Stalingrado 1942


Stalingrado. Septiembre de 1942. Los tanques germanos caminan en combinación con la Infantería, después de romper la formidable línea de defensa de los bolcheviques.

Stalingrado: la verdad tras el infierno bolchevique que pulverizó a los imbatibles tanques nazis
David M. Glantz y Jonathan M. House publican «A las puertas de Stalingrado» (Desperta Ferro, 2017) una exhaustiva revisión de la campaña que cambió el destino de la Segunda Guerra Mundial.

Julio de 1942 fue un mes amargo para Aleksandr Ilich Liziukov. El general de brigada, que acababa de ser degradado por Stalin, había recibido la orden de romper de la mano de su II Cuerpo de Tanques las imbatibles líneas que los panzer germanos habían formado en Vorónezh (al norte de Ucrania). Un sueño imposible del «camarada jefe», que veía como los germanos conquistaban de forma inexorable la URSS. Desesperado y cercado por el enemigo, el día 23 este militar se subió a un carro de combate KV y se lanzó en una carga suicida contra los nazis con dos objetivos: retrasar su avance e intentar salvar a dos brigadas rusas aisladas. No lo consiguió. Un cañón anticarro detuvo en seco su blindado y el oficial fue ametrallado tras abrir la escotilla para abandonar el vehículo.

La muerte de Liziukov fue una de las muchas que regalaron a Stalin unas jornadas decisivas para reorganizar sus maltrechas (y poco versadas) fuerzas tras el comienzo de la Operación Barbarroja (la invasión de la URSS por parte de la «Wehrmacht») el 22 de junio de 1941.



La situación lo requería, pues los nazis habían penetrado en la cuna del bolchevismo como una navaja gracias a la guerra relámpago. Del lado del dictador también se posicionaron otros factores como la llegada del mismo frio gélido que había vencido antes a Napoleón Bonaparte o la impracticabilidad de los caminos embarrados. Todos ellos, elementos determinantes para que las industrias armamentísticas fuesen trasladas «tornillo a tornillo» hacia el este y empezase una producción en masa de material que, a la postre, permitiría a los defensores expulsar a Adolf Hitler de sus tierras.

Así lo corroboran en «A las puertas de Stalingrado» (la primera parte de una tetralogía sobre esta campaña editada por Desperta Ferro) David M. Glantz y Jonathan M. House, dos de los mayores expertos que existen actualmente en el Ejército Rojo y en la Gran Guerra Patria. Su nueva obra, que comienza analizando los factores que llevaron a Hitler a la derrota, supone una revisión completa a la batalla que cambió el destino del mundo. Un estudio en el que aportan desde informes oficiales, hasta fuentes desconocidas, y que busca acabar definitivamente con las mentiras que existen alrededor de la contienda. Algunas, tan severas cómo el verdadero objetivo que perseguía el «Führer» con la invasión: capturar los pozos petrolíferos del Cáucaso (y no tomar la ciudad de Stalingrado).

Superioridad inicial

La Operación Barbarroja, llamada así en honor de Federico I, comenzó el 22 de junio de 1941 cuando un contingente de 152 divisiones alemanas divididas en tres Grupos de Ejército se lanzó sobre la URSS a toda máquina. Después de que la «Luftwaffe» (la fuerza aérea nazi) consiguiera la superioridad aérea en los dos primeros días del enfrentamiento, las unidades mecanizadas germanas hicieron válida su doctrina de combate y, a base de rodear y embolsar al enemigo, avanzaron 1.200 kilómetros en solo tres meses.

El ejército de Stalin, muy superior en número al de Hitler (aunque escaso de experiencia y con medios obsoletos) quedó tan sorprendido por aquella invasión que se vio obligado a capitular una y otra vez. De hecho, hasta dos millones de soldados soviéticos fueron apresados durante los combates iniciales.

El éxito inicial de Barbarroja llevó a Hitler a afirmar que no tardaría en dominar la URSS: «Uno ya puede decir que la tarea de destruir la masa del Ejército Rojo se ha cumplido. Por tanto, no exagero al señalar que la campaña contra Rusia se ha ganado en 14 días». En su nueva obra, Glantz y House creen que, efectivamente, el avance fue gigantesco, aunque culpan en parte a Stalin: «El ejército alemán sorprendió al Ejército Rojo en el peor momento posible. Cuatro años de purgas políticas habían decapitado al cuerpo de oficiales soviéticos; muchos comandantes acababan de llegar a los presidios de Siberia cuando comenzó la guerra y otros estaban siendo “depurados” o “purgados” de las filas de las fuerzas armadas».

En todo caso, el «Führer» veía por entonces cumplidos sus sueños de forjar un imperio que se extendiera desde el Atlántico hasta los Urales.

Factores de la derrota

Lo que Hitler desconocía es que, en el mismo instante en que sus hombres pusieron un pie en la «Madre Rusia», empezaron a cavar su propia tumba. En palabras de los autores, uno de los primeros clavos del ataúd fue precisamente la aplicación de la guerra relámpago germana en la URSS. Y es que, al ser un territorio tan gigantesco, los panzer debían recorrer cientos de kilómetros en apenas unas jornadas para rodear y aislar al enemigo. Algo que no había ocurrido ni en Polonia, ni en Francia.

