Historia del curare

Chondodendron tomentosum (una liana) fuente de la d-tubocurarina, principio activo del «curare», término que deriva de «ourari», usado en las tribus que vivían en la actual Venezuela.

«Curare» describe una serie de venenos de origen vegetal con que los indios impregnaban flechas y cerbatanas. Estos venenos causaban parálisis progresiva, que resultaba mortal cuando las toxinas difundían a los músculos respiratorios.

Pietro Martire d’Anghiera, amanuense lombardo y cronista del rey Carlos I de España (V de Alemania) publicó De Orbe Novo en el año 1516. [Pietro Martire d’Anghiera falleció en Granada en 1526, adonde había llegado integrado en las tropas de Fernando el Católico en la «última» batalla de la Reconquista. Cuatro años después de su fallecimiento el libro se reeditó en Alcalá de Henares]. En sus páginas se describen las heridas mortales de un soldado alcanzado por una flecha envenenada. No fue la única narración; muchas otras crónicas daban cuenta de historias similares.

Lawrence Kemys fue uno de los expedicionarios del viaje capitaneado por Walter Raleigh en 1596 en busca del Dorado, la mítica ciudad construida en oro, que creían hallarían en las selvas de Trinidad y Guiana. Incidentalmente Kemys recopiló un conjunto de hierbas venenosas conocidas por los nativos como «ourari». En su libro, «Discovery of the Large, Rich and Beautiful Empire of Guiana», dio a conocer sus observaciones. [Guiana corresponde a lo que hoy se denomina Guayana, una república del noreste de Sudamérica, antigua colonia británica que prosperó al socaire de plantaciones de algodón durante los aciagos años de la esclavitud]. El término «ourari» es posiblemente una corrupción lingüística de dos palabras indígenas, uria que significa pájaro, y eor que se traduce como matar. Los términos se adaptaron a las lenguas europeas como ourara, urali, urare, woorari, wourali; y finalmente curare, la denominación que ha prevalecido.

«Curare» describe una serie de venenos de origen vegetal con que los indios impregnaban flechas y cerbatanas. Estos venenos causaban parálisis progresiva, que resultaba mortal cuando las toxinas difundían a los músculos respiratorios.

La «Academia Francesa de Ciencias» financió una expedición en el año 1735 para realizar estudios topográficos que estableciesen la longitud del grado del meridiano en el ecuador con objeto de determinar el achatamiento de los polos terrestres. Del aspecto científico de la misión se encargó Charles Marie de la Condamine. Hombre de ciencia, no se limitó a sus estudios topográficos; recolectó también muestras de lo que genéricamente ya se denominaba «curare» (un conjunto de venenos vegetales paralizantes). De la Condamine llevó a cabo algunos experimentos en animales. Sin embargo, fue Claude Bernard quien en 1846 descifró el mecanismo de acción de estos venenos: la parálisis muscular por imposibilidad de activación por impulsos eléctricos procedentes del cerebro. Concluyó acertadamente que estos venenos vegetales bloquean la transmisión de los impulsos eléctricos desde los nervios hacia los músculos. Son, pues, «bloqueantes neuromusculares».

En el año 1936, Henry Dale, Feldberg y Vogt, a la sazón en el National Institute for Medical Research, de Londres, habían descubierto que una modesta molécula, acetilcolina, actúa como neurotransmisor en la unión neuromuscular. Esta sencilla molécula actúa de intermediario entre el impulso nervioso – una corriente eléctrica procedente del cerebro – y la contracción muscular. Los venenos del «curare» impedían la contracción muscular desencadenada por la acetilcolina que se segregaba desde las terminales nerviosas. [Henry Hallett Dale ex aequo Otto Loewi, fueron galardonados en 1936 con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina «por sus descubrimientos relacionados con la transmisión química de los impulsos nerviosos»].

Estos venenos de origen vegetal comenzaron a ensayarse en diversas situaciones clínicas, desde la rabia y el tétanos, hasta la corea de Huntington o la epilepsia. Sin embargo, nunca llegaron a usarse en estas enfermedades.

