Paddy Mayne, David Stirling los guerreros más brutales del SAS británico

El guerrero más brutal del SAS británico: «los carniceros de Churchill» contra el Zorro del Desierto
Paddy Mayne, un conocido jugador de rugby, fue el máximo exponente de la nueva guerra detrás de las líneas enemigas que requería a un soldado temerario, frío y brutal. En África, los ataques británicos a la línea de abastecimiento desquiciaron al mismísimo Rommel.



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Robert Blair Mayne, conocido como «Paddy»
El coronel David Stirling, fundador del SAS (Special Air Service), con un grupo comando que operaba detrás de las líneas enemigas-CAMERA PRESS

El SAS (Special Air Service) nació con la vocación de aprovechar la enorme distancia en la línea de abastecimiento del Afrika Korps en su ofensiva en el Norte de África. Imbuidos por el alma de Robin Hood, los británicos idearon una unidad de pocos efectivos para infiltrarse en las líneas enemigas y realizar tareas de sabotaje en aeródromos, carreteras, almacenes y puestos avanzados mal defendidos. Una forma de mantener siempre alerta al enemigo que exigía un tipo de soldado muy distinto. Solo con personajes de espíritu rebelde, duros, fríos, temerarios y amantes de la violencia se podían alimentar las filas de una unidad que se hizo legendaria en el desierto e imprescindible una vez que los Aliados cayeron sobre Europa.

El teniente David Stirling fue el loco británico al que se le ocurrió la idea de combatir por detrás de las líneas enemigas. Su propuesta fue recibida con escepticismo por el alto mando británico, si bien se valió de su gran capacidad de persuasión y sus contactos para que le permitieran formar un equipo. El Destacamento L, llamado así en su origen a pesar de que no había más destacamentos de ese tipo, se valió de los personajes más parias, inestables y incomprendidos del Ejército británico. Un ex alto mando del SAS los definiría como «los despojos de las escuelas públicas y las cárceles». Porque no bastaba con obedecer órdenes, de hecho se esperaba que incumplieran unas cuantas normas en cada ataque. Lord Haw Haw, el traidor británico que retransmitía por radio los anuncios nazis, no dudó en describir a esta clase de comandos como «los carniceros de Churchill».

Robert Blair Mayne, conocido como «Paddy», fue uno de estos carniceros. Un soldado conflictivo y con problemas de adaptación en el Ejército británico, que encontró en el poco convencional sistema del SAS su lugar. Nacido en Newtownards, en el condado de Down, Paddy fue un estudiante modelo y un deportista destacado en la universidad. Su metro ochenta de altura, su espalda ancha y su carácter bronco le permitieron ganar el campeonato interuniversitario de boxeo en pesos pesados cuando estudiaba derecho en la Universidad de Queen´s de Belfast (Irlanda del Norte).

Fuera del ambiente universitario, representó a su país en el equipo de rugby y parecía encaminado a hacer una carrera profesional en este deporte cuando estalló la Segunda Guerra Mundial.

Como señala Ben Macintyre en su libro «Los hombres del SAS» (Crítica), Paddy pasaría por una «especie de modelo de virtudes académicas» y un hombre de carácter «apocado, casi tímido», si no fuera porque no lo era en absoluto. El alcohol le convertía en un tormento para todas las personas que se cruzaban en su camino. Según describía uno de sus amigos, el irlandés «era casi siempre una persona muy agradable y bondadosa, aunque podía ponerse nervioso [...] Una vez rebasado cierto grado de alcholemia, cambiaba bastante».

Durante una competición en Sudáfrica, Paddy desapareció de una cena oficial de su equipo de rugby y apareció horas después, completamente borracho, con una gacela ensangrentada que había matado y arrastrado con sus propias manos. En otras ocasiones se limitaba a buscar bronca en los bares y, cuando la encontraba, cogía al matón de turno y lo dejaba inconsciente a golpes o lo arrastraba a una distancia considerable como si fuera su juguete.