«Las largas distancias y las primitivas vías de comunicaciónhicieron que las formaciones mecanizadas alemanas se distanciaran a menudo de la infantería que marchaba a pie y de la artillería remolcada por tiros de caballos», determinan los expertos en su obra. Este hecho dejó a los carros de combate desprotegidos ante el enemigo en más de una ocasión.

A su vez, las «bolsas» resultantes eran tan débiles, que los soviéticos lograban huir de ellas antes de que llegasen las fuerzas a pie. «Los comandantes y oficiales del Estado Mayor del Ejército Rojo, junto con miles de sus hombres, escapaban a menudo de las bolsas cerradas de manera débil y se unían a los partisanos locales o regresaban a sus propias líneas», añaden.

Las anticuadas carreteras también ayudaron a Stalin a detener al ejército invasor. Ejemplo de ello fueron los habituales caminos de tierra, impracticables por los carros de combate tras las lluvias, o las anticuadas vías de la red ferroviaria, de ancho diferente al alemán. Sin embargo, el mayor escollo al que se tuvo que enfrentar Hitler fue a un Ejército Rojo resuelto a la defensa. Un contingente formado por hombres que sabían que retirarse significaba ser fusilado por sus superiores.

Batalla de Stalingrado

Así quedó patente en la «Orden 227» rusa emitida en julio de 1942: «De hoy en adelante, la férrea ley disciplinaria de todo oficial, soldado y comisario será: ni un solo paso atrás sin orden del alto mando. Todo comandante de compañía, batallón regimiento o división, así como todo comisario político que se retire sin órdenes será considerado como un traidor a la patria, y como tal será tratado».

Los expertos señalan también que Hitler debería haber pensado en el ingente número de soviéticos que Stalin tenía a su disposición para detener a su «Wehrmacht» (las fuerzas armadas alemanas): «La extraordinaria capacidad de la Unión Soviética para generar grandes formaciones militares nuevas, por muy pobremente entrenadas y equipadas que esas unidades pudieran estar, hicieron que la intención germana de destruir el grueso del Ejército Rojo fuese un sueño imposible. Los frustrados alemanes descubrieron que dondequiera que eliminaban a un grupo de soldados soviéticos surgía otra oleada de defensores como de la nada para continuar la lucha».

A todo ello se sumó un invierno que dejó temperaturas de hasta 45 grados bajo cero. Tiempo que, a finales de diciembre, ya había provocado unos 100.000 casos de congelación.
Los generales que se enfrentaron al avance nazi

Timoshenko

Semyon Konstantinovich Timoshenko nació en 1895, se unió al ejército en 1915 y, posteriormente, combatió en la Primera Guerra Mundial. Amigo personal de Stalin, obtuvo sus galones en la invasión de Finlandia. Fue el impulsor de la disciplina como elemento clave para vertebrar al Ejército Rojo y el segundo en el escalafón militar durante la contienda contra los germanos. No pudo resistir el empuje nazi al mando del ejército ubicado en el frente central (el que más reforzó Hitler), pero salvó a parte de sus hombres de la bolsa de Smolensko y dirigió la ofensiva de Járkov.

Gólikov



Filip Ivánovich Gólikov nació en 1900. Tras combatir en la Guerra Civil rusa, y después de sobrevivir a la temibles purgas de Stalin, participó en la conquista de Polonia. Cuando comenzó la contienda, el «camarada supremo» le envió como emisario a Gran Bretaña y a Estados Unidos, donde sentó las bases para la futura cooperación con los aliados. Al regresar recibió el mando del 10º Ejército de la Reserva, al que dirigió heroicamente en la batalla de Moscú. Como premio lideró el 4º Ejército de Choque, con el que avanzó hasta Smolensko. En 1942 comandó el Frente de Briansk.

Malinovski



Rodión Yákovlevich Malinovski (1898) se curtió en la Guerra Civil rusa y en la Guerra Civil española. Cuando comenzó la invasión germana se encontraba al frente del 48º Cuerpo de Fusileros del Distrito Especial de Kiev. A pesar de que sus fuerzas eran ampliamente superadas en número por las enemigas, pudo defender la zona durante varios días antes de retirarse. Al mando del 2º Ejército de Guardias evitó que los nazis cerraran el cerco de Stalingrado y aplastó al popular Erich von Manstein. Recibió el título de Héroe de la URSS por aislar a los alemanes en Crimea.

Kozlov

Dmitry Timofeevich Kozlov (1896) era un veterano de la Primera Guerra Mundial y de la Guerra Civil rusa. Dirigió de forma destacada un cuerpo de fusileros durante la invasión de Finlandia. Después de que los nazis cruzaran la frontera recibió el mando del Frente Transcaucásico y de su sucesor, el Frente de Crimea. Como comandante aseguró las fronteras con Turquía e Irán y planificó la operación que, en diciembre de 1942, expulsó al Undécimo Ejército alemán de la península del Kerch.

Entradas populares