuento de “aliarse hasta con el diablo” con tal de triunfar.

Nuestra amiga logró averiguar dónde quedaba el despacho público de Leviatán, al cual imaginaba de cachos y cola. Se dirigió hacia el lugar a proponerle el negocio, el más apreciado por este, de acuerdo a lo sabido desde siempre por todos los quebrados del mundo.

Una vez ingresó a la espectacular oficina de todo un piso, en uno de los edificios bordeando a Wall Street, fue recibida como una cliente estrella, pues la eficiencia y la calidad total enseñada por los japoneses también había tocado a las puertas del averno, por una bella secretaria, noventa, sesenta, noventa. Con sonrisa diseñada en laboratorio, la invitó a seguir a tomarse un café, mientras el “Patrón”, que era un hombre muy ocupado, terminaba unos asunticos, y que tan pronto se desocupara, la recibiría.

Después de una corta espera, nuestra amiga, hecha un atado de nervios y de curiosidad por conocer al tan mencionado personaje, al fin escuchó la orden de pasarla ante él. Le extrañó el empleo de su nombre de pila de parte de la secretaria. Este y el motivo de la visita, no habían sido mencionados por ella al arribar a la lujosa oficina. Detalle que la asustó un poco, pero —¡A lo que vinimos! —se dijo antes de pasar ante el famoso “Patas”.

La imaginación, desbordada por las historias ancestrales, la había puesto a pensar en una estancia llena de humo y de llamas y al “Negro Caliente” sentado en un trono, chamuscado por el fuego abrasador.

La sorpresa de Ofelia, frente al “Maligno” no tuvo parangón en su vida, pues le fue presentado un hombre común y corriente: bajo de estatura, casi un enano, con calvicie incipiente y de sonrisa encantadora.

La oficina elegante donde atendía a los clientes, para su sorpresa, tenía aire acondicionado; en esos instantes al máximo de enfriamiento ante los calores del verano, todo lo contrario a lo esperado.

Sin preámbulos, la mandó a sentar en una de las sillas de cuero al frente del elegante escritorio, desde donde Don Sata atendía los diferentes asuntos de interés y en aras del fortalecimiento del Averno, Infierno, Hades, Antro, Tártaro, Fuego Eterno y otros nombres dados por el común.

El calvete al frente, para sorpresa de Ofelia, le dijo de una y sin evasivas lo pertinente respecto al motivo de su visita:

—Mira yo lo sé todo y por lo tanto el qué vientos te traen por estos lados: estás en una difícil situación económica y decidiste venderme tu alma. Estoy dispuesto a comprártela, de una vez, para que no le des más vueltas al asuntico, mujer.

A Ofelia aterrorizada, por la sapiencia del “Demonio”, se le perdió el habla durante unos segundos. Las piernas paralizadas no le dieron para huir de ese lugar como lo pensó en ese terrorífico instante; parecía atornillada a la silla. Su voluntad quedó a merced del personaje al frente.

Lucifer continuó con el discurso, sin preocuparse en lo más mínimo de la evidente cara de terror esgrimida por nuestra amiga. Por algún misterioso motivo Ofelia comenzó a tranquilizarse ante la seguridad y el magnetismo expresado por el peculiar personaje, y además por la mirada hipnótica lanzada sobre sus aterrados ojos.

—Para nuestra empresa, tu alma está cotizada en la suma de cien millones de dólares. Estamos dispuestos a pagarte de inmediato y en efectivo si nos firmas el contrato de venta, formato estándar, ante tus ojos. —Remató dirigiendo la mirada hacia el cielorraso. Ofelia presenció asombrada como ante ella, se materializaban unas hojas formato de contratos, vistos en papelerías comerciales.

Al oír mencionar semejante cifra, dejó de respirar, el corazón se le aceleró a mil y estuvo a punto de desmayarse. “El Diablo” le pasó un vaso de agua y esperó su recuperación. Estaba acostumbrado a la reacción de los humanos, llenos de necesidades, cuando les mencionan esas cifras exorbitantes.

—Ofelia este negocio tiene sus condiciones. Dime si estás dispuesta a cumplir con las obligaciones, especificadas en el contrato, pues una vez aceptes, ya no hay vuelta de hoja. Puedes leerlas en el reverso, en letra pequeña—exclamó “Lucifer” con voz solemne.

Ante la situación económica de nuestra amiga, y el Diablo lo sabía, ¿quién iba a resistirse a semejante propuesta?

Ofelia firmó el contrato como lo había previsto el Gran Satán, sin la lectura de las cláusulas en letra menuda.