Hombre culto y sensible, lo cierto es que nunca logró escribir nada relevante a pesar de sus esfuerzos

Pero, ¿cuál era el origen de tanta violencia subterránea? Hay quién ha querido ver una homosexualidad reprimida en la razón de su rebelión constante contra el mundo. Y ciertamente su trato con las mujeres era tenso y una fuente importante de sus arranques de furia. Otros, simplemente, han señalado que su frustración era creativa. Hombre culto y sensible, lo cierto es que nunca logró escribir nada relevante a pesar de sus esfuerzos. En combate era habitual verle leyendo un libro en medio de los bombardeos. Casi siempre poesía.
Reclutamiento por el SAS

David Stirling contó en varias ocasiones que reclutó al irlandés cuando se encontraba en una prisión militar por golpear a un oficial durante una pelea de bar. Lo que nunca aclaró del todo es cómo un oficial de porte aristocrático y católico como Stirling convenció a un unionista militante del Ulster que aborrecía a los «pijos» y a los católicos para unirse a su unidad de élite.

El relato oficial parece incompleto. Durante la visita de Stirling. el irlandés preguntó al oficial varias cuestiones sobre la unidad, con tono «educado y un poco burlón», hasta que, recostado en su silla, le confesó:

–En ese plan suyo no veo ninguna posibilidad de combatir.

A lo que Stirling contestó:

–No la hay… excepto contra el enemigo.

Una respuesta ingeniosa que hizo gracia a Mayne y que supuestamente le condujo a aceptar la oferta, si bien Stirling le hizo prometer que a él jamás le pegara. Así lo haría, aunque no faltaron las ocasiones en las que estuvo tentado a ello.

Tras un duro adiestramiento en el desierto, el 16 de noviembre de 1941 se inició la primera misión en la historia del SAS: un asalto múltiple a varios aeródromos del Eje cerca de Timimi y Gazala con el objetivo de «destruir el número máximo de aviones». Los miembros del SAS saltarían en paracaídas sobre las líneas enemigas y, una vez atacado los escasamente defendidos puestos enemigos, desaparecerían en el desierto para ser recogidos por el Grupo de Largo Alcance del Desierto (LRDG), una unidad que conocía la zona como la palma de su mano.

Así y todo, la llamada operación Squatter resultó un desastre de principio a fin. Una tormenta en el desierto dificultó el salto en paracaídas de los distintos comandos, uno de ellos dirigido por Mayne, que para entonces se había convertido en un líder natural. Ninguno de los grupos logró saltar a menos de 20 kilómetros de los aeródromos señalados, de hecho en la mayoría de los casos la caída mató a los soldados de élite. Mayne fue de los pocos que aterrizó sin causarse ni un rasguño y reunió rápido a sus hombre, algunos heridos de gravedad, para descubrir que tampoco el equipamiento y el armamento se encontraban en el lugar acordado.

El generalfeldmarschall (mariscal de campo) Erwin Rommel, apodado El Zorro del Desierto

Cuando el viento amainó dos de los cinco comandos se dirigieron al norte protegidos por la oscuridad. Sin embargo, pronto al viento le tomó el testigo una fuertísima lluvia. El material explosivo quedó inservible a causa del agua, pese a lo cual Mayne, el que más cerca estuvo de los aeródromos, insistió en continuar aunque fuera para destruir los aviones con granadas. Una tarea hercúlea –como todos sus hombres advirtieron– que forzó finalmente a Mayne a abortar la misión e ir a la zona de encuentro con el LRDG.

Eoin McGonigal fue uno de los 34 miembros (de 55) que no regresaron ese día. Se rompió el cuello en el salto y el comando a su mando desistió de arrastrar su cadáver. Un nombre más dentro del desastre, sino fuera porque McGonigal, amigo de la adolescencia de Mayne, era el único miembro de la unidad que no se dejaba intimidar por el irlandés. Cuando Mayne se emborrachaba era la persona que podía calmarlo y los dos eran «absolutamente inseparables» a pesar de que McGonigal era católico.

