Manuel Delgado Villegas, alias «El Arropiero», confesó cuarenta y ocho crímenes al ser detenido en enero de 1971 en El Puerto de Santa María, España, tras asesinar a su novia.

«El Arropiero»: la desgracia de haber nacido para matar

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La jornada de aquel 18 de enero de 1971 se presentaba gris y gélida. El viento no concedía tregua en El Puerto de Santa María. Aunque era mal día para ir en moto, Manuel Delgado fue a recoger en ella a su novia Antonia, diez años mayor que él, «retrasada mental, ¡quién me manda liarme con una subnormal como tú!». Con semejantes expresiones la hería cada vez que tenía ocasión; precisamente él, hombre primitivo en sus reacciones, que tenía serias dificultades en el habla y cuya estabilidad mental estaba muy en entredicho.

Por su parte, a sus treinta y ocho años, Antonia Rodríguez tenía el desarrollo intelectual de una niña. Celebró que Manuel, conocido como «El Arropiero» debido a que su padre se dedicaba a la venta de arrope, llegara puntual para recogerla y pasar la tarde juntos. Condujo hasta un lugar en el campo, apartado y solitario. Tras unos matorrales Manuel le quitó la ropa sin ninguna delicadeza, pero a ella le gustaba así. Se tumbó encima del cuerpo desnudo de su novia y sin más preámbulo se embarcaron en el sexo que a ambos les gustaba. No había caricias. Ni besos, ni el gozo del roce de una piel con otra, sinotan sólo embestidas. Aunque esa tarde iba a haber algo más.
Sexo, perversión y muerte

Algo empezó a ir mal. Antonia le pidió que cambiara de postura y que le hiciera cosas que ya le habían hecho antes otros hombres. Manuel no quiso. Ella insistió y se acabó burlando de él: «¡Que poco hombre eres!». Esa frase fue algo así como una despedida de la vida. A Manuel un pensamiento desviado le cruzó por la cabeza de repente. Cogió del suelo los leotardos de su novia y le rodeó el cuello con ellos. Antonia, con sus pocas luces, se excitó creyendo que de ese modo él se excitaría más. Sin embargo, la realidad se torció cuando «El Arropiero» comenzó a tirar de los extremos de los leotardos hasta asfixiarla. Entonces sí sintió una excitación indescriptible que culminó con el ultraje sexual del cadáver de la mujer a la que supuestamente amaba. Aunque era incapaz de amar a nadie. Incapaz de sentir.

Desde niño sufría de delirios y desorientación en el tiempo y el espacio. Su mente se aislaba del mundo. Al no distinguir el sufrimiento, ni propio ni ajeno, para él la violencia formaba parte de la esencia del ser humano.

Coartada fácilmente desmontable

El cuerpo de Antonia fue hallado días más tarde y Manuel, detenido. El inspector Salvador Ortega se encargó del difícil interrogatorio. Apenas se entendía lo que balbuceaba el sospechoso, que intentó explicar su inocencia con una coartada fácilmente desmontable. Adujo estar en el cine a la hora en la que su novia fue asesinada, pero cuando el inspector, cinéfilo empedernido, le preguntó por aspectos de la película, «El Arropiero» demostró no tener la menor idea de lo que le hablaba. Tuvo que reconocer su crimen… y algo peor: «Pues claro que volví a hacer el amor con ella, tres días seguidos. Y me tocaba otra vez hoy, si no es por ustedes. ¿No era mi novia? Viva o muerta, era mía. Estaba tan guapa…».

Dejó a todos mudos con la bomba inesperada que soltó después de tales atrocidades. Y es que un asesinato le llevó a otro, y a otro, y así hasta completar el increíble y escalofriante relato nada menos que de cuarenta y ocho.

Lo tomaron por loco. Después por megalómano. Pero el exceso de detalles de muchos de los crímenes confesados no sólo los hacían parecer verosímiles sino que, consultados los archivos, coincidían con lo escrito en aquellos expedientes. «El Arropiero» no era muy espabilado pero su memoria impresionó a la policía. Recordaba con claridad cómo comenzó a matar… con el mar de fondo.

