Lula da Silva vive en la encrucijada: ha sido nombrado candidato por su partido y quiere ser presidente de nuevo, pero una ley firmada por él se lo impide, por estar condenado por un tribunal

Lula, el autoproclamado mesías de la izquierda brasileña
Luiz Inacio Lula da Silva, durante una reunión del Partido de los Trabajadores, este jueves en Sao Paulo

Héroe y villano al mismo tiempo (depende de quien hable), el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva ensaya los últimos zarpazos de un león semienjaulado por la Justicia de Brasil (le retiraron el pasaporte). Con un pie más cerca de una celda que de esa presidencia con la que sueña reincidir en las elecciones de octubre, Lula (calamar en portugués) tiene difícil escurrirse de una ley que, ironías del destino, lleva su firma. Conocida como «Ficha Limpia» impide ser candidato a cualquier cargo público a una persona condenada en segunda instancia, exactamente, su caso.

Media docena de causas judiciales por corrupción, cohecho, tráfico de influencias, irregularidades en la compra de 36 aviones caza suecos, más los delitos clásicos que acostumbran a cometer los que alguna vez fueron la encarnación del poder, mantienen al único líder del PT (Partido de los Trabajadores) en el rincón de un ring donde empieza a bailar como un boxeador sonado.

A sus 72 años, con un cáncer superado y sin su idolatrada Marisa, el viudo más popular de Brasil se comparó con Jesucristo como si fuera víctima de ateos y fariseos, incapaces de apreciar la divinidad de un ser omnipotente. El PT, con fe ciega o directamente proporcional a su necesidad de reconquistar un gobierno que fue doce años del partido, lo miran –y citan– como un reflejo divino, a la sudamericana, de Nelson Mandela y Martin Luther King. El senador del PT Luiz Lindberg Farias se despachó, «sólo tenemos un camino, que son las calles, las movilizaciones, la rebelión ciudadana, la desobediencia civil». Gleisi Hoffman, presidenta del mismo partido y procesada también por corrupción, aseguró: «No hay plan B, Lula es nuestro candidato y será inscrito en la Justicia Electoral». Que la ley lo impida no parece ser un asunto que le preocupe.

Tampoco a Vagner Freitas, presidente de la CUT, la mayor central sindical de Brasil, le inspira demasiado respeto el asuntillo de las sentencias judiciales. Suelto de lengua, amenazó con «jornadas de lucha y huelgas generales» si se cumple la promesa de ejecutar el último fallo que abre la puerta del calabozo para el hombre que un día, no muy lejano, fue la esperanza de decenas de millones de brasileños.

En esa línea de Lula de estar por encima del bien y del mal, que viene a ser lo mismo que decir que las normas son para todos menos para él, Joao Pedro Stédile, coordinador nacional del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) se dirigió al Poder Judicial y a la Policía Federal, por si intenta, arrestar al expresidente. «No crean que ustedes mandan en el país. Nosotros, los movimientos populares, no aceptamos de ninguna forma e impediremos que el compañero Lula vaya preso».
Promesas rotas

La pasión interesada que despierta el expresidente contrasta con la antigua promesa del viejo sindicalista que prometió no mancharse las manos con dinero sucio. Lula, como si todavía fuera aquel tornero que perdió un dedo en la fábrica donde hacía horas extras de día mientras de noche se enfrentaba a la dictadura, soltó la tinta del calamar que dejó la estela seguida de sus fieles. «No tengo ninguna razón para respetar la decisión (judicial)». Fuera de la realidad, o en una posición más cercana a la del «expresident» catalán prófugo en Bruselas, recurre a la fuerza de la calle frente a la razón de la ley y de una sentencia que, al apelarla, ascendió de nueve años y medio a doce. «Pongan al pueblo en movimiento», jaleó. Fue la señal de alarma del expresidente y su grito de guerra.

Tres jueces del Tribunal Regional Federal de Puerto Alegre decidieron por unanimidad que es culpable de blanqueo de capitales y corrupción. «Hay prueba, por encima de lo razonable, de que Lula fue uno de los articuladores, sino el principal, de la trama de corrupción», escribió en su resolución Gabran Nierto, instructor del caso. Lo hizo después de que el «arrepentido» , Leo Pinheiro (expresidente de la constructora OAS) confesara que el famoso triplex de la playa de Guarujá, a orillas del mar fue un regalo suyo (mediante testaferro) a cambio de contratos del Estado.

Todos los caminos del pozo sin fondo de corrupción de Petrobras (la petrolera semiestatal) conducen, en línea recta o curva, a Lula. El mayor desvío de recursos públicos de la historia se hizo en complicidad con bancos del Estado, empresas, partidos políticos y el PT como buque insignia, el mismo que, ahora, con su líder, se hunde en ese charco espeso y negro como la tinta del calamar.

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