El multimillonario de origen sudafricano, dueño de las empresas Tesla y Space X, quiere llenar el mundo de carros eléctricos y crear colonias humanas en Marte.

El hombre que envió un carro al espacio


Elon Musk, de 46 años, nació en Sudáfrica pero tiene la nacionalidad canadiense y estadounidense. / EFE


Elon Musk parece un personaje inventado por el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov. Un niño sudafricano que sufre el maltrato de un padre migra a Canadá y Estados Unidos. Cuando es adolescente crea una empresa de tecnología que luego vende en varios millones de dólares. Con el dinero que recauda se dedica a construir un nuevo mundo. Invierte en crear colonias humanas en otros planetas y al mismo tiempo en transformar toda la industria automotriz para salvar a la humanidad de los gases de efecto invernadero. También apuesta por crear sistemas de inteligencia artificial y de paso resolver los problemas de movilidad de las ciudades con un supervehículo de alta velocidad que viaja en túneles de vacío.

Musk, de 46 años, acaparó la atención mundial esta semana con uno de sus delirios realistas. El martes a las 3:45 p.m., desde Cabo Cañaveral, en Estados Unidos, despegó el Falcon Heavy, el cohete más potente del mundo. Un monstruo metálico capaz de transportar dos veces la carga del segundo más potente, pero a una tercera parte del costo. Quienes siguieron el lanzamiento en vivo quedaron boquiabiertos cuando unos pocos minutos después del despegue, los dos cohetes auxiliares regresaron desde el espacio y se posaron con la precisión de una mosca sobre las plataformas de lanzamiento. Cohetes reciclables. Una promesa para algún día enviar carga y pasajeros a Marte.

Más tarde circuló una foto que los periódicos y noticieros se vieron en la obligación de acompañar con una nota que decía: “Esto es real”. La imagen mostraba un auto Tesla Roadster, fabricado por una de las compañías de Musk, flotando en el espacio con la Tierra de fondo y al volante un maniquí que bautizaron Starman.

Aunque puede ser cierto que la imagen del auto volando tiene algo de “traqueto, exagerado y ridículo”, como la caracterizó el fotógrafo colombiano Luis Ángel en redes sociales, resultó ser la estrategia perfecta para que el nombre de Elon Musk brillara en el planeta entero, los mercados financieros reconsideren las dudas que tienen sobre su emporio económico y sus competidores en el mercado automotor se pusieran nerviosos. Musk ha prometido que sus autos eléctricos borrarán de las calles de las ciudades a los que usan combustibles fósiles. Y una persona que es capaz de lanzar al sistema solar un automóvil no es alguien para subestimar.

El periódico The New York Times describió a Musk como “posiblemente el empresario más exitoso e importante del mundo”. Muchos otros lo han querido presentar como el gran heredero de Steve Jobs, el nuevo rey de la innovación y la tecnología. Pero para el periodista Neil Strauss, de la revista Rolling Stone, que pasó nueve meses siguiéndole los pasos, es otra cosa: “Elon Musk no es un robot enviado del futuro para salvar a la humanidad. Tampoco es un sabio de Silicon Valley cuyo afecto emocional ha sido reemplazado por inteligencia de tipo supercomputador. En el transcurso de nueve meses supe que es alguien muy, muy diferente de lo que su mito y reputación sugieren”.

Strauss narra en ese reportaje una niñez solitaria con matices de violencia intrafamiliar en Sudáfrica. Hijo de una dietista y modelo, Maye, y un ingeniero, Errol, creció leyendo libros de ciencia ficción, jugando a fabricar cohetes con pólvora junto a dos hermanos menores, Kimbal y Tosca. Un niño que le teme a la soledad. “Mi padre sólo era físicamente violento cuando era muy pequeño”, confesó en el reportaje.

A los 17 años migró a Canadá, donde vivía su familia materna. Junto con su hermano creó una primera compañía, Zip2, que proporcionaba servicios digitales a periódicos. La venta de Zip2 le dejó en los bolsillos US$22 millones. Con eso inició X.com, el primer banco en línea que se convirtió en la famosa plataforma PayPal. Esa empresa la vendió en US$180 millones. La nueva fortuna la dividió en tres apuestas. Unos US$100 millones le sirvieron para iniciar Space X, la empresa que esta semana lanzó el cohete Falcon Heavy y promete impulsar la colonización de Marte. Otros US$70 millones los destinó a crear Tesla, con la promesa de revolucionar la industria automotriz gracias a un carro eléctrico de venta masiva. Y los últimos US$10 millones fueron el capital semilla de Solar City, especializada en energía solar.

En un intento de autoexplicación, Musk le dijo a Strauss que es alguien que “intenta hacer cosas útiles. Es una buena aspiración. Y útil significa que tiene valor para el resto de la sociedad. Son cosas útiles que funcionan y mejoran las vidas de las personas, hacen que el futuro parezca mejor y, de hecho, también son mejores. Creo que deberíamos intentar mejorar el futuro”.

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