«Si hubo amor verdadero, ese fue su amigo Eoin McGonigal», aseguró uno de los biógrafos del irlandés. Sin su único freno, el miembro del SAS entró en una ira homicida bienvenida en el terreno de batalla, pero temida cuando el destacamento se retiraba a sus tiendas. La pérdida de McGonigal fue tan dolorosa para Mayne como lo iba a ser para los alemanes.
«Abrí la puerta de una patada y me planté allí»

El desastroso desenlace de la operación Squatter podía haber acabado para siempre con la unidad, pero Stirling, que dirigió en persona a uno de los comandos siniestrados, sacó reveladoras conclusiones del caos. Si la LRDG podía recoger a sus hombres, ¿por qué no era ella quien los llevaba también? Un pequeño repliegue de Rommel, que hasta entonces no había hecho más que ganar terreno a los británicos en África, sirvió una nueva oportunidad a Stirling para probar si llevaba razón.

En un ataque escalonado en distintos puntos de la costa a mediados de diciembre de 1941, tres grupos del Destacamento L se infiltraron en las líneas italianas y alemanas en busca de infraestructuras crítica tales como aeródromos o surtidores en un lugar próximo a Sirte. Stirling y Paddy Mayne dirigieron así el comando principal, que a su vez se dividió en dos cuando los aviones italianos detectaron su presencia.

El comande del SAS fue incapaz de atacar el aeródromo acordado en Sirte, porque casi todos los aviones se encontraban fuera de la base, pero Paddy se puso literalmente las botas tras una marcha de 45 kilómetros en dirección a Tamit. El irlandés y su comando entraron sin ser detectados en el aeródromo, donde había docenas de aviones, y se dirigieron sin mediar palabra a una gran caseta donde los italianos y los alemanes parecían estar celebrando una gran fiesta. Mayne describió así lo que ocurrió a continuación:

«Abrí la puerta de una patada y me planté allí con mi Colt .45. Mis compañeros llevaban una metralleta y otra arma automática. Los alemanes nos miraron. La imagen de unos hombres barbudos y despeinados les resultaba extraña y aterradora. En silencio absoluto, nos observamos unos a otros durante lo que pareció una eternidad. Les di las buenas noches y un joven alemán se levantó y empezó a retroceder lentamente. Le disparé [...] Luego, me volví y disparé a otro situado a unos dos metros de distancia».

Sabía improvisar sobre el terreno y encarnaba mejor que nadie la audacia de una unidad cuyo lema era «quien arriesga gana»

El irlandés masacró a los enemigos en la caseta con un movimiento brutal, audaz y de una sangre fría absoluta. Luego, ordenó a sus diez hombres que colocaran explosivos en los cazas y el mismo arrancó uno de los paneles con sus propias manos. Para cuando se retiró del aeródromos, la explosión de decenas de aviones iluminaba el cielo en «una imagen espectacular». La operación resultó un éxito y demostró lo que en el plano teórico llevaba predicando Stirling desde que fundó las SAS.

A pesar de sus felicitaciones, el comandante del Destacamento se vio obligado a reprender al irlandés por su actuación excesivamente violenta. Ni siquiera entre «las ratas del desierto» setoleraban las matanzas de hombres desarmados. Poco después incluso un periódico británico supo de la carnicería protagonizada por un «teniente británico, que había sido un célebre deportista internacional antes de la guerra».

El prestigio del SAS y, en particular, de su más célebre «carnicero» no dejó de crecer a raíz de esta operación. Paddy actuó en las siguientes misiones con la misma osadía y creatividad que en la primera de sus incursiones. Sabía improvisar sobre el terreno y encarnaba mejor que nadie la audacia de una unidad cuyo lema era «quien arriesga gana». Las ratas del desierto combinaron tantas victorias como desastres el tiempo que duró la guerra en África, definida por muchos como una «lucha de caballeros», en contraste con lo que iba a ser el frente de Europa.

