Explorador quería inundar el Sáhara

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Se cumplen 130 años de la creación de una empresa británica en Canarias con la que los ingleses querían hacer un canal navegable del tamaño de Túnez entre Tarfaya a Tombuctú. Los canarios expresaban su preocupación por la aventura empresarial con «salvajes y feroces, que nos dañan y cruzan impunemente el mar» con su «vergonzoso atraso». Julio Verne hizo una novela con esta historia.

Las relaciones comerciales entre las islas Canarias y la costa de Marruecos para hacer negocios no es nueva. Al margen de los ataques de pirateria en ambas costas y el secuestro de saharauis por parte de canarios para llevarlos a trabajar a las islas, lo que se llamaba las Cabalgadas, el capital británico estuvo buscando la manera de hacer realidad un proyecto que se abandonó por su disparatado coste y bloqueos de corte político entre tribus saharianas.

Fue el sueño de Donald Mackenzie, un explorador escocés que en 1774 comenzó a gestar la creación del proyecto hasta que en 1887 creó en la capital grancanaria una sociedad: North West Africa Trading Company.

Buena parte de las conclusiones y comunicaciones secretas del Reino Unido, Francia, España y Bélgica sobre el el proyecto de Donald Mackenzie se usa en estos momentos para analizar las delimitaciones costeras y fronteras políticas en el Sáhara. Dos años antes, España anunciaba en la Conferencia de Berlin que el Sáhara era un dominio suyo tras los acuerdos alcanzados con tribus del desierto.

Con las filiales basadas en Canarias, Mackenzie quería hacerse con los derechos de navegación en el Sáhara: desde Tarfaya, Cabo Juby, a Tombuctú. Era como hacer un Canal de Panamá pero en medio del desierto. Mackenzie tenía la teoría de perforar agua en el desierto y crear una ruta que fuese navegable.
Filiales

La empresa North West Africa Trading Company montó una filial en Las Palmas de Gran Canaria y otra en Arrecife de Lanzarote. Contrató a saharauis y canarios y construyó en Tarfaya una fortaleza de 1.200 metros cuadrados a la que puso un código postal británico y llamó con el exótico nombre de «Port Victoria».

Antes, pidió a Londres respaldo y estatus político propio, es decir, como tratamiento de colonia. Eso desesperó a las autoridades españolas y francesas. El empresariado canario de la época también protestó ante Madrid.

Un informe del Gobierno de Bélgica de entonces decia que «las operaciones tomaron impulso y las caravanas enviadas por las tribus del interior llevaron al establecimiento de la North West African Company grandes cantidades de lana, pieles, plumas de avestruz y goma».

Mackenzie partió de Canarias y tomó posesión de propiedades el cuatro de septiembre de 1888. Desde 1874 estaba en contacto con tribus locales para sortear sus salvoconductos. En uno de esos viajes, los saharauis faltaron a la palabra y lo saquearon. Era la época en la que 2.000 personas y 1.200 camellos murieron de sed al sur del Sáhara ante la inacción de las tribus del desierto.

El canal de agua previsto por el explorador y metido a financiero británico debía acabar en lo que hoy es Wadi Nounm, creca de Guelmin. Ese hundimiento del Sáhara debía unir, después Tombuctú con el río Níger.

Los inversores, además de la ruta, se harían con el control de las exportaciones de produtos agrarios del Sáhara surgido de esta marcha verde. Así consta en la memoria que presentó a la Cámara de Comercio de Gran Bretaña. De ahí surge el respaldo del diplomático Ferdinand Lesseps, que apoyó con dinero la creación del Canal de Suez y buscó financiación para el de Panamá.


Edificio levantado por Mackenzie en Tarfaya -
Julio Verne

Y es que Mackenzie aprovechó la burbuja surgida por la conclusión de las obras del Canal de Suez de 1869 y la primera operación con fundamento sobre el Canal de Panamá en 1881. Lanzar en el Sáhara una ruta transitable, entonces, no se consideró un disparate. Mackenzie hizo una serie de estudios y aseguraba que perforando solamente en Sebkha Tah, a 55 metros por debajo del nivel del mar y a 15 kilómetros del Océano Atlántico, era factible.

A todo ello, añadía en sus estudios un dato: El Djouf, de un millón de kilómetros cuadrados desde Majabat al Koubra, entre Mauritania y Mali, pudo tener en su momento una depresión que en su día debió estar conectado con el río Seguia el Hamra. Mackenzie manejaba la tradición oral del Sáhara y datos los exploradores Caille, Barth, Rohlfs, Duveyrier y Clapperton sobre estas zonas donde exitía área con lagos secos con restos salinos.

El explorador británico esperaba que su espacio transitable tuviese el tamaño de Túnez. Otro de los objetivos del emprendedor británico era acabar con la esclavitud sahariana. Así, el 1890 escribió un demoledor estudio sobre las prisiones que fue difundido en Londres.

La idea de hacer navegar el Sáhara se abandonó por ausencia de apoyo financiero y por la incapacidad de los árabes de ponerse de acuerdo. Hubo muchos intereses. Uno de ellos, las redes de esclavos. Julio Verne cogió la idea y escribió «La Invasión del Mar», ambientado en Túnez. En este libro, Verne relata el caso de un ingeniero, al que llama M. de Schaller, que quiere crear un «Mar Sahariano». Relata que los tuaregs se niegan a esta idea y el jefe occidental de la misión es secuestrado.

Feroces saharauis y berberiscos

La Real Sociedad Económica de Amigos del País en Gran Canaria expresó en 1881 su contrariedad por la idea de Donald Maekenzie en un escenario «sin contacto con los pueblos cultos». Porque en 1876 partió en el buque Rosario, bajo el mando del capitan canario Negrín, y marineros de Fuerteventura, «los indígenas le quemaron su barraca de madera, le demolieron la poca mampostería que habia levantado, y le destruyeron todo».

Para la ilustrada entidad canaria las perseverantes tareas de Mackenzie en esa zona era una locura que podría dejar a las islas indefensas porque «ahí se aplica las más atroces penas a toda comunicacion de sus kábilas con los cristianos que arriban a sus costas». Los canarios definían a los saharauis y bereberes como «salvajes y feroces», y al amparo de aquellas dificultades nos dañan «y cruzan impunemente el mar» con su «vergonzoso atraso».
 L. Jiménez

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