Cómo hace Vladimir Putin para deshacerse de todos sus rivales políticos


Trampas, intrigas y maniobras




Por primera vez en mucho tiempo, los opositores al indestructible Vladimir Putin esperaban una elección con algo de esperanza. El ex espía de la KGB, que es dueño absoluto de la política rusa desde el 31 de diciembre de 1999, cuando asumió la presidencia de manera interina, no había enfrentado nunca a un rival verdaderamente competitivo. Alexei Navalny, un abogado de 41 años con mucha llegada a los jóvenes a través de las redes sociales, iba a ser el primero en los comicios del próximo 18 de marzo. Iba, porque finalmente no será.

La Comisión Electoral Central inhabilitó su candidatura a comienzos de la semana debido a una vieja condena por un supuesto caso de corrupción nunca esclarecido. La acusación en su contra es curiosa, ya que la lucha contra la corrupción es su principal bandera. El Tribunal Supremo de Rusia rechazó este sábado la apelación presentada por Navalny, que en los últimos años organizó algunas de las manifestaciones opositoras más importantes de la era Putin, y que sólo en 2017 fue encarcelado tres veces por protestar.



“El proceso al que estamos invitados a formar parte no es una elección. Sólo Putin y los candidatos que él ha elegido personalmente, los que no representan ninguna amenaza, pueden participar. Anunciamos una huelga de voto. Vamos a pedir a todo el mundo que boicotee estas elecciones, no reconoceremos los resultados”, anunció el dirigente luego de haber sido vedado.

“Putin enfrentará el mismo tipo de oposición que en las últimas elecciones, una oposición leal. Hay dos subtipos. El primero está integrado por algunos nombres reconocidos por el electorado. Ahí están incluidos Vladimir Zhirinovski y Grigory Yavlinsky, dos figuras que han estado en política durante todo el período postsoviético. El segundo grupo es el de los que tienen un partido político aceptado, pero son muy desconocidos por el público”, explicó Sean Roberts, profesor de política internacional en la Universidad de Portsmouth, consultado por Infobae.

Lo de Navalny no es una excepción. La persecución de la oposición dura es política de Estado en Rusia desde su fundación. Si bien con Putin está lejos de los niveles que había en tiempos de la Unión Soviética, y los mecanismos suelen ser más sutiles, sigue siendo implacable.

Los rusos no creen que viven en una democracia, pero tampoco creen tener alternativas significativas a Putin
“El régimen de Putin tiene muchos componentes —continuó Roberts—. Su resistencia se basa en la renta petrolera y gasífera, en el control sobre los medios de comunicación y las instituciones políticas, como la Comisión Electoral y el sistema judicial, y, por supuesto, en su propio carisma. Navalny y otras figuras políticas suelen ser suprimidas usando técnicas suaves, como los medios legales e institucionales. Con los años, Putin y su círculo han consolidado el control. Fue un proceso largo que se remonta a 2000?.

La ausencia de una competencia real es lo que explica los triunfos apabullantes que obtiene Putin en cada elección. La más pareja fue la primera, el 26 de marzo de 2000. Si bien se presentó siendo presidente interino por la renuncia de Boris Yeltsin, de quien había sido primer ministro, aún no controlaba todos los resortes del poder. Se impuso por el 52.9% de los votos ante el candidato del Partido Comunista, Gennadi Ziuganov, que obtuvo el 29 por ciento.

Desde ahí, todo fue más fácil. En 2004 alcanzó el 71.3%, casi 60 puntos por encima del segundo. Con la tranquilidad de saber que la oposición estaba desarticulada, no tuvo miedo de perder el poder ante la imposibilidad de presentarse a una nueva reelección consecutiva en 2008. Su delfín, Dmitri Medvédev, cosechó exactamente el mismo caudal de votos que él.



Tras cuatro años en los que siguió gobernando, aunque como primer ministro, pudo volver a presentarse a elecciones presidenciales en 2012. El triunfo fue en esa ocasión algo menos holgado: sumó el 63.6% contra 17.1% de los comunistas. Gracias a una reforma constitucional que extendió el mandato a seis años, pudo posponer hasta 2018 un nuevo intento de reelección que le permitirá quedarse en el Kremlin hasta 2024, completando un cuarto de siglo como máxima autoridad política del país.

“Putin ofreció a la sociedad estabilidad y prosperidad durante los 2000, luego de lo que fue la anarquía y la miseria de los 90. En los 2010 viró hacia una narrativa que muestra a Rusia amenazada por sus enemigos a nivel interno y externo. Los rusos no creen que viven en una democracia, pero tampoco creen tener alternativas significativas a Putin. Aún así, hay un número creciente de personas que quiere un cambio real, y esa es la razón por la que Putin no puede permitir que compita Navalny”, contó Mark Galeotti, investigador del Instituto de Relaciones Internacionales de Praga, en diálogo con Infobae.



Un líder que no acepta rivales

Muchos políticos, activistas y periodistas críticos del gobierno fueron asesinados en los últimos años. Vladímir Golovliov, Valentín Tsvetkov, Serguéi Yushenkov, Yuri Shchekochijin, Paul Klébnikov, Andréi Kozlov, Anna Politkóvskaya y Natalia Estemírova son sólo algunos de ellos. Pero el caso más escandaloso es el de Boris Nemtsov, que había sido el rival más importante que enfrentó a Putin antes de Navalny.