Soldado británico con una Bren en Holanda, 1944

La muerte en una de las operaciones africanas de Jock Lewes, mano derecha de Stirling y su contrapeso en cuanto a personalidad estricta, dejó a Paddy como el más idóneo oficial para encargarse a partir de entonces de la instrucción de nuevas tropas. Cuando Stirling le pidió al irlandés que se quedara en el campamento de Kabrit entrenando a nuevos reclutas, Paddy Mayne se quedó «frío como un témpano» y creyó que el comandante británico tomaba esta decisión por envidia a su balance de bajas.

A su regreso tras la operación, Stirling descubrió que el audaz oficial había pasado el tiempo atrincherado en su tienda con un montón de libros de poesía y abundante alcohol haciendo oídos sordos a las órdenes del jefe del SAS. Stirling y Mayne se gritaron durante más de una hora. Calmados los ánimos, abrieron una botella de whisky y se confesaron mutuamente sus mayores temores. Stirling descubrió en su compañero de armas un alma sensible que todavía lloraba la muerte de McGonigal; mientras que Paddy empatizó con el escocés en cuanto le contó que había fracasado durante su juventud como pintor. Ambos compartían la frustración en materia de arte.

La insubordinación no se tuvo en cuenta, en tanto el comandante católico reconoció que había sido un error colocarle en un puesto así. Mayne volvió a hacer lo que mejor se le daba: quemar las barbas de Rommel. Resulta un prodigio, o una casualidad, que al final de la guerra siguiera vivo una persona con tantas misiones de alto riesgo a las espaldas.

De la guerra de caballeros a la carnicería

En Europa la guerra se recrudeció, pero Paddy se vio obligado a mantenerse lejos de los campos de batalla la mayor parte del tiempo. A principios de 1943, Stirling fue capturado en uno de los últimos coletazos de la guerra en África y pasó el resto del conflicto mundial en prisiones alemanes, a consecuencia de lo cual el capitán Paddy tuvo que hacerse con el mando efectivo del 1SAS, heredero natural del Destacamento L. Pocos creían que el irlandés, sin el encanto y contactos de su antecesor al mando, pudiera mantener el prestigio de la unidad. Sobre todo cuando, en el mes de marzo, murió su padre y estalló en una tempestad de ira al serle denegado el permiso para acudir a su funeral. En cuestión de horas destrozó varios restaurantes en El Cairo, se peleó con la policía militar y acabó la noche en una celda.

Temiendo que la guerra llegara a su fin en Alemania sin haber apretado el gatillo de nuevo, Paddy se lanzó en paracaídas, junto a su gramófono, en las líneas enemigas

Pero nada más lejos de lo imaginado. Mayne mantuvo la calma cuando fue liberado y defendió la continuidad del SAS a toda costa. Finalmente, el 1SAS quedó dividido en una unidad anfibia y en otra terrestre. De la segunda se encargaría Paddy en exclusiva. Su trayectoria empezó en la campaña aliada en Sicilia actuando de infantería de asalto y no como en África a modo de infiltración. El resultado fue que la SAS aumentó aún más su tasa de mortalidad, ya de por sí alta, e incluso la mente de Mayne se turbó con la violencia desatada en Europa.

Durante meses Paddy se vio obligado a mantener una posición resguardada como correspondía a un comandante. Sin embargo, temiendo que la guerra llegara a su fin en Alemania sin haber apretado el gatillo de nuevo, Paddy se lanzó en paracaídas, junto a su gramófono, sobre las líneas enemigas donde estaba combatiendo su unidad dentro de la llamada Operación Howard, por la que los dos escuadrones del SAS entraron en Alemania como punta de lanza de la 4ª División Blindada canadiense para despejar el camino a los tanques.

Al son de las baladas irlandesas de Percy French, el oficial encabezó el 10 de abril del último año de guerra una escuadra de todoterrenos hacia el corazón de Alemania. El Séptimo de Caballería sobre ruedas.