La identificación del principio activo del «curare» se realizó en 1939 gracias a Richard Gill, un norteamericano propietario de plantaciones de cacao y café en Ecuador. Durante su estancia en el país sudamericano Richard Gill desarrolló esclerosis múltiple. De regreso a Estados Unidos el neurólogo Walter Freeman le recomendó el uso de «curare» por su acción relajante muscular. Gill regresó a las junglas de Ecuador, donde, a partir de más de 26 tipos de lianas preparó alrededor de 50 Kg de curare. No solo trajo su cargamento de «curare», sino muestras de las plantas con las que había elaborado el cargamento. De esta manera se descubrió que las distintas plantas pertenecían a dos familias botánicas: Menispermáceas (a la que pertenece el género Chondodendrum fotografía al inicio del artículo -); y Loganiáceas (a la que pertenece el género Strychnos (dibujo de la izquierda).

A partir de esta valiosa fuente, Abraham Elting Bennett, un neuropsiquiatra de Nebraska, Estados Unidos, preparó extractos de pureza variable que usaba para prevenir fracturas vertebrales durante las sesiones de terapia electro-convulsiva (electrochoque o terapia convulsiva utilizando Cardiazol).

Los extractos de «curare» también se utilizaban en niños espásticos del hospital ortopédico de Nebraska. Los «beneficios» logrados eran escasos y de corta duración; el tratamiento con «curare» se abandonó pronto a favor de la terapia electro-convulsiva.

E.R. Squibb & Sons compró a Richard Gill el remanente de los 50Kg de «curare». El objetivo del laboratorio (E.R. Squibb & Sons) era establecer directrices para la elaboración de extractos de «curare» de una mínima fiabilidad, tarea que llevó a cabo Horace Holiday. Mientras tanto, E.R. Squibb & Sons comercializó un extracto de «curare» con el nombre de Intocostrin®, que entregaba gratuitamente a los investigadores.

Harold Randall Griffith, anestesista del hospital Homeopático en Montreal, Canadá, usaba ciclopropano como gas anestésico. Los frecuentes casos de apnea durante la anestesia con ciclopropano obligaban frecuentemente a la intubación endotraqueal. Al objeto de evitar el espasmo laríngeo durante el procedimiento de intubación, decidió ensayar Intocostrin® como relajante muscular.

El 23 de enero de 1942, Harold Randall Griffith realizó la exéresis del apéndice de un paciente, usando Intocostrin® como relajante muscular durante la intervención quirúrgica. Fue un éxito. A partir de entonces la utilización de Intocostrin® se hizo «rutinaria» entre los anestesistas. En el año 1991 Canadá editó un sello conmemorativo de la contribución de Griffith a la práctica anestésica.

La flacidez muscular lograda con los relajantes musculares hacía factible disminuir las dosis de anestésicos, haciendo que los procedimientos quirúrgicos fuesen mucho más seguros.

Los famosos 50Kg de curare recopilados por Richard Gill dieron para mucho: no solo para la producción de Intocostrin®, y su empleo en diversos escenarios clínicos, sino que hizo posible la identificación del principio activo.

En el año 1943, Oskar Wintersteiner y James Dutcher, a la sazón en los laboratorios Squibb aislaron una sustancia cristalina (indicativo de su pureza) que se mostró químicamente idéntica a la que ocho años antes (1935) había aislado Harold King en el National Institute for Medical Research, de Londres, partiendo de una muestra de «curare» que le había cedido el Museo Británico. El origen de la muestra del Museo Británico no se conocía, pero dado que el material se hallaba empaquetado en tubos de bambú, King decidió denominarlo tubocurarina.

El aislamiento de la tubocurarina a partir de Chondodendrum tomentosum coincidió en el tiempo con el hallazgo de que el principio activo de Intocostrin® era la misma sustancia, tubocurarina. Muy pronto el cloruro del isómero dextrógiro (cloruro d-tubocurarina) se introdujo de manera rutinaria en la práctica anestésica.

Hoy día, medicamentos de síntesis con efectos similares («bloqueantes neuromusculares»), pero de efectos más predecibles, que la costosa tubocurarina se usan rutinariamente en los procedimientos quirúrgicos.

*José Manuel López Tricas

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