Ocupó distintos cargos en el gabinete de Yeltsin y fue diputado en distintas ocasiones, hasta que, en 2004, empezó a ser abiertamente crítico del régimen, al que veía rumbo a convertirse en una dictadura. Participó de la formación de diferentes agrupaciones políticas, siempre con dificultades para ser reconocidas y competir en elecciones. Hasta que murió acribillado la noche del 27 de febrero de 2015. Estaba caminando cerca del Kremlin junto a una mujer.

Dictadura no es una mala palabra para describirlo, pero tampoco es Corea del Norte
Nemtsov venía recibiendo amenazas por condenar la incursión de Moscú en el este de Ucrania, y estaba organizando una protesta para los días siguientes. En julio de este año fue condenado a 20 años de prisión el autor material del homicidio, Zaur Dadaev, ex soldado del batallón Norte, que trabajaba a las órdenes del líder checheno Ramzan Kadirov. El Presidente condenó el crimen, pero casualmente le otorgó una condecoración a Kadirov pocos días después.

Otro dirigente que vio el rostro más sombrío del putinismo es Leonid Razvozzhayev. Miembro del Frente de Izquierda, coalición que nuclea a varias agrupaciones de tendencia socialista que son muy críticas con el gobierno, era muy activo en la organización de movilizaciones y protestas. Tras ser acusado de conspirar junto a agentes georgianos para derrocar a Putin —algo que siempre negó— decidió escapar del país en 2012.

Se instaló en Kiev, capital de Ucrania, donde evaluaba pedir asilo. Sin embargo, desapareció antes de iniciar cualquier trámite. Reapareció dos días después en un tribunal moscovita. En una entrevista, aseguró que lo secuestraron y que lo tuvieron encerrado sin agua ni comida, amenazándolo con matar a sus hijos si no firmaba una confesión en la que se declaraba culpable del complot. Los oficiales de justicia dieron por válido el documento y Razvozzhayev fue condenado a cuatro años y medio de prisión.



Ilya Ponomarev, también miembro del Frente de Izquierda, era diputado de la Duma, el parlamento federal ruso. Fue el único de los 445 diputados que votó en contra de la anexión de Crimea en 2014. En represalia ante semejante insubordinación, fue considerado un traidor y empezó a recibir todo tipo de amenazas. Estando de viaje en Estados Unidos, le comunicaron que no podría volver. Actualmente vive exiliado en Kiev.

A Mikhail Kasyanov le hicieron lo mismo que a Navalny. Tras ser el primer ministro de Putin entre 2000 y 2004, rompió con el patriarca y decidió desafiarlo. Como líder del Partido de la Libertad del Pueblo, aspiraba a competir en las elecciones de 2008. A pesar de haber reunido los 2 millones de firmas que necesitaba para postularse, la Comisión Electoral lo rechazó con el argumento de que un 13% eran inválidas. Nunca explicaron bien por qué. Kasyanov afirmó que fue una decisión del presidente para dejarle el camino libre a Medvédev. Desde entonces, los intentos de amedrentamiento se volvieron habituales.

A Vladimir Ryzhkov ni siquiera le permitieron mantenerse como un simple diputado crítico. En 2003 se presentó a los comicios legislativos como candidato independiente y se convirtió en uno de los pocos legisladores liberales de la Duma. En 2007 quiso volver a postularse, pero un cambio en la ley electoral le impidió hacerlo como independiente, y su nueva formación, el Partido Republicano de Rusia, no consiguió la autorización.

Mikhail Kasyanov

La consolidación de un zarismo soft

No es fácil clasificar al régimen de Putin, que combina elementos de distintos sistemas. Stephen Sestanovich, experto en Rusia y Eurasia del Consejo de Relaciones Extranjeras, ONG estadounidense especializada en política internacional, dio una definición interesante. “Dictadura no es una mala palabra para describirlo, pero tampoco es Corea del Norte”, dijo a Infobae.

Si se lo compara con otras dictaduras contemporáneas, como la de Kim Jong-un, o de épocas pasadas, como fueron el zarismo o el stalinismo en Rusia, es cierto que está lejos de ser tan cruento. Hay asesinatos y detenciones arbitrarias, pero son más selectivas y esporádicas. Además, hay ciertos márgenes de libertad que serían impensables en cualquiera de esos casos.

“El electorado ruso acepta esto por diversas razones —continuó Sestanovich—. Hasta hace poco, la presidencia de Putin había coincidido con un incremento sostenido en los estándares de vida. La oposición ha estado desmoralizada, pasiva y poco inspirada”.

Para Galeotti es una especie de “autoritarismo suave”. “No hay represión en masa y todavía hay una considerable libertad de opinión, al menos mientras no implique un desafío directo y serio para el Kremlin. El éxito de Putin no pasa tanto por aterrorizar o reprimir a todo el pueblo ruso, sino por haberlo convencido de que cualquier cambio podría ser para peor”.

Roberts lo definió como un caso de “autoritarismo electoral”. Una de las claves es que, a pesar de que los opositores duros y populares son vetados, no llega a ser un modelo de partido único como era en la etapa soviética. “Hay cierta competencia, el régimen la necesita, porque sólo así las elecciones proveen legitimidad. En 2012 hubo muchas protestas como resultado de unos comicios parlamentarios que fueron fraudulentos. De modo que las elecciones pueden ser una instancia peligrosa. Tienen que ser bien administradas para asegurar legitimidad y evitar reacciones sociales violentas”, concluyó Robert.
Darío Mizrahi

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