Jeep del SAS, en su avance por Europa

La marcha triunfal acabó cerca de Börger. La cabeza del escuadrón sufrió una emboscada en esta localidad que causó la muerte de varios miembros del 1SAS a manos de un francotirador bien atrincherado en una granja. En una de «sus furias silenciosas», Paddy desmontó del todoterreno y cogió una ametralladora Bren (once kilos de peso) y un cargador para vengar a sus amigos caídos. Un avance suicida de Paddy hacia la granja, escupiendo ráfaga tras ráfaga de disparos, permitió a varios miembros del SAS volver sobre sus pasos y limpió la zona de enemigos. El resto de soldados alemanes, parapetados en una arboleda, se mantuvieron inmoviles y en silencio cuando el comandante del 1SAS preguntó, ahora armado con Vickers:

–¿Quién quiere intentarlo?.

A continuación, Mayne avanzó en todoterreno, junto a otro soldado del escuadrón, para rescatar a otros integrantes del comando que había quedado atrapado por la emboscada alemana. El ataque del todoterreno escupiendo fuego, a modo de carga medieval, provocó una masacre en los restos de la 1º División de Paracaidas, que se había emboscado sin saber que se enfrentaban al tipo más aguerrido del bando aliado. «El hecho de que el coronel Mayne no muriera, solo puede tener una explicación. La audacia que demostró al volante del todoterreno en medio del tiroteo confundió momentáneamente al enemigo», escribió uno de sus oficiales.

Una vez llegado a la posición de sus hombres, Mayne sacó a los heridos de la zanja y volvió con el grupo principal. Un rescate que fue tildado de suicida y duró menos de cuatro minutos. «La gente me toma por un loco irlandés, pero no es cierto. Primero calculo los riesgos y luego actúo», explicó Mayne ya en frío.

Tan impresionante fue su acción como el hecho de que él mismo la ocultara y le restara importancia. Lo cual no evitó que fuera recomendado para una Cruz Victoria, la mayor distinción británica al valor, por haber expulsado «al enemigo de un pueblo fuertemente protegido y roto sus defensas en todo el sector». El mismo Mongomeryfirmó la recomendación para darle la medalla… que no le fue concedida.

La vida después de la guerra

Mayne tenía en su historial una Orden del Servicio Distinguido y tres distintivos. Era el soldado más condecorado del Ejército británico, pero por alguna razón se le denegó la guinda a su carrera. Según sus compañeros, se le denegó en aquella ocasión, y en otras, por su mal comportamiento con los mandos. Una razón muy probable, pero que en el caso de su acción en Börger pudo deberse, además, a que, como apunta Macintyre en su mencionado libro, no existieron testigos indirectos de que «había contribuido de forma decisiva al desenlace de una batalla». Al fin y al cabo, Mayne era el máximo exponente de un nuevo tipo de guerra donde eran raras las batallas decisivas y donde los testigos eran escasos.

Tumba de Mayne, en Newtownards

Tras la Segunda Guerra Mundial, Paddy regresó a la vida civil. «Cuando pienso en volver a ejercer la abogacía, menos me gusta», había anticipado cuando empezaron a reducirse el sonido de las bombas en Europa. Sí, le costó adaptarse... Junto a otros miembros de la unidad se apuntó a una expedición geográfica al Atlántico Sur para estudiar la región de las Malvinas y, tal vez, compensar la súbita caída de adrenalina. Sin embargo, tuvo que regresar a casa tras complicarsele una lesión en la espalda que arrastraba desde hace años y había ocultado a sus camaradas.

Fue nombrado secretario de la Incorporated Law Society de Irlanda del Norte y ocupó los siguientes años en este trabajo y cuidando de su madre enferma. El dolor de espalda se agravó pronto y llegó a impedirle incluso asistir como espectador a partidos de rugby. El 15 de diciembre de 1955, bebió y jugó al póquer hasta altas horas de la noche en su ciudad natal; se montó en su deportivo rojo y regresó a casa a toda velocidad. A las cuatro de la madrugada chocó contra un camión aparcado y falleció por una fractura craneal.

En sus últimos días casi nunca hablaba con nadie de la guerra, que años antes le había estremecido, divertido y fascinado a partes iguales. A decir él, pocos soldados se han divertido tanto en una guerra.

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