—Bueno amiga, perdón, mi querida socia, primero te haremos entrega del dinero. Nuestra secretaria debe estar organizándolo, para entregártelo una vez terminemos lo nuestro. Ofelia como no leíste la letra menuda del libelo, te voy a aclarar algunos puntos. Nuestras condiciones son las siguientes: son las tres de la tarde del día martes, 13 de julio, —se lo dijo, constatando la hora en un reloj Rolex de oro llevado con elegancia en su mano izquierda—a partir de ahora tienes seis meses para gastarte los cien millones de dólares, lo no desembolsado en ese tiempo, regresará a nuestras arcas y de acuerdo a otra cláusula, no puedes comprar mercancías sobre el límite de diez mil dólares por unidad y menos donarlo.

El treinta y uno de diciembre del presente año, a las doce de la noche en punto, pasaré a recoger tu alma y el dinero sobrante. Desde ese momento serán mi alma y mi dinero, sin discusiones, de acuerdo al contrato firmado por las partes, en este maravilloso día de alegría para nuestra empresa.

Ofelia fue presa de una persistente tos, producto de la impresión causada por semejante condición.

—¡Seis meses no más! Usted está loco, es imposible gastarse ese dinero en tan corto tiempo, ni en cien vidas lo podría hacer, a no ser regalarlo, pero según me dice eso no se puede hacer bajo ninguna circunstancia —replicó compungida la pobre Ofelia.

Como nuestra amiga era buena para hacer cuentas, calculó que gastándose diez mil dólares mensuales, se demoraría años para enajenar el dinero y eso sin contar con los intereses. Le pudieron pagar con muchos menos dólares y el resultado era el mismo. Lucifer seguía siendo un tramposo irredento, igual a como lo pintaban en las historias.

Ante los argumentos esgrimidos por Ofelia, Lucifer le enseñó el contrato firmado, diciéndole con voz ya no tan zalamera como antes de firmarlo:

—No es problema mío, mi querida socia, contrato es contrato, nos vemos en la fecha especificada. A las doce de la noche del próximo treinta uno de diciembre, pasaré por tu alma y el dinero, estés donde estés y te advierto, para evitar problemas, no podrás esconderte de mí, ni lo intentes. ¡Este punto debe quedarte bien claro, es lo más importante de todo el asunto contratado! —Le dijo el patas con grosería.

Ofelia compungida abandonó el lugar, pero a la vez decidida a comenzar una nueva vida y a intentar gastarse todo ese dinero. Como era obvio de acuerdo a las cuentas hechas someramente, no se podría lograr sino en una mínima parte.

Llegado el treinta uno de diciembre Ofelia todavía tenía gran parte de los dólares en su poder como se había previsto, y de acuerdo a la costumbre en las personas malas pagas, había olvidado el pacto con el diablo.

Una revista ojeada, mientras se hacía un tratamiento de belleza en una elegante y cara peluquería, preparándose para la fiesta de año nuevo, le enseñó en una de sus páginas, la figura de un demonio en una publicidad de un producto para desobstruir cañerías. En ella aparecía la figura de un demonio, armado con un tridente, recordándole de inmediato el terrible pacto a cumplir ese día a la media noche, a la hora en que las gentes del mundo, se abrazaban para saludar la llegada del nuevo año.

Decidió no cumplir con los acuerdos y planeó huir en un avión particular hacia la selva amazónica, con las intenciones de internarse en ella, hasta bien lejos, donde el diablo no la pudiera encontrar jamás.

Dicho y hecho, hacia las cuatro de la tarde ya estaba en Leticia, ciudad limítrofe con la manigua colombiana, brasileña y peruana.

Compró de inmediato varias mulas, amarró en su lomo las grandes maletas con el dinero restante y se internó en la impenetrable selva virgen.

Después de caminar varias horas, hacia las doce de la noche divisó una cabaña. Calculó entrar a las doce en punto en ese refugio, donde le era imposible a Lucifer encontrarla.

Al abrir la puerta, en el fondo de un corredor, frente a un espejo estaba “Don Sata”, muy orondo, peinándose las pocas mechas. Al ver a nuestro amiga le dijo con voz de admiración:

—¡Ehhh Ofelia, tú si eres la mujer más cumplida del mundo, considerada y honrada, trajiste tu alma y el dinero sobrante. Me estaba peinando para salir a buscarte y vaya sorpresa, viniste hasta este moridero, da gusto hacer negocios con gente tan responsable!

Fernando Tejada


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