Un año después, la ciudad de Alepo sigue sanando heridas



(foto Reuters)

Kalasé se ha vuelto a llenar de atascos y sus puestos de verduras están repletos de nuevo. Pero en este antiguo barrio rebelde de Alepo, el espectáculo desolador de edificios derruidos sigue recordando la cruel batalla que terminó hace un año en la antaño capital económica de Siria.

“Hay mucha gente […], la gente vuelve”, dice complacido Jayro Moselmani, extaxista en este barrio, ya bajo control gubernamental.

En cambio, unas decenas de kilómetros de allí, en la vecina provincia de Idlib (noroeste), el rebelde Mohammad Assaf lamenta el día “trágico” en que tuvo que dejar la ciudad cuando esta cayó en manos del ejército.

El 22 de diciembre de 2016 marcó un antes y un después en el sangriento conflicto sirio: tras cuatro años de incesantes combates que mataron a miles de civiles, el régimen de Bashar Al Asad retomó Alepo, segunda ciudad del país y pulmón económico.

Era el principio del fin para los rebeldes: desde entonces, registraron sucesivos reveses frente al régimen, apoyado por su aliado ruso, cuya implicación desde 2015 contribuyó en gran medida a que cambiaran las tornas, principalmente en Alepo.

El sector rebelde de la gran metrópolis del norte sirio, en la parte oriental de la ciudad, quedó arrasado por los bombardeos sirios y rusos.

Después, fue sometido a un asedio hermético que sumió en el hambre a decenas de miles de habitantes, evacuados finalmente a la fuerza en solo unos días, antes de que el régimen recuperara el control total de la ciudad.

Un año después, la vida va recobrando lentamente su ritmo habitual. Prácticamente se han restablecido los servicios de agua y electricidad y muchas calles, ya libres de escombros, han sido reasfaltadas.

– ‘Hay seguridad’ –

Moselmani, que se fue en verano de 2012, cuando los rebeldes conquistaron Alepo Este, explica que vivió en Tartús (oeste) en una tienda junto a su familia.

Regresó en enero y encontró las paredes de su casa destrozadas.

“Al volver, soñábamos con la idea de ver a alguien en el barrio. Hoy […] hay coches que entran y salen”, indica el sexagenario, que ha abierto un puesto de carnes a la brasa. “Gracias a Dios, hay seguridad”, afirma.

El trajín contrasta con las imágenes de calles desiertas durante las peores horas de los bombardeos.

Unos hombres colmatan un hueco en una de las paredes de un apartamento y otros, sin recursos, echan mano de techumbres de plástico para guarecer sus viviendas, medio destruidas.

“La época de los rebeldes era la del hambre y el asedio”, asegura Salah Moghayer, en el barrio de Salhin.

Este exempleado de un hamam, hoy reconvertido en mensajero, fue evacuado junto a miles de personas de Alepo Este. Volvió a su casa a principios de año.

“El hamam fue destruido, en cuanto lo reparen, retomaré el trabajo”, asegura este padre de familia.

Según cálculos no oficiales, la mitad de los habitantes de Alepo Este, es decir, casi medio millón de personas, habrían vuelto a sus casas.

Pero de la ciudad que antaño era el orgullo de Siria por su filón económico y turístico, no queda ni la sombra de lo que fue.

“La restauración económica será difícil”, explica a la AFP Fabrice Balanche, geógrafo especializado en Siria.

El analista de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) menciona el saqueo de la zona industrial y el éxodo de numerosos empresarios.

“Están en Gaziantep (Turquía), donde han reconstruido sus fábricas y a donde han llevado a sus antiguos trabajadores. No tienen pensado volver”, afirma.

Las famosas atracciones turísticas de Alepo -el mayor zoco cubierto del mundo y la Ciudad Vieja, en la línea de demarcación- fueron devastadas.

– Despedirse de cada piedra –

Y, aunque ha pasado un año, la división sigue vigente.

La parte oeste de la ciudad recibió el impacto de los cohetes de los rebeldes, pero el sector oriental quedó mucho más destruido.

Mientras que los activistas antirrégimen denuncian casos de desapariciones o encarcelamientos, numerosos habitantes de Alepo Este no quieren ni se atreven a volver.

“Nunca me planteé volver pues con un poder opresor y un déspota como presidente, es imposible”, dice a la AFP Mhammad Luai. “Seguramente me detendrían”.

El joven, de 22 años, antaño profesor de física y de inglés, todavía recuerda la evacuación.

“Fue como si nos arrancaran el corazón […]. El impacto nos duró seis meses”, agrega Luai, en la actualidad instalado en la provincia de Idlib, donde terminaron muchos insurgentes y civiles evacuados.

“Nos despedíamos de cada piedra”, recuerda Izdihar, madre de dos niños, que dejó tras de sí su casa, su pasaporte y la foto de su hermano, muerto.

Durante los combates, “aunque la esperanza de liberar la ciudad fuera del 1%, estábamos felices de estar en Alepo”, añade Mohammad Asaf, un rebelde de 22 años.

¿El último día en Alepo? “Preferimos no recordarlo”.

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