«La Conferencia Episcopal Española afirmó que la unidad nacional es un bien moral. Por lo tanto, un obispo o, en general, un sacerdote nacionalista es algo tan extravagante como un liberal nazi o un triángulo de dos lados».

Dios y el César nacionalista


«Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César». El pasaje evangélico es célebre. En él, se quiere ver la formulación de la separación entre la Iglesia y el Estado, entre el poder espiritual y el temporal. Es muy probable que así sea, mas cabe recordar que las palabras de Cristo eran una sabia respuesta a una trampa que le habían tendido. Había sido interrogado sobre la licitud de que los judíos pagaran impuestos a Roma. Si respondía afirmativamente, quedaba en entredicho ante los judíos. Si negativamente, ante los romanos. Jesús pide la moneda, pregunta por la efigie y responde. Y no parece la respuesta de un nacionalista judío. A favor de la separación entre los dos poderes, más concluyente aún es la fórmula: «Mi reino no es de este mundo». Su proyecto no es mundano, ni, por tanto, político. San Pedro concluyó que había que obedecer a Dios antes que a los hombres, y la Patrística decantó definitivamente la distinción cristiana entre los dos poderes, imprescindible para la protección de la libertad política. San Agustín, siguiendo al jurista romano Celso, concluyó que el fin de los gobiernos no es la perfección de los hombres ni su salvación, sino sólo la garantía de la justicia, condición de la paz social.

El cristianismo no es una ideología. Es más; es opuesto a toda ideología. Existen, al menos, dos actitudes equivocadas acerca de la misión de la Iglesia ante la vida pública. Una pretende reducirla al silencio. La otra, le exige una toma de posición ideológica y, con ella, la opción por una determinada ideología. Pero toda ideología es anticristiana, pues viene a consistir, en expresión de Eric Voegelin, en una «religión política», en una cosmovisión que pretende explicarlo todo y sustituir a la religión. Aunque es justo hacer distinciones entre ellas.

No hay una política cristiana y sí varias, quizá la mayoría, políticas anticristianas. Lo son todas las contrarias a la vida, la dignidad de la persona y el bien común. El cristianismo puede acercarse algo al conservadurismo, precisamente por lo que tiene éste de opuesto a toda ideología. Pero nunca puede adherirse al nacionalismo ni justificarlo. Esta descarriada ideología ha causado millones de víctimas, atenta contra la dignidad de las personas, destruye el bien común, genera división en las sociedades, es enemiga de la concordia y la libertad, defiende la supremacía de una etnia o pueblo y es radicalmente incompatible con la fraternidad y la igualdad entre los hombres. El nacionalismo no es un humanismo. No conviene olvidar que Hitler se proclamó nacionalista y socialista, pero nunca conservador, liberal, demócrata, ni, por supuesto, cristiano. Quizá pocas cosas definan tan precisamente el nacionalismo como su espíritu de división, su separación radical entre «ellos» y «nosotros». Es decir, la deshumanización de los otros. Cuando el nacionalismo llega a sus últimas consecuencias, termina por negar la condición humana de quienes no forman parte de la nación. No hay nacionalismo sin una especie de falsa creencia sobre la existencia de una nación elegida, que siempre es la propia.

Al nacionalismo le interesa confundir e identificar lo que él es con el patriotismo, que es otra cosa diferente, legítima y valiosa. Nada cabe oponer al amor a la patria, tanto si se entiende como la tierra de los hijos como si se refiere a la de los antepasados. El nacionalista no es un patriota. Más que amar a su nación, odia a las restantes. Revela su condición el carácter hosco y la ausencia absoluta de sentido del humor. Siempre se toma a sí mismo y a su tribu demasiado en serio.

Al nacionalismo le interesa también identificarse con el caso diferente de la existencia de la opresión de un pueblo sobre otro. Esgrime la existencia de un viejo agravio que perduraría en el presente. Pero una cosa es la legítima aspiración de un pueblo a deshacerse de la opresión perpetrada por otro, y otra la falsificación de la historia para obtener un beneficio ilegítimo. Los judíos, por ejemplo, fueron sometidos por Roma, pero es imposible reconocer algo parecido con relación a España y Cataluña o el País Vasco. ¿Cuándo se produjo el sometimiento? Nunca. Hay que falsificar la historia para esgrimir el agravio y la consiguiente ventaja. Por cierto, no deja de ser curioso que se utilice el término de «colonialismo» para referirse a situaciones que sucedieron muchos siglos antes del nacimiento de Colón. Así, se dice que Roma colonizó las Galias. Se trata del único caso en la historia en el que alguien da nombre a situaciones que sucedieron siglos antes de que él viera la luz. La «leyenda negra» está entretejida de mentiras y tergiversaciones.

El problema que padece España no se solucionará mirando al pasado, sino a la empresa que nos inste a permanecer unidos, pero también atendiendo a los recursos que nos brinda nuestra propia tradición. Como afirma Michael Oakeshott: «La crisis política (incluso cuando parece ser impuesta a una sociedad por cambios que quedan fuera de su control) siempre aparece dentro de una tradición de actividad política; y la salvación viene de los recursos intactos de la propia tradición. Las sociedades que en medio de circunstancias cambiantes atesoran un vivo sentido de su propia identidad y continuidad (que no sienten un odio tal hacia su propia experiencia que les haga desear borrarla) pueden ser consideradas afortunadas, no porque posean lo que a otras les falta, sino porque ya han movilizado aquello que todas tienen y de lo que todas, de hecho, dependen».

El cristianismo no puede justificar el nacionalismo ni mantener una actitud neutral ante él, ya que genera conflictos que han costado vidas humanas, atenta contra la dignidad de las personas y destruye el bien común (más aún, destruye propiamente lo común). Por lo demás, «católico» significa «universal». La Conferencia Episcopal Española afirmó que la unidad nacional es un bien moral. Por lo tanto, un obispo o, en general, un sacerdote nacionalista es algo tan extravagante como un liberal nazi o un triángulo de dos lados. «La Verdad os hará libres», pero el nacionalismo es falso. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, pero nada hay que pertenezca al César nacionalista.
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA

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