En la playa del Garraf

Ocurrió en un mismo mes de enero de hacía siete años, en una playa del Garraf, Sitges, en la provincia de Barcelona. Él vivía en Mataró y tenía apenas veinte años. Paseaba sin rumbo concentrado en las huellas que sus pisadas dejaban en la arena cuando vio a un hombre durmiendo apoyado contra un pequeño muro de un merendero. No lo pensó un segundo. El instinto le empujó hacia él. Le destrozó el cráneo con una piedra, sin más, le robó el reloj y la cartera, y huyó sin remordimientos. Esa primera víctima, un cocinero de unos cincuenta años. La segunda, una estudiante francesa de veinte, en una masía de Ibiza. «El Arropiero» le asestó un fuerte golpe en un ojo y una puñalada en la espalda. Una vez muerta la desnudó con furia y abusó sexualmente del cadáver. También le robó, una cadena con una medalla. «Creo recordar que se llamaba Margaret», quiso aclarar con dificultad durante la confesión y no se equivocó. El inspector Ortega no se había enfrentado jamás a nada parecido.

«El Arropiero» empezó a sentir cansancio. Ortega, para distender la asfixiante intensidad de la confesión, le preguntó por su familia. Explicó el asesino que había nacido en Sevilla y que su madre murió muy joven durante el parto. Su padre los envió, a él y a su hermana, con su abuela a Cataluña. Pidió el enésimo cigarrillo seguido y el inspector le llamó la atención sobre el exceso. Desconocía que Manuel Delgado metía en sus pulmones a diario restos de más de cien cigarrillos.
El golpe del legionario

Prosiguió su relato del terror. Con el tercer crimen estrenaría una terrible técnica aprendida en la Legión, en la que había ingresado como voluntario con sólo dieciocho años. Le arrebató la vida a un vecino de Chinchón propinándole el llamado golpe del legionario, que consistía en golpear con la mano abierta en el cuello para partirlo. Venancio estaba trabajando en sus viñedos cuando «El Arropiero» se cruzó fatalmente en su camino pidiéndole algo de comer. Le respondió que a cambio trabajara, lo que no gustó nada a Manuel Delgado. El cuerpo de Venancio apareció flotando en aguas del río Tajuña.

Llegado a ese punto de su declaración se le iluminaron los ojos de visionario al recordar los tiempo de la Legión. Explicó que tras desertar, harto de la disciplina, recorrió varios países de Europa. Los policías tuvieron claro que ese hombre indefinible que tenían ante sí, analfabeto a pesar de haber ido a la escuela, pudo ir dejando «un reguero de fiambres» en el extranjero.

«¡Con el empresario de Barcelona se armó una buena!», alardeó «El Arropiero» refiriéndose a Ramón Estrada, propietario de un almacén de muebles. Corría el año 1969. Primavera. Se habían conocido una noche en un bar y, por ayudarle, Estrada le daba dinero a cambio de pequeñas chapuzas. El 4 de abril, ya oscurecido y cuando en el almacén no quedaba un alma, «El Arropiero» le pidió sin venir a cuento mil pesetas y, como el empresario se negó a darle el dinero, le atizó su golpe certero en el cuello, aunque fue necesario estrangularlo para que dejara de respirar. Se hizo con un botín de un reloj, varios anillos y la cartera.

Gritos de socorro

El inspector y sus compañeros presentes en el interrogatorio intentaban asimilar lo que escuchaban. El caso de la quinta víctima provocó la náusea en un agente. Anastasia, de sesenta y ocho años, salió una noche de noviembre del bar en el que trabajaba en Mataró para ir a casa. «El Arropiero», desbocado por las ganas desenfrenadas de sexo, se interpuso en su camino requiriéndola. La mujer lanzó gritos de socorro llamando a la policía y calló al recibir un golpe mortal en la cabeza con un ladrillo. Manuel arrastró el cadáver hasta un pequeño puente cercano desde el que lo tiró a diez metros de altura. Pero se dio cuenta desde arriba que quedaba a la vista y volvió a bajar para ocultarlo. En ese momento sintió otro impulso primario, le subió la falda y yació con aquel cuerpo inerte que lo enloqueció hasta un éxtasis aberrante. Satisfecho, quiso repetir todas las noches hasta que la policía encontró el cadáver en condiciones deplorables.

Después de aquello se fue al Puerto de Santa María para ayudar a su padre a vender arrope. Silencio. «¿Qué pasa, no quieren que siga?», preguntó viendo la cara de asombro del inspector y sus colegas. El cigarro le bailaba entre los huecos que dejaba la falta de dientes. «Allí me cargué a mi amigo Paco, íbamos en la moto y el muy maricón quiso meterme mano –hizo una pausa-. ¿De verdad no quieren que siga…?»

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