Del ruido mediático al debate sobre la igualdad y las relaciones entre géneros.

Nadie niega que el «movimiento» #MeToo ha desencadenado toda una revolución social y cultural.  


Las chicas del #metoo. De izquierda a derecha, Laura Dern, Nicole Kidman, Zoe Kravitz, Reese Witherspoon y Shailene Woodley de luto en la gala de los Globos de Oro - Jordan Strauss

Las aguas bajan revueltas desde que el pasado mes de octubre el periódico The New York Times y la revista The New Yorker revelaron que decenas de mujeres aspirantes a ser alguien en el celuloide habían sufrido acoso y agresiones sexuales, y señalaban como culpable al todopoderoso productor cinematográfico Harvey Weinstein. A esta lista se fueron sumando nombres y más nombres de actrices, desde estrellas rutilantes a otras en ciernes. Y al caso de Weinstein se añadieron otros muchos desde muy variados ámbitos laborales y desde muy distintos puntos del planeta. Donald Trumpno se libra: le persigue la sombra de una actriz porno, Stormy Daniels. Una más en «su» lista negra. He aquí un escándalo sexual y global encadenado.

Como estrategia de autodefensa y denuncia, nació el hashtag#MeToo, bajo cuya protección se acogieron todas aquellas mujeres, famosas o no, que habían sufrido experiencias traumáticas similares. El antepenúltimo acto llega con la entrega de los Globos de Oro. En un puro ejercicio escénico, eso que tan bien saben hacer en la meca del cine, todos -ellos y ellas- se vistieron de negro. Un gesto de denuncia retransmitido, fotografiado y repetido hasta la extenuación por las torticeras redes sociales. Mientras Oprah Winfrey lanzaba su alegato en la ceremonia, y lo que muchos consideran su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, renacía un nuevo eslogan para la causa: «Times’s up». Se acabaron las quejas. El victimismo. Un paso al frente por la igualdad. Otra revolución feminista en ciernes.
Ponerse femeninas

No crean que resumir la película de los hechos resulta fácil, porque el guion avanza a un ritmo endiablado. Francia y sus actrices, que también fueron estrellas pero cuyo poder de convocatoria caducó hace tiempo, tomaron la palabra para ponerse femeninas. Catherine Deneuve defendió «el derecho a importunar» de los hombres, pero, claro, «importunar» no está mal siempre y cuando los dos protagonistas de la secuencia o del flirteo estén de acuerdo. Cuando uno no quiere seguir el juego y lo expresa con miedo, timidez o manifiestamente a las claras, traspasar esta raya se llama acoso, o algo aún peor si va más allá. La Deneuve se da cuenta de la torpeza, matiza sus palabras y pide disculpas a aquellas mujeres que han sido agredidas sexualmente. «Importunar» no es acosar, ni agredir… y eso lo sabe la diva francesa. En esta tesitura llegó Brigitte Bardot para llamar la atención con declaraciones dadá o gagá como que «hay muchas actrices que van provocando a los productores», o «me parecía encantador que me dijeran que tenía buen culo». Está en su sano derecho. Pero la Bardot no recula como la Deneuve.

En España, donde todo es más cañí, la polémica deriva hacia la patochada de promover campañas antipiropo. Siempre confundimos el culo con las témporas. El piropo acaba donde empieza el respeto al otro. Para gustos se hicieron los piropos. Ambas posturas son respetables y habrá que respetarlas.
Radicalización

El debate se agita cada mañana en las redes sociales y en los medios de comunicación. Y se radicaliza. Salta a la palestra el término feminismo como quien menta a una renacida y laica inquisición que quiere acabar con lo femenino y con lo masculino de cuajo y por las bravas. Nada más lejos de la esencia feminista, que apuntaba la escritora estadounidense Gloria Steinemen : «La palabra feminismo se ha demonizado y se cree que implica ir contra los hombres». Steinem, de este activismo bien entendido, sabe mucho. Lo mismo que la escritora canadiense Margaret Atwood, pero por salir en defensa de la presunción de inocencia de un profesor de la Universidad de British Columbia, Steven Galloway, ha sido señalada por su «colegas» en la plaza pública global como «mala feminista».

