Pocos intelectuales como Russell conocen la deriva del comunismo, como deja escrito en «Viaje a la revolución». Aquellos excesos bien se pueden leer en la clave actual del populismo.

«Viaje a la revolución», Bertrand Russell contra el populismo

Russell durante un mitin pacifista
Russell durante un mitin pacifista
Bertrand Russell (1872-1970) fue filósofo, ensayista, teórico de la política y la educación, matemático y un sinfín más de cosas que le hicieron ganar el premio Nobel de Literatura en 1950. Fue también un activo ecologista, contrario al desarrollo nuclear y pacifista en la guerra de Vietnam. Russell, al principio, no se opuso a la Revolución Rusa sino que la recibió con esperanza hasta que, en 1920, viajó a este país y se dio cuenta de la deriva que estaba tomando. Una deriva dictatorial y totalitaria. Como resultado de esta amarga experiencia escribió «Práctica y teoría del bolchevismo«. Este «Viaje a la revolución» se basa en la segunda edición, revisada por el propio autor, de ese libro, al que se le añade un diario inédito de aquellos días así como las cartas que le envió a su amante, la actriz Colette O’Niel.

¿Qué valor tiene hoy un ensayo escrito hace un siglo, además sobre un momento histórico tan estudiado? En primer lugar, Russell fue un testigo de excepción de aquellos momentos históricos que cambiaron la faz del siglo XX. En segundo lugar, Russell fue un pensador cercano al socialismo por lo que sus dudas sobre el régimen bolchevique adquieren más fuerza. Pero, sobre todo, y en tercer lugar, este libro advirtió a los ingleses y europeos de lo que iba a suceder y sucedió. Esa misma renovada advertencia nos hace a los lectores de hoy previniéndonos de los populismos.

Trágica ilusión

La Revolución, como los populismos actuales, creó una esperanza, creó una ilusión que luego se convirtió en trágica al someter el intelecto humano al yugo «de un sacerdocio ignorante e intolerante, a degradar el arte y extinguir la ciencia durante mil años». Russell se espanta del sectarismo, del fanatismo, de la violencia y la crueldadcon que rigen el país los nuevos gobernantes, aquellos que habían prometido acabar con las injusticias provocadas por los de siempre. Así lo hicieron, pero ellos crearon otras nuevas. El bolchevismo fundó una nueva religión y, a través de la misma, luchó por el final de la injusticia del rico sobre el pobre, el final de la esclavitud económica, el final de la guerra, la compatibilidad entre la industria y el ser humano y un largo etcétera de mejoras; pero por encima de todo ello instaló una gran losa, al Partido Comunista y a sus burócratas. La dictadura del proletariado fue una nueva forma de gobierno representativo, en la que únicamente tenían voto los hombres y mujeres que trabajaban, y los grupos de votantes se constituían con criterios que en parte eran profesionales y no geográficos. Para Russell, los bolcheviques, el proletariado, significaba proletariado mientras que dictadura no significaba exactamente dictadura, sino una especie de nueva, diferente, modernizada democracia de los menos favorecidos.

Como escribe, populismos y nacionalismos de hoy, como los de antes, ponen en peligro la civilización

Como hoy hacen los populistas y nacionalistas, los bolcheviques se dedicaron con esmerado esfuerzo a desacreditar el parlamentarismo democrático y la democracia. Russell confiesa que los parlamentos democráticos y las propias democracias no son perfectas, pero sí la única forma de regirse más justa. «Las razones de que se abogue por el autogobierno son muy conocidas: primera, que no se puede confiar en que un déspota benevolente conozca o fomente los intereses de sus súbditos; segunda, que la práctica del autogobierno es el único método eficaz de educación política; tercera, que tiende a poner la preponderancia del lado de la constitución y a promover así el orden y el gobierno estable…». En Rusia, el autogobierno había desaparecido, excepto dentro del Partido Comunista.

Los peor parados

La demolición del capitalismo produjo un colapso en la industria. Y lo mismo pasó con la progresiva destrucción del socialismo en favor del comunismo. «Es posible que el comunismo ruso fracase y se hunda, pero el socialismo no morirá». El socialismo democrático sí murió en la Rusia soviética, lo mismo que hoy se afana por no ser destruido por los populismos de izquierda. Russell se asombra de esta nueva fe religiosa comunista, fanática, sectaria y asesina. Y curiosamente compara el bolchevismo con el islamismo. Según él, ambos son prácticos, sociales, no espirituales, y se interesan por conseguir el imperio de este mundo. Russell se asombra de un gobierno que abole la división de poderes y que destituye a los funcionarios por votación popular. Russell se asombra de la triste vida cotidiana de los ciudadanos permanentemente vigilados. El movimiento revolucionario no solo atrajo al proletariado sino a otros estratos sociales más acomodados a quienes prometió compensaciones que luego no cumplió. Entre los peor parados estarían los escritores, artistas, intelectuales, educadores, periodistas... Quizás fueron de los que más ayudaron a que la revolución llegara y la propia revolución se los llevó por delante.

Pero Russell, que nos previene de la dictadura comunista, también lo hace del nacionalismo más implicado en los sentimientos individuales y colectivos. Todos los políticos habían prometido su temporalidad al frente de la revolución, pero el poder se les hizo dulce y casi nadie renunció voluntariamente sino violentamente. Los bolcheviques tomaron la educación y la prensa. La educación para regir las mentes de sus ciudadanos, y la prensa para controlar la opinión pública. Aquí Russell ve muchas similitudes con el control ultra capitalista norteamericano (con el cual también es muy crítico). Ambos, ultra capitalismo y comunismo, sacrifican al individuo. El primero más suavemente dándole otras posibilidades; mientras que la segunda ideología lo utiliza como un pelele. Para Russell no había (ni hay, ni habrá) déspotas virtuosos.

CÉSAR ANTONIO MOLINA

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