Copio y pego sus aclaraciones al respecto: «El movimiento #MeToo es un síntoma de un sistema judicial roto. Con demasiada frecuencia, las mujeres y otros denunciantes de abuso sexual no pudieron obtener una audiencia imparcial a través de las instituciones -incluidas las estructuras corporativas- por lo que utilizaron una nueva herramienta: internet… Creo que para tener derechos civiles y humanos para las mujeres deben existir derechos civiles y humanos. Punto. Incluido el derecho a la justicia fundamental». Clarísimo.
Camino por andar

Más allá del #MeToo, los fuegos cruzados y las crucifixiones de unos y otros / unas y otras, lo que queda claro es que ha saltado una vez más a la mesa de novedades culturales el eterno debate sobre la igualdad. Como expresaba Adela Cortina en una entrevista publicada en el diario ABC poco antes de que estallara la tormenta perfecta que estamos atravesando: «Queda mucho camino por andar. En ocasiones yo me quedo asombrada de que una mujer no ha sido elegida porque es mujer».

Y cuando me refiero a mesas de novedades lo digo en el más estricto sentido del concepto, porque los libros al respecto abundan, y los que vendrán. Entre los títulos de no ficción que más han vendido en 2017, cerca de 50.000 ejemplares, se encuentra el mini ensayo de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo). A la vuelta de la esquina está también el trabajo de la premio Princesa de Asturias Mary BeardMujeres y poder.

Si las sufragistas y sus herederas en el siglo XX tuvieron que salir a la calle en pelota viva, ahora basta con una presentadora de televisión, como Oprah Winfrey, y una actriz, como Meryl Streep, para remover los cimientos de la causa. Los tiempos han cambiado, pero no tanto. Arranca una nueva era en las relaciones hombre/ mujer. El debate se sirve en caliente.

Catherine Deneuve - REUTERS
Respuesta a la francesa

Catherine Deneuve, musa y mito erótico de Buñuel, y tantos, levantó la voz y reclamó el derecho a «importunar» de los hombres en una tribuna en «Le Monde». Cien mujeres rubricaron estas palabras. En una carta publicada en «Liberation» matizó con prudencia la polémica. Otra musa es Brigitte Bardot, y también se ha sumado al circo mediático anti #MeToo en una entrevista previa a la salida de sus memorias. Entre otras muchas cosas, se queja de una cierta censura biempensante.

Harvey Weinstein - REUTERS
La corte de los «villanos»

Harvey Weinstein. Productor de cine. Con él y con las acusaciones vertidas contra él por acoso, agresión sexual y violación estalló el escándalo y, por ende, la campaña solidaria emprendida bajo el hashtag#MeToo. Perdió el prestigio de cuanto bueno había hecho por y para el cine y ha pasado a tener una entrada en la Wikipedia con el siguiente epígrafe: «Acusaciones de abuso sexual contra Harvey Weinstein». Según la «enciclopedia» del presente, más de ochenta mujeres lo han señalado y él ha negado «cualquier sexo no consentido». Weinstein, de 65 años, judío, fundó, junto a su hermano Bob, la productora The Weinstein Company. En 1999 ganó el Oscar a la mejor película. Tras el escándalo ha sido expulsado de la compañía y de la Academia de Cine.

Woody Allen. Director de cine. A Woody Allen nada de este cruce de acusaciones le es ajeno. Lleva años viviendo bajo la sombra de la sospecha. Hace unos días ha vuelto a ver cómo su hija Dylan Farrow lo acusaba de haber abusado de ella a la edad de siete años. Nada está claro sobre la verdad de las denuncias -la presunta inocencia o los hechos probados- pero ya se ha desatado la campaña anti Woody Allen. En primer lugar, el estreno de su próxima película, A Rainy Day in New York, pende de un hilo. Actores que trabajaron antaño con Allen, como Colin Firth y Greta Gerwig, aseguran que no volverán a colaborar con él en la vida. Allen, nacido en Brooklyn en 1935, también judío, ha ganado cuatro Oscars a lo largo de su dilatada carrera cinematográfica: tres como guionista, uno como director.

Steven Galloway. Escritor y profesor. El caso de Steven Galloway se remonta al año 2016. Como responsable del departamento de literatura creativa en la Universidad British Columbia (Canadá) fue acusado de abusos sexuales. El caso se llevó con absoluto secretismo: la universidad obligó tanto a él como a las víctimas a firmar un acuerdo de confidencialidad. Al final, un juez no vio indicios de abusos sexuales y se desataron las campañas a favor y en contra con las consiguientes réplicas y contrarréplicas en las redes sociales. Hace apenas una semana, la escritora Margaret Atwood salió en defensa de la presunción de inocencia de Galloway. Sobre ella, poco sospechosa de antifeminista, cayó un aluvión de críticas que ha desbaratado en un artículo publicado en The Globe and